‘Unhappy Endings’, la trampa de la seguridad

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Concertina «es una palabra fascinante y perturbadora, suena hermosa y musical, pero representa un elemento letal para aquellos que tratan de pasar sobre ella». La opinión pública recuerda con horror el Muro de Berlín y, al mismo tiempo, ignora sus refinadas y aterradoras versiones contemporáneas como la valla de Melilla y el muro que divide Gaza e Israel. Las fronteras y las distancias entre las naciones y las personas están creciendo.

Alambres de púas, cristales rotos, vallas… «Muchos espacios privados están protegidos con unos sistemas extravagantemente perversos que contribuyen a que el paisaje se vuelva agresivo». Éste es el punto de partida de ‘Unhappy Endings’, un trabajo de la artista urbana Aïda Gómez, tal y como ella misma me cuenta.

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Mientras interiorizamos su agresividad, casi sin darnos cuenta, la prohibición y la exclusión se vuelven elementos cada vez más cotidianos. «Todo empezó un día en el que fui a dejar a mi novio en el aeropuerto y me di cuenta de que por ahí había rincones engalanados con una agresividad extrema. En algunos rincones se congregaban más de tres tipos diferentes de concertina. Parecía que estaba en una prisión más que en un aeropuerto. Así empecé a documentar las diferentes maneras de proteger las propiedad privada».

El pasado mes de abril le invitaron a realizar una residencia de tres meses en ARE (Holanda) y se le ocurrió que podría ser la oportunidad perfecta para profundizar en este tema.

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«Decidí “proteger” espacios urbanos holandeses con objetos domésticos y al alcance de todos, como cuchillas de afeitar, cactus, cúteres… Generando encuentros que primero te sorprenden y quizás te arrancan una sonrisa y luego se quedan rondando por tu cabeza y te hacen meditar», asegura.

Quizá, lo primero, sobre cómo la seguridad se está convirtiendo en una trampa para la propia libertad. «Creo que para estar protegidos y seguros de ante cualquier imprevisto, hay que renunciar a muchas cosas», me da la razón Aïda.

Ella, de momento, no renuncia a tomar la calle como lo que nunca debería haber dejado de ser: un espacio para el arte y la reivindicación. De hecho, más que artista, se considera street worker. «La calle me inspira muchísimo, solo hay que prestarle un poco de atención y comienzan a suceder cosas. Mis obras no suelen durar mucho en la calle, pero si son vistas por alguien que se haya cuestionado algo… ¡Misión cumplida!».

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