‘Permafrost’, explorarnos hasta el deshielo

PermafrostPermafrost. Qué bonita palabra. Su etimología viene del inglés, de perma y frost, es decir, permanentemente congelado. Infinita escarcha. Frío eterno. Qué hermoso, ¿no?

Permafrost‘ (Ramdon House) también es el título elegido por la hasta ahora poeta Eva Baltasar para su primera novela, el libro del que todo el mundo parece estar hablando. No es extraño. Qué despilfarro de verdad. Qué literatura tan precisa. Tan preciosa. Y para muestra, el siguiente fragmento:

«Imagino a mi hermana en su cama abatible con barandillas cromadas de hospital. El pelo sucio de haber parido, la piel grasienta, el camisón blanco de puntitos rosados con la barriga que se desprende debajo, la niña mamando con restos amnióticos en los pliegues del cuello y las muñecas, ligeramente hedionda como la bandeja sangrienta de los bistecs en la basura de la noche, intocable, con aquel bulto aberrante en el lugar del ombligo, tierno y pinzado con una especie de aguja de plástico de esas para cerrar las bolsas de los cereales. Intocable y querida, claro».

Escribió en su día Almudena Grandes en el prólogo de ‘Las edades de Lulú’ lo siguiente: «Yo creo que la literatura no tiene que ver con las respuestas, sino con las preguntas. Un buen escritor no es el que intenta iluminar a la humanidad, respondiendo a las grandes cuestiones universales que angustian a sus congéneres, sino el que se hace preguntas a sí mismo y las traslada en sus libros al lector, para compartir con él quizás no lo mejor, pero sí lo más esencial que posee. Desde este punto de vista, las certezas son mucho menos valiosas que las dudas, y las contradicciones representan más un estímulo que una dificultad».

He recordado esta reflexión lúcida a propósito de este libro que, precisamente, tiene mucho —casi todo— de estimulante. En forma y contenido. Algunos pueden pensar que los temas que en él se tratan tienen (todavía) mucho de tabú. Sin embargo, y como ha declarado Eva Baltasar en alguna ocasión, no son más que la vida, ese concepto grandilocuente que nos cuestionamos en estas páginas a través de una protagonista sin nombre. Y, sin embargo, tan cercana. El amor, el sexo, la muerte, la madre, la literatura, la soledad… Todo eso que te toca tan dentro que da igual cómo te llames, allí, en lo hondo, somos todas iguales.

Es curioso cómo hay libros que te conocen. El capítulo 33 —un número que llevo tan grabado que hasta me lo tatué— es de una belleza asombrosa. Que te enciende. Que te hace arder desde los ojos por debajo de la piel. Que acaba así: «La impotencia, la ligereza, la vacuidad y la perfección me recuerdan a Roxanne y sus antebrazos sin indicios de ninguna historia».

Hay historias, hay palabras, con las que latimos, que nos invitan a explorarnos hasta el deshielo.


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