Nos vemos el domingo

ritus

«Queremos compromiso y ganas de pasarlo bien». No sé si es el lema del grupo Ritus de teatro —una compañía que se dedica desde hace más de 30 años a hacer musicales— pero bien podría ser un poco su seña de identidad. Son una familia tal como dicen sus integrantes, y no es una afirmación lejana a la acepción radical del término ya que dentro del grupo trabajan con ilusión progenies enteras que ponen su granito de arena para que los espectáculos salgan adelante desde el escenario, desde la mesa de sonido y de luces o desde la taquilla. Cualquier ayuda es válida y quien quiera puede entrar a sumar al proyecto, siempre, eso sí, que los domingos acudan a ensayar. Lo han hecho por distintos locales de la comunidad de Madrid y esa condición de nómadas ahora les ha permitido asentarse en un antiguo bar dentro de un edificio con locales de ensayo del barrio de García Noblejas.

Tenía muchas ganas de verles actuar en directo, especialmente por el vínculo afectivo que me une con una de sus componentes, y el pasado 17 de noviembre por fin pude acudir al Teatro de Carranque (Toledo) para disfrutar de ‘Para musicales estamos’, el último trabajo de la compañía. Habitualmente al ser un grupo amateur se ponen como objetivo una actuación anual aunque lo normal es que puedan hacer dos o tres, siempre por Madrid y alrededores. Los ayuntamientos no facilitan las concesiones y la cultura sigue entrabada en burocracias y sobrecostes que perjudican la creatividad, el ingenio y las ganas de continuar, por ello tiene aún más mérito su persistencia.

Ritus los miserables

Una vez dentro de la sala comprobé que guarda cierta similitud con una de los teatros del Canal de Madrid por lo que ya fue un comienzo alentador.  Tras el revuelo inicial, con todos ya ubicados en el patio de butacas se apagan las luces y comienza el espectáculo. La función sorprende porque bajo el hilo conductor de una limpiadora del teatro se va haciendo un repaso a los mejores musicales de la historia. Se vibra con ‘Chicago’ o con ‘Cabaret’, nos reímos mientras cantamos ‘Spamalot’ o nos quedamos perplejos con ‘Los miserables’. A pesar de no contar con unos decorados espectaculares, la puesta en escena, el vestuario o el juego de luces sí que lo son y dice mucho a favor de la representación que no se echen en falta juegos de tramoyistas más ambiciosos.  

Cada actor tiene su momento de gloria, su instante de reafirmar egos y acrecentar vanidades, aunque si alguien busca sólo su lucimiento personal creo que no va a encajar de ningún modo en este grupo de teatro porque dentro son todos imprescindibles pero ninguno es irremplazable.

Emociona escuchar ‘Lalaland’ y ‘Candilejas’ da ese toque melancólico de cine mudo tan apasionante para intérprete y espectador. Con ‘Hoy no me puedo levantar’ consiguen, paradójicamente, ponernos en pie a todo el teatro y la adaptación al castellano de ‘El libro del mormón’, que creo que es única en España, está ambientada con muy buen gusto e inteligencia para que sea más comprensible para el público de aquí muy distinto al original americano.

Acaba el espectáculo tras un repaso aún más exhaustivo del mundo del musical —que no pienso desvelar— y la satisfacción que irradia el elenco contagia a la totalidad de la platea. Aplaudimos sin desmayo hasta que se cierra el telón y es entonces cuando acudimos a dar los parabienes correspondientes a nuestros más íntimos.

Para el grupo Ritus ese día es especial, de exaltación, de felicidad, de emoción y aunque acaban exánimes son conscientes de que todo el esfuerzo e ilusión ha merecido la pena. Recogen sus cosas, toman algo juntos, comentan los fallos y lo bien que han salido airosos de ellos. Se abrazan y besan repartiendo amor y, al despedirse, lo hacen con un satisfactorio y prometedor: «Nos vemos el domingo».

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