De ‘Nación Prozac’ a ‘La industria de la felicidad’

Lo que sí siento es el miedo de ser adulta, de estar sola en este ático enorme, lleno de compactos, bolsas de plástico, revistas, pares de calcetines sucios y montones de platos sucios, tantos que ni siquiera se ve el suelo. Estoy segura de que no tengo a qué recurrir, de que ni siquiera puedo ir andando a ninguna parte sin tropezar y caer, y sé que quiero salir de este atolladero. Quiero salir. Nadie me querrá nunca, tendré que vivir y morir sola, no llegaré deprisa a ninguna parte, no seré nada de nada. No habrá nada que me salga bien. La promesa de que al otro lado de la depresión hay una vida maravillosa, una vida por la cual vale la pena sobrevivir al suicidio, habrá resultado ser una mentira. Todo se convertirá en una enorme patraña. 

Tremendo, ¿verdad?

Estas palabras pertenecen al prólogo de ‘Nación Prozac’, de Elizabeth Wurtzel, un libro que se publicó en 1994, cuando el Prozac parecía haberse convertido en la panacea de una felicidad blanca, verde y falsa.

¿Con qué fin?

Wurtzel ya lo sospechaba:

La medida de nuestra sensatez, la piedra angular de nuestra cordura en esta sociedad es nuestro nivel de productividad, nuestro tributo a la responsabilidad, nuestra capacidad de conservar un empleo. Cuando uno se halla en ese punto en el que a duras penas consigue aparecer en el trabajo o pagar las facturas, sigue estando bien o, al menos, bastante bien. Existe el deseo de no reconocer la depresión en nosotros, o en aquellos cercanos a nosotros. Es una necesidad tan apremiante que muchas personas prefieren pensar que hasta que uno salga volando por una ventana no existe problema ninguno.

Han pasado más de 20 años y sí, seguimos obligados a ser felices. Los estados, el mercado, la tecnología… Todo nos anima a dejar atrás el malestar —y, de paso, la inconformidad— y a disfrutar —¡sin protestas, por favor!— del presente.

Pero, ¿eso es la felicidad?

La industria de la felicidad

Precisamente, en torno a todo esto gira ‘La industria de la felicidad’, que ha llegado a las librerías de la mano de Malpaso Ediciones, un oportuno antídoto contra esas frágiles obras de superación personal que atestan las mesas de novedades. Escrito por William Davies, explora el modo en que nuestras emociones se volvieron, para bien y para mal, la religión de esta era. El autor recorre los pasillos de las empresas, laboratorios y oficinas gubernamentales para descubrir cómo se construye la noción dominante de felicidad, cómo se mide, cómo se vende. En el camino dibuja un implacable retrato del capitalismo contemporáneo y delinea otra idea de felicidad, acaso menos rentable, pero más esperanzadora.

Y es que, como dicen en Fortune, «William Davies sostiene que nuestra obsesión con la felicidad puede tener más que ver con los intereses de las empresas y los gobiernos, que con nuestra realización personal».

A veces, me digo, ojalá pudiera echarme a andar por el mundo con un adhesivo que dijera MANÉJESE CON CUIDADO pegado en la frente (Elizabeth Wurtzel).

Ojalá, a veces, nos dejaran.

bluebird Comunicación
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