El imaginario murakamiano

Dicen que en la mayoría de las ocasiones la vida no se trata de blanco o negro, bueno o malo, luz u oscuridad: en la mezcla, en las tonalidades del gris es donde podemos encontrar lo más maravilloso de la existencia.

No es el caso de Haruki Murakami. Adorado por muchos, defenestrado por otros tantos, con el novelista japonés no existen apenas medias tintas: o lo odias o lo amas. El sempiterno aspirante al Nobel de Literatura (¿cuántos años consecutivos lleva en las quinielas?) despierta las más enfervorizadas de las pasiones al mismo tiempo que recoge críticas por un estilo que resulta tan personal como la opinión de quienes lo leen.

Y es que su literatura navega en aguas oníricas, mezclando realidad y fantasía, uniendo a personas que parecen tan distantes como las estrellas mediante sucesos que en ocasiones resultan formar parte del lado oscuro de la sociedad. Murakami basa sus historias en múltiples planos de una misma verdad, capas de un mundo que se nos muestra tal y como es pese a que intentamos taparlo con vendas en nuestros ojos. Todas sus novelas son distintas y al mismo tiempo comparten una suerte de universo personal en el que se repiten patrones, que pese a estar ocultos pueden identificarse con relativa facilidad. Algo así sus características, y que no dudo que en parte conforman una buena radiografía de su personalidad.

Haruki (permitidme la familiaridad) habla de sexo, sin tapujos. La manera en la que despoja de artificios algo tan íntimo ayuda a enfatizar en el uso que adquiere el acto sexual en buena parte de la obra del escritor japonés: sexo entendido como una manifestación más de nuestro interior, una arista de un cuerpo imaginario de muchas caras, vórtices y ángulos de diversos tamaños. La desinhibición en las escenas sexuales supone una puerta a unos mundos que siempre bailan al borde de un precipicio de sordidez.

De manera irremediable el sexo conduce a las personas, a la disociación de ambos individuos (de momento Murakami no ha escrito escenas más allá del ambiente de pareja), mostrando personajes que si bien coexisten en ámbitos distintos, pueden llegar a interactuar con mayor o menor profundidad, siempre conviven con la sombra de la soledad. Algunos se cobijan en ella, conscientes de ello y aceptándolo sin más. Es una mirada de cierta tristeza (todas sus novelas transmiten ese sentimiento), mezclada con una ligera sospecha: que tras sus palabras se esconde una resignación ante las propias barreras que el ser humano por su naturaleza tiende a interponer entre los individuos. Esa idea que flota en sus historias me recuerda al anime Neon Genesis Evangelion, en la que se habla acerca de unos campos invisibles de fuerza que cada persona tiene y que permite que permanezcamos separados los unos a los otros evitando que nos fusionemos. Algo, sin duda, interesante.

La separación entre las personas no sólo es física: Murakami nunca deja de hablar de la soledad, en todas sus vertientes. Ya sea de manera directa o indirecta, con metáforas o sin ellas, no cabe duda de que sus personajes son solitarios. El protagonista murakiano convive consigo mismo, lucha contra sus propios monstruos y es testigo directo de un mundo que no le gusta pero que por otro lado se resigna a soportar. En ocasiones otras personas no lo consiguen, y tal vez sea esa la válvula de escape del escritor japonés para tocar un tema delicado: el suicidio. Tal vez es una impresión de quien firma este artículo, pero siempre he creído que en más de dos y tres historias Murakami da la sensación de intentar abordar el tema sin lograrlo de manera directa, por lo que recurre a los personajes secundarios (incluso puntuales). Puede que le dé respeto, puede que simplemente considere que es la mejor manera de enfocar algo tan complicado.

Las personas, en definitiva, sobreviven bajo un prisma sin duda pesimista; muestran un mundo en el que poco o nada invita a un optimismo exacerbado. De hecho cuesta encontrar algo parecido. Quizás es por ello que el escritor japonés trata de dotar sus historias de toques de manifiesto realismo mágico, como si de algún modo tratara de convencer al lector de que todo es posible dentro de un mundo en el que lo extraordinario forma parte de lo cotidiano.

Precisamente esa convivencia entre lo ordinario y lo fantástico es sin duda el rasgo más característico de su obra. Salvo excepciones todas sus obras visten de un halo, de una bruma fantasiosa que emborrona la realidad y la funde de forma sibilina con elementos que escapan a este mundo: gatos que hablan, mundos paralelos, futuros distópicos o desapariciones misteriosas se ensamblan en ese imaginario murakiano que ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo, aupando al escritor nipón a lo más alto del panorama literario mundial. Y un servidor se halla dentro del grupo de admiradores.

Aunque sobre gustos no hay nada escrito. Yo por si acaso volveré a apostar por él para el próximo premio Nobel de Literatura.

Fotografía: Pablo ©

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