Luces, cámara… ¡Tacón!

“No hay lugar como el hogar”, decía Dorothy mientras movía –chas, chas– sus chapines colorados en un mundo de baldosas amarillas, enanos bailarines, espantapájaros sin cerebro, hombres de hojalata sin corazón y leones sin valor. Pura magia, que empieza por unos zapatos de lentejuelas rojas.

Quizá por eso, el gurú de la prenda en cuestión, el famosísimo –‘Sexo en Nueva York’y Sarah Jessica Parker mediante– diseñador Manolo Blahnik dice: “Cuando una mujer me pregunta qué pienso de los tacones altos, les digo que prueben un par. Si no ven la magia entonces deben pasarse a las zapatillas”.

Mágicos eran también los zapatos con tacón de cristal que Cenicienta calzó, gracias a su hada madrina –Bibidi Babidi Bu– durante la noche más importante de su vida, la que cambiaría su destino para siempre. Gracias a ellos, consiguió cambiar las calabazas por carrozas de plata y el estropajo por pañuelo de seda fina. Y es que los zapatos de tacón han sido, desde tiempos inmemoriables, un arma de seducción masiva.

En el siglo XVIII, la más famosa cortesana, amante de Luis XV, Madame de Pompadour, defendía a los enciclopedistas, organizaba espectáculos, protegía a los escritores, bailaba y tocaba la guitarra sobre sus tacones pompadour, una variante de este accesorio que, por primera vez en la Historia, tuvo nombre propio.

Tres siglos antes de este bautizo, los zapatos de tacón aparecieron como suelen surgir estas cosas, por necesidad: Para cabalgar hacía falta que el pie encajara en los estribos.

Hubo que esperar un siglo más, concretamente hasta el año 1533, para que su uso se popularizase como adorno. En la boda de Enrqiue II de Francia y Catalina de Médici, ésta lució zapatos de tacón alto. Desde entonces es una de las señas de identidad de la moda femenina.

Buena cuenta de ello ha dado el cine. Decía el genial Alfred Hitchcock, fetichista confeso, que una escena crucial solía ir precedida de un primer plano de un par de zapatos (en la imagen, un fotograma de ‘The Lady Vanishes’). Los tacones, sin embargo, se han utilizado más para alimentar el morbo y las fantasías de los que llenan el patio de butacas. A excepción, claro está, de ‘Bowfinger: El pícaro’. Porque no es lo mismo un perro entaconado que una gata negra con tacones de vértigo y la cara de Halle Berry en ‘Catwoman’.

En ‘El premio’, de Mark Robson, la carga erótica entre Elke Sommer y Paul Newman sólo se insinuaba en la pantalla a través de los primeros planos de los zapatos que calzaba la actriz.

Elisha Curhbert, en ‘Captivity’, y Rachel McAdams, en ‘Vuelo nocturno’ son otras de las actrices que han hecho soñar a los espectadores con sus pies cubiertos por el accesorio femenino por excelencia.

Y es que la moda va y viene, pero el tacón permanece. Más de 20 años separan el estreno de dos series con la mujer como protagonista. En 1976 llegó a la pequeña pantalla ‘Los ángeles de Charlie’, en la que tres mujeres impresionantes demostraron que además de caminar, y lucirse, claro, sobre bonitos zapatos eran capaces de resolver las más avezadas misiones. Y en 1998 Carrie Bradshow, y compañía, cambiaron las pistolas por los móviles y los delincuentes por amantes, que quedaban enganchados a sus carísimos Manolos.

Desde entonces, las mujeres de medio mundo suspiran por taconear por la Quinta Avenida, cosmopolitan en mano, o tomarse un cupcake en Magnolia Bakery encaramadas a unos de ellos.

Pero no sólo ellas. Sin salir de España podemos encontrar a muchos hombres que se han montado en ellos para subir a un escenario. Por ejemplo, el marido de Alaska, representante de moda y cantante de las Nancis rubias, Mario Vaquerizo, o el que quizás ahora soñaría con que desapareciera aquel video –Sucking to me now–, Pedro Almodóvar. Quién sabe si aquello no le inspiró, de alguna manera, para escribir esa historia en la que el ruido de las agujas resonaba en un piso bajo de una calle de Madrid, en el que vivían dos neuróticas, madre e hija, Marisa Paredes y Victoria Abril. Los tacones, lejanos, simbolizaban esta vez los instintos más primitivos.

Y es que el tacón despierta nuestras pulsiones más oscuras, a veces las sexuales. Contaba García Berlanga que la culpa de sus perversiones la tenía su madre por reunir a sus amigas en torno a una mesa camilla. Era un niño y, como tal, se escondía debajo para contemplar esa parte de la mujer que empieza en la cintura y termina en los pies. No es un recuerdo de infancia sin más; forma parte de su universo cinematográfico. Las películas de Berlanga no sólo estaban protagonizadas por actores, sino también por ligueros, medias, zapatos de vértigo y bragas.

Lo dicho, en el cine, como en la vida, no hay lugar como el hogar ni complemento como el tacón.

bluebird Comunicación
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