‘Los vigilantes del faro’: El poderoso e indescriptible alegato de la convivencia entre varias vidas

‘Los vigilantes del faro’: El poderoso e indescriptible alegato de la convivencia entre varias vidas

Durante mi infancia me solían advertir que hasta el rabo todo es toro, que nunca des una partida por ganada (o perdida) hasta el final, que las confianzas son vanas, y que nunca debes juzgar un libro por su portada. El mayor desencanto que puedes obtener lo experimentas cuando descubres, al fin, algo que llevabas mucho tiempo deseando conocer. Ya te has formado un constructo determinado en tu cabeza y piensas que su revelación va a brindarte una emoción sin igual. Al final, el resultado se asemeja tanto a lo esperado como el típico mantra con el que nos bombardean diariamente los medios imbuyéndonos la promesa de la vida de éxito por rociarnos la fragancia más erótica o la efervescencia que te recorre el cuerpo cuando, ingenuo y lleno de inocencia, tienes la certeza absoluta de que detrás de ese rasca y gana te vas a levantar instantáneamente envuelto en un colchón de billetes.

Sin embargo, al día siguiente compruebas con resignación cómo las gotas de ese producto de ensueño  han servido como mero acondicionador estético y que, a veces, por más que rasques, nunca se materializa aquello que tu voz de la conciencia sabe que es un desperdicio, que te hallas ante un callejón sin salida, luchando por creer en lo increíble.

Del mismo modo, pocas veces se habla de la sensación experimentada cuando te encuentras ante el proceso inverso, el del abatimiento ante lo que intuimos que es una batalla perdida, pero continuamos dejándonos arrastrar como esa fuerza propia de las mareas que es tan natural e irresistible que, sin un ápice de oposición, nos dejamos llevar sosegadamente solo por descubrir cuál será el destino final al que nos transportará –aunque no nos suscite entusiasmo, ni intriga, sólo por satisfacer esa tendencia obsesiva-compulsiva– conocer el desenlace de toda historia, de cerrar el último capítulo sin dejar cabos sueltos, para que se mantenga el status quo propio del orden perfecto. ¿O es que nunca habéis tenido la imperiosa necesidad de mirar dos veces a uno y otro lado de la calle sabiendo que era de un sentido único solo por cuestión de certeza absoluta, pese a que sabíais que no podía venir ningún coche y arrollarte?

Esta metódica manía la volví a trasladar, una vez más, a la lectura de una de esas historias a priori intrascendente, previsible y lineal, donde lo más desbordante que puedes encontrar parece ser el número de veces en las que la autora describe sucesivamente escenas de una cotidaneidad tan exuberante que acaba por repetirte y extasiarte. Y es que, después de siete volúmenes, parece que Camilla se ha quedado sin argumentos, que se ha estancado en el tedio en el que parecen vivir sus personajes, relegados a esa vida doméstica sin motivaciones ni sobresaltos. El lector parece ir comprobando cómo, según sus previsiones, después de un camino tan largo de encrucijadas y sórdidas tramas ya no queda nada por contar y observa cómo los capítulos reflejan un diario de pesares y vivencias oxidadas más que una serie de enredos y laberintos desconcertantes propios de los puzles irresolubles que pretenden encarnar las novelas del género policiaco. Después de tantos casos y de acompañar a cada personaje en las diferentes experiencias de sus vidas, hemos interiorizado sobradamente sus anhelos y aspiraciones, sus desdichas y remordimientos. Ya no es ninguna aportación novedosa el que Erika se haya consolidado psicológicamente como una madre coraje orgullosa de su familia, ni el que Patrik sea un padre devoto y policía curtido, ni incluso que Anna constituya una de esas personas a las que por más golpes que le sacuda la vida, supere todas y cada una de esas vicisitudes y vuelva a renacer de esa depresión convaleciente para suponer un pilar inamovible en el que puedan apoyarse sus seres queridos.

Siete libros, siete historias y, a pesar de esa monotonía constante, la impresión estática deparada por prácticamente las tres cuartas partes del libro sufre un giro hacia un nuevo asombro con el desenlace de las tramas aportadas a través del recurso de la analepsis. Y es que, después de este camino tan largo, a veces interminable, el peso y el calado de la historia recae una vez más en los personajes secundarios, los que impregnan cada final de distintas sensaciones y sentimientos, además de ser aquellos que de un modo dinámico invitan al lector a discutir en su interior la moralidad de sus acciones, mientras se despiden provocándote una empatía ambigua.

Quizá las últimas páginas sean las de mayor significado, donde las intenciones de la autora adquieren todo su sentido. Como postulaba antes, hasta el rabo todo es toro, y es que el final constituye una pieza esencial en las construcciones literarias de la autora sueca. Con ‘Los vigilantes del faro’ vuelve a cosechar una historia aparentemente sencilla y superflua en la que la capa más familiar y liviana se acaba viendo envuelta en los entresijos más desoladores y siniestros donde se muestran los actos más viles de la condición humana bajo una serie de píldoras diegéticas elazadas con gran soltura y cuidado. Bien en un intento de homenaje a ‘Los Otros’ o a la tragedia propia de ‘El Orfanato’, su séptima novela simboliza el enfrentamiento interior del ser humano cuando se halla en las situaciones más miserables que puede soportar, la soledad de sentirse vacío en un mundo en el que lo has perdido todo,  pero en el que tu guía, tu faro, aun cuando no está presente, sigue constituyendo la fuerza espiritual que infunde esa sensación de esperanza en tu interior, de alivio y paz.

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