‘Lorca. Un poeta en Nueva York’, el pulso herido del poeta en la Gran Manzana

Lorca. Un poeta en Nueva York

Un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.

Así sentía Lorca y así lo retrata Carles Esquembre Muñoz en su primera novela gráfica ‘Lorca. Un poeta en Nueva York’ (Panini, 2016) en la que a golpe de viñetas describe el crucial viaje del poeta.

Un cómic escrito, porque tiene mucho de reportaje y poco de  dibujos que acompañan un texto, que ni por asomo es una adaptación de la archifamosa obra ‘Poeta en Nueva York’.

«No tenía los derechos», comenta entre risas su joven autor. «Coger versos y hacer metáforas visuales habría sido más fácil. Quise escapar de ahí y buscar un lenguaje propio. Este Lorca mío es una descripción de mis propias obsesiones y miedos por cómo retratar a un personaje tan grande» .

El Lorca de Carles es el que, como otros intelectuales de su generación, viajó a la Gran Manzana de los años 20. En su caso, con el pretexto de impartir unas clases en la Universidad de Columbia y para mejorar su inglés, pero que en realidad experimentó un viaje introspectivo, de huida de un entorno opresor que dejaba en España, de duelo por un desamor y de angustia por el conflicto interior que le despertaba su propia sexualidad. Así lo dibuja Esquembre, entre la vigilia y el sueño, el costumbrismo de una escena —a bordo del Olimpic con el que atracó en la ciudad—, en la que, de pronto, en su camarote, asoman los monstruos que le atormentan.

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«Es un Lorca fantasmagórico. Él creía en el más allá. El hecho de que parezca ausente es por ese ‘pulso herido que sonda las cosas del otro lado’. Es un metafísico que es capaz de adelantarse a los tiempos. En una ocasión, en Harlem, una mujer le leyó la mano y se horrorizó. Quizá porque supo su final. El no hablaba inglés pero nunca le preguntó a su mentor, Fernando de los Ríos, qué había visto aquella mujer. Él ya entonces estaba más allá que aquí».

Ese Lorca deprimido, herido por el trato recibido en España, ridiculizado en ciertos ambientes intelectuales como el poeta de los gitanos, en especial por figuras como Dalí o Buñuel, vive en su viaje al mundo del futuro una catarsis que abrirá el camino hacia un nuevo tipo de escritura, dejando atrás incluso el surrealismo de los que le criticaban.

«Nunca había salido de España, y de pronto pasa por París, Londres, Estados Unidos o Cuba».

El joven de pueblo llega a una metrópolis en la que presencia el crack del 29, en la que el cielo lo surcan edificios de cristal y cemento, y en la que se choca de bruces con la ideología que dominaría el mundo, el capitalismo.

«Él ve Nueva York como una gran necrópolis. Aborrece el capitalismo, ve cómo son tratadas las minorías raciales y los equipara a los gitanos en España, y todo lo que vive le horroriza».

Tanto que su experiencia la plasma en una obra que, como dice Esquembre, es mucho más agresiva que la escritura surrealista. Un tipo de expresión espiritualista que como este cómic oscila entre la sinestesia y el día a día. Aún así, el Lorca alucinado que nos muestra Carles nada tiene de gratuito. Su libreta tiene pocos garabatos y muchas notas. Fotografías, documentación, croquis para plasmar las angustias de un hombre oprimido, acrecentadas por las perspectivas vectoriales y los quemados de las imágenes.

«La única licencia que me he permitido fue la de una escena de pies descalzos de los que brota una planta. Lorca atribuía a los pies descalzos la visión del rigor cadavérico. Un día tuve que ir desenterrar a mi bisabuelo para cambiarlo de ubicación en el cementerio. Era una madrugada lluviosa. Cuando el sepulturero abrió el ataúd, su cuerpo estaba conservado, con traje, era pequeñito. Le había salido una planta de los pies y él mismo se confundía con ella. Es uno de esos accidentes felices».

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Una propuesta novedosa y valiente, encaminada a dejar su impronta en el cómic español que, como género, aún lo tiene todo por decir.

bluebird Comunicación
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