Life and death on Mars

Life and death on Mars

Madrid, 12 de abril, 2018. Cientos de personas se congregaban a la entrada del Palacio de los Deportes ( ahora WiZink Center, porque por lo visto sí, hay que remodelarlo todo hasta volver cada cosa irreconocible) para presenciar el regreso, después de cinco largos y agónicos años de espera, de la banda de los sueños, la instigadora de himnos vitalistas conformada en Los Ángeles y liderada por el —a la par amado y odiado— excéntrico Jared Leto.

Esta visita, la primera como apertura de la gira europea tras la publicación del nuevo trabajo ‘America’ —un despliegue en cuanto a lo que la dejadez y la prostitución comercial significan—, suponía la primera dentro de una serie de eventos (me escandaliza la sola idea de referirme a este como concierto) que pasarían a su vez por Barcelona y Bilbao —¿y por qué no seguir aumentando la cifra y vanagloriarse como el grupo con más recorrido en una gira mundial?— pretendiendo dejar una estela de acontecimiento histórico para toda una serie de fans que aguardaban en las puertas, todos engalonados en dibujos y merchandising Echelon dispuestos a soportar las inclemencias del tiempo sólo para poder sentir más de cerca la presencia aparentemente purificadora de Jared Leto.

Digo pretensión de acontecimiento histórico o reseña en las páginas de la historia de la música ya que , a través de una presión insoportable de embudo y una oleada de marketing ilimitado (¿dónde empezó la música y dónde la promoción?), emprendiendo una inmersión en documentales teñidos de patriotismo y viajes de carretera de cínico acercamiento al público, han ido progresivamente alejándose de la creación musical y artística para llegar al gran público como una marca más, para instaurarse a golpe de exhibicionismo como icono santificador de un séquito que implora su rescate. El icono artístico que era 30 Seconds to Mars murió con el apogeo de la era de los hits baratos y la dependencia de la normativa de ventas. Ahora han decidido contar solo como icono, o bueno, incluso ni eso. Su aportación se ha visto obligatoriamente reducida al ámbito de la moda y la provocación o, mejor dicho, al exhibicionismo vulgar en un tiempo en el que se peca demasiado de las contribuciones de la tecnología audiovisual —creo que hablo en nombre de muchos seguidores resentidos cuando tuvimos dolorosamente que presenciar la escenografía a base de infrarrojos y soniquetes simplones de mesa del nuevo single ‘Walk on Water’ en los MTV AMA’s Awards 2017, todo un delirio surrealista—.

Tras contemplar estas señales que evidenciaban una clara separación de la concepción original de la banda, los peores temores albergados se habían hecho realidad. Junto con la puesta en escena de la actuación más lamentable jamás presenciada por un servidor tuvo lugar, entre una horda de fanáticos acríticos rogando un contacto con la divinidad máxima, la crónica de una muerte anunciada. Si quedaba alguna esperanza de que la nueva gira europea recuperase una chispa de entrega musical por parte de la banda, se ahogó inexorablemente desde la primera toma de contacto visual con el escenario al alzarse las barreras metálicas y descubrir un cuadrilátero policromático que revelaba un desolador vacío en el que la única presencia del dios Jared y su hermano Shannon a la batería constituían la pobre estructura musical del show. Aún sigo indagando la enigmática razón por la que este entramado carnavalesco supuso la friolera de 56 euros de la cartera de los allí reunidos. Puede parecer una broma de mal gusto, que fuera un mal sueño del que fuésemos a despertar, pero tras finalizar la intro de apertura con ‘Monolith’, mientras la muchedumbre coreaba al unísono el nombre de la leyenda, del becerro de oro, la sensación más escalofriante de inconfundible realidad golpeó en los corazones como un gran jarro de agua fría. Comenzaba lo que iba a ser el principio de la debacle, pero siempre queda la duda sobre la intensidad con la que se iba a producir el impacto de la caída, por lo que pacientemente y con la  curiosidad más milimetrada posible, comencé a diseccionar la disposición del espectáculo (la palabra concierto sigue resistiéndose).

‘Up in the air’, perteneciente al anterior álbum, era la elegida para activar los primeros cánticos del público, que en un instante se vino arriba coreando y siguiendo expectantes los frenéticos y dispares movimientos estrambóticos de Jared a lo largo del escenario, todo envuelto en una indumentaria merecedora de un nuevo movimiento estético (me reafirmo en la posible aportación única ofrecida). Podía parecer que la ola de positividad y euforia sería suficiente para contagiar la sensación de disfrute pero, tal y como estaba previsto, la sensación de incomprensión e incomodidad se acabó imponiendo debido a la desincronización generada por los estrafalarios y chirriantes sonidos de instrumentación pregrabada. Melodías electrónicas simulando guitarras, baterías parcialmente realistas y otras maquetadas, teclados ausentes, incluso canciones descaradamente cortadas a la mitad y en otros diversos momentos como parte del circo generado por la banda. El asombro era incesante. Incluso la parte vocal —¡cuánta consideración por introducir un elemento en directo!— de Jared dejó mucho que desear, concediendo gran cantidad de la letra al público, mientras que los registros altos y desgarradores propios de canciones como ‘Night of the Hunter’, el final de ‘Kings and Queens’ y ‘This is War’ eran deliberadamente omitidos.

La decepción continuó con la presentación de la cover de ‘Stay’, de Rihanna. La incredulidad llegó a límites inimaginables. En mi mente se cruzaron dos ideas antitéticas, mezclándose y diluyéndose en una visión delirante. La autoproclamada nueva etapa por una banda de “rock” americana estaba viendo su despertar con la inclusión de una canción de una diva del pop. Ese choque de perspectiva vendría ligado a continuación con la escasa y repentina participación de Pablo López en el nuevo single ‘Walk on Water’, presentado y laureado como héroe nacional (cuando lo que realmente necesitaría la nación es dejar de considerar la música en directo como un privilegio minoritario y exigir que fuese una condición indispensable). Realmente ya no se produciría una vuelta atrás. El daño estaba hecho, la esencia borrada y la banda que conocimos olvidada y retenida en un lugar lejano y profundo del imaginario colectivo.

El espectáculo echaba su cierre con la mítica ‘Closer to the Edge’, a la vez que decenas de personas eran invitadas a subir y saludar a sus ídolos. Otros muchos decepcionados se aventuraban ya a abandonar el recinto, mientras que los hermanos Leto se despedían entre vítores y abrazos espontáneos de sus acérrimos seguidores, que probablemente lo único que esperaban y deseaban conseguir esa noche era un contacto con su dios, una experiencia visual con su ídolo. Como si de la misma salvación del Mesías se tratara.  

Fotografía: aliina s. ©

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