La sonrisa torcida de un genio: ‘La teoría del todo’

La humanidad tiene la mala manía de elogiar al genio de forma póstuma. Enorgullecerse de sus artistas, pero cuando ya han dejado este mundo. Y, hasta en ocasiones, sin pena ni gloria. Por lo tanto, cuando nuestro oligofrénico entendimiento llega con la suerte y fortuna de reconocer a alguien de forma contemporánea, hay que tomárselo en serio. Stephen Hawking es ese físico que ha logrado hacer de su ciencia algo útil para cualquier persona. Donde los demás han encontrado ciencia, él ha hallado humanismo. Es el científico universal protagonista de la biopic ‘La teoría del todo’, que ha culminado en una obra maestra sobre el ser humano que se escondía tras las ecuaciones e investigaciones del sabio moderno por excelencia de la física.

Puede pecar de sensiblona y se entiende que a los que aman la rama de la física y de la ciencia en general no les guste el enfoque personal que se plasma en esta cinta. Sin embargo, habría sido un error no centrarse en las emociones que conllevaban esas notorias responsabilidades. Trata de evitar conflictos morbosos sobre la relación entre el protagonista y su primera esposa, una correcta Felicity Jones. Pero no los elude y muestra la parte más auténtica de las almas de ambos, sobre todo cuando han flaqueado sus fuerzas por las penurias que tuvieron que soportar el uno del otro, pero sin mostrar desconfianza nunca. La pureza de sus sentimientos es intachable a la par que real y bien construida. El espectador vive una agonía continua que no para de crecer en toda la película, pero que rompe con un final adecuado.

Sin embargo, aunque la conclusión final es redonda, no todas las reflexiones que meditas al terminar de ver el filme están justificadas. Sí como argumento, pero no como hilo genérico por lo que uno capta durante esa progresión. Esto tampoco desmerece la calidad sublime a la que se le hace frente, ya que son sentimientos y emociones perfectamente entendibles para cualquiera. Y que, a pesar de que pudieron ser más importantes, están mostrados de una manera sencilla, que no simple, y se acoge con facilidad como un gesto noble hacia esa parte tan importante de su vida. Incluso, leyéndose entre líneas, como tanto o más importantes que toda su vida e investigación.

Un ejemplo de superación tanto en la vida real como en la propia película

Eddie Redmayne consigue superarse escena tras escena, y con diversos registros. No se esconde en lo que habría sido fácil. Es decir, en la lástima y pena como chorreo incesante de lágrimas de fibra estándar, sino que logra evocar una respuesta diferente en cada una de ellas, y todas con la premisa de lo dulce. De lo suave. De la humildad que solo los grandes son capaces de salvaguardar. Un universo entero de filosofía y vida escondidas tras una sonrisa perenne, ladeada y amable, tan infinita como su grandeza. El cine tiene un actor para la posteridad.

Es científicamente emotiva. Matemáticamente incalculable. Físicamente indescriptible para la parte más personal de un estandarte de nuestra especie.

bluebird Comunicación
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