La sonrisa de Bierce

Vivimos en un ritmo frenético. Y eso es algo que puede ser demostrado por cualquiera que no alcance nuestro nivel de estrés, esa cualidad inherente desarrollada junto a la velocidad de nuestra calidad de vida. Quizá, por ello, además de la paciencia de leer en pantalla digital, sea necesario sugerir aumentar el estímulo de dejar pasar el tiempo, permitir que este acompañe a los granos de arena en su descenso y despedirle. Para ello, escuchar cualquier versión de ‘Some of these days‘, mientras deslizamos la pupila por la pantalla, puede conseguir arrancarte, por un momento, del angosto devenir.

Todas estas precauciones no son exageradas, si queremos hablar de Ambrose Bierce, un espíritu irreverente que dejó un surco tan profundo, que la gente se tropieza con él, casi sin darse cuenta de lo oscura que está el agua donde han metido el pie. Y el título ‘El Clan de los Parricidas’, editado (y reeditado con alevosía) por Valdemar, induce a pensar fácilmente en algún trauma shakespeariano. Pero las aguas no son solo turbias, sino que están habitadas.

Los personajes no encarnan la heroicidad, los ambientes se entremezclan con las vísceras de la historia, la narración alcanza la comisura de los labios ante hechos atroces –cuando no la hace saltar a pleno pulmón; sucesos tan alejados de nuestra realidad, que podríamos soñar con que hubieran sido reales–. Eso solo significaría que algo se ha removido por debajo del agua, y te ha atrapado, por ese pie incauto que se está mojando.

Son un puñado de historias, de esas cortas, casi destinadas a personas que acarrean pesados libros que narran hechos prodigiosos y que, ineludiblemente, deben interrumpir cuando su transito por la gran ciudad finaliza. Pero quizá exagero. Si fuera posible leer, como @diostuitero manda, el puñado de hojas que tiene cada historia, en la duración de un viaje en transporte público, la realidad sería, ciertamente, distinta.

Pero, ¿por qué Bierce en un discreto apartado de literatura? Un ligero conocimiento de él le habría situado como punta de lanza en el periodismo político, tanto redactando titulares incendiarios contra el gobierno y grandes empresas como creando y participando en editoriales. Su vida, comenzando como printer´s devil, hasta su dudosa desaparición en las filas de Zapata, le habría situado en cualquier cabecera de sociedad. Incluso su decisiva aportación al grotesquerie, merece más páginas que su literatura.

Será por que sus libros contienen el chiste que dejó a Bierce riendo para toda la eternidad: la culminación de la sátira iniciada en `El Diccionario del Diablo´, de obligada lectura periodística, puede saborearse en las historias –ya que no cuentos para infantes– de `El Clan de los Parricidas´. Un mundo real, quizá demasiado humano, se despliega ante los ojos; un mundo tan real, que reconoceríamos a alguien. Y cuando torcemos los labios, con un invisible garfio que cuelga de la oreja, lo vemos, lo hacemos más real. Bierce ya te ha manchado, con un desagradable olor, con un sabor acido. Y te ha dejado la lengua llena de sátira.

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Como afirma El Club Diógenes, la colección responsable de este asalto a la realidad cotidiana que aburridamente nos imponemos, otras historias macabras esperan dentro de este ligero volumen, que podría encontrarse en cualquier mesita de noche que se precie de salvaje o mínimamente civilizada. Sucesos espeluznantes y sumamente inquietantes continúan hasta llegar al final.

Pero terminar el libro no pondrá fin a la obra. Haber visto ese mundo invisible es una puerta que no puede cerrarse a voluntad, es un interruptor que no sabíamos que almacenábamos y que tampoco sabemos apagar. Como los sentimientos.

Y, entonces, sonríes.

Ante posibles controversias, solo diré que “me declaré inocente alegando que el hombre al que había asesinado era un demócrata célebre”.

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Treintaytantos, persona humana. In-útil por naturaleza, siempre tengo una opinión susceptible de ser falsa. Escribo por impulsos, como dicen que es la vida. Vecario en Tomalatele-TeleK.

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