La mejor cara del machismo: ‘Big eyes’

Que hay maltrato psicológico no es ninguna novedad, pero que se acompañe de maltrato cultural impresiona. Muchos son los casos en los que la mujer se ha relegado a firmar por “hombre” para lograr éxito y reconocimiento a su obra, y en esta película se pone de manifiesto el caso de Keane. Lo hace con soltura, elegancia, simpatía y, hasta en cierta forma, ternura.

Keane, además de ser un estupendo y exitoso grupo británico (cuyo nombre no tiene nada que ver con el de la artista), es una pintora con talento y personalidad, la cual está encarcelada, en términos artísticos, por la sociedad de los años 60 en Estados Unidos. Sí, hombre, esa tierra de libertad y tal…

‘Big eyes’ es la cruel historia de una lucha que tenía Margaret contra los estereotipos del papel de la mujer en dicha época, pero desde el prisma del arte. El contraste entre la dulzura de sus cuadros y su carácter, con la de la realidad que afrontaba, hace que esta guerra no solo se vea como una pugna en pro de la igualdad, sino también de enfrentamiento entre distintas clases. Ese es el prisma que le da a la historia Tim Burton. Diferencia entre los géneros como si de dos razas se tratasen en un mundo racista. Y lo hace con unos registros estéticos a los que no nos tiene acostumbrados, por lo que la diferencia de todas las demás, poniéndose por encima de otras obras. Da calidad y personalidad. Vemos leves vestigios de su firma, pero sutiles. Solo para adornar los momentos de fuerte emoción o puntos de gran inflexión. Cosa que aporta y ayuda a ver la historia con una faceta más liviana a lo que tuvo que ser en realidad, pero sin restarle un ápice de importancia a la gravedad del asunto.

Y todo esto se adereza con dos actores que enriquecen hasta el máximo sus papeles, y estandarizan la película aportando ese halo de magia que pretende dar el director. Amy Adams borda su interpretación dentro de estas finas y complejas líneas que trazan el argumento por las vías anteriormente mencionadas. Es todo un ejemplo, y la compenetración que realiza con Christoph Waltz, el “malo” de la película, su marido, es impresionante. Y es que Waltz casa bien con todo el mundo, hasta con Brad Pitt, pero lograr que esa armonía predomine como la idea principal es fantástico. Y ayuda mucho a conseguir dichos objetivos. Es cierto que quien luce aquí de los dos es la actriz, pero Waltz hace de su interpretación otra genialidad, cuando podría haberse relegado a un plano más segundón. Lo plantea tonto pero no simple. Arrogante sin ser fuerte. Obseso sin resultar inteligente. Y eso plantea el mejor retrato del maltrato posible: Burdo, inútil y sin justificación. Ni pasado, ni futuro.

Es por ello que sales con buena sensación tras ver la película. Entiendes que de no haber sido así su historia, su arte no habría sido, tristemente, tan universal como luego lo fue. Logras entender el porqué de sus pinturas y a distinguir entre sus matices, y a darle una explicación a las épocas de sus trazados. Y todo esto sin necesidad de ser ningún entendido en el mundillo. Para ver esta película, sólo hace falta tener humanidad.

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Hay tres cosas en la vida que odio por encima de todas. Los spoilers, la falta de consideración y la inutilidad al volante. Como diría Tarantino, tal vez mi forma de contar las cosas dé la vuelta al mundo, pero es el viaje lo que merece la pena. 24601.

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