‘La Llamada’ y el embudo

La Llamada principal

Suele sucederme, no sé a ustedes, que cuando intentan hacerme tragar algo con embudo, me atraganto. Se me atora la faringe, como si mi cuerpo lo rechazase de forma automática. A veces consigo digerirlo, junto con mi orgullo, pero otras tantas ni de coña. Debo admitir que eso es lo que me ha pasado con los Javis. Pero no me entiendan mal, me caen simpáticos estos nuevos ricos del panorama farandulero cinematográfico patrio, pero me solivianta en demasía el exceso de adulación. No lo puedo evitar. El embudo. Eso es lo que no puedo tragar. Ellos mismos lo defienden: «nadie nos dice qué debemos hacer», y yo no tolero que me impongan quiénes deben ser los referentes de mi generación, y menos aún que se coronen monarcas de no-se-sabe-exactamente-muy-bien-qué tan alegremente. Por eso quise esperar a contemplar su ópera prima cinematográfica para poder cimentarme una opinión de los artistas detrás del mito tan bien vendido. Y no les voy a engañar: a los puntos, van perdiendo.

Hay una cosa que yo llamo la teoría del trasvase. No la he inventado yo, seguramente, pero me gusta parecer rimbombante en ocasiones. Planteármela ha sido lo único que me ha llevado a una conclusión más o menos razonable, sabe Dios si acertada, sobre ese fantasmagórico y aterrador 7,2 que ‘La Llamada’ ha llegado a tener flotando junto a su ficha en FilmAffinity la primera vez que entré a curiosear. Literalmente, mayor puntuación que cualquier filme de Almodóvar. Cualquiera de ellos.  Y la misma puntuación que ahora mismo tiene ‘Mar Adentro”’ No es broma. Desearía que lo fuese.

La teoría del trasvase viene a explicar este tipo de fenómenos fijándonos y analizando ciertos elementos externos al producto en sí. Volvamos al embudo del que les hablaba al principio. Tal vez yo no haya conseguido tragarme (que no tragar) a los Javis, pero gran parte del público sí ha podido. Y es lo más normal. Llámenme amargado, están en su derecho. La calidad del producto nunca debería ser valorada en relación a la imparable y edulcorada, por justificada que esté, popularidad de sus creadores, del mismo modo que yo no pude considerar ‘Gran Torino’ como mala por el simple hecho de que Clint Eastwood me parezca la personificación carnal de todos los ideales fachosos y rancios que tan profundamente detesto en la vida. Y he aquí el trasvase. Los fanáticos de la persona lo son luego de su obra, y los que odian, lo hacen también por partida doble. En su teatro, ‘La Llamada’ será un impepinable éxito, pero la realidad es que como película no hay por dónde cogerla. Hoy ‘La Llamada’ luce un meritorio 6,2 en la plataforma online, tal vez porque ese trasvase de fans que llegaron desde otro río, todos esos que se enamoraron del cursi mensaje que ya se encargó bien en su día El País de vendernos y TVE de explotar definitivamente, ese canto al más abominable neoliberalismo del «vive a tu manera, persigue tus sueños, que nadie te diga lo que tienes que hacer», esté llegando a su irremediable y necesario final. Lo siento muchísimo, pero no puedo tragármelo. No puedo tragarme mensajes revolucionarios y activistas si me los lanza ese corporativismo que tan bien sabe a qué juega cuando lanza lo que lanza y promulga lo que promulga.

La Llamada 2

Los Javis han adoptado, explotado y vendido como lema de vida su «lo hacemos y ya vemos» en un mundo en el que cada vez la realidad abofetea más fuerte al gremio, uno en el que la inmensa mayoría de los trabajadores del audiovisual tienen que regirse por un muy distinto «lo haremos si podemos». Resulta meritorio, casi inspirador, aunque reconozco que a veces soy incapaz de distinguir entre pesimismo y realidad. Es fácil afirmar que «ningún señor con corbata me dice lo que tengo que hacer» desde la burbuja privilegiada de ser considerado referente de una generación por panfletos otrora muy supuestamente izquierdistas. Jamás compré, compraré ni tragaré un mensaje que me pinte la realidad de un color que no puedo percibir. Llámenme amargado. Les juro que yo lo haría. No me trago el mensaje de que «la sociedad se cambia con cosas como esta» que Ambrossi le vendió a un chaval que le preguntaba por qué una actriz de 30 años interpretaba a una adolescente de 17. Pues mira, Javier, tu hermana es una fabulosa intérprete, y el casting es un maravilloso acierto de esta, tú película, y el de elegir un innato don que ambos poseéis entre otros tantos, y efectivamente una persona de 30 años puede perfectamente interpretar a alguien de 17, del mismo modo que Jack se ahogó en el Titanic y DiCaprio no, pero me da que ese argumento revolucionario de Hacendado, que no deja de ser parte de tu marca comercial que tanto han explotado y rentabilizado TVE y El País, no te lo crees ni tú. Llámenme amargado. Seguramente lo sea.

Pero no se me lancen al cuello aún, que a estas alturas de siglo ya nos conocemos. Si han llegado hasta aquí es posible que no me crean si les digo que, pese a todo, los Javis son imperiosamente necesarios. Lo son porque el poder también tiene grietas. Lo son porque en Troya ya entró un caballo gigante. Tal vez la opinión pública, las modas, las olas de cegato fanatismo e incluso las corrientes de pensamiento estén milimétricamente orquestadas por el capital, por esa invisible mano que saca su buena tajada del activismo de izquierdas mientras aúpa a Ciudadanos en las encuestas, pero ¿acaso no es preferible que una generación crezca con el mensaje que Javier Calvo dio al país recogiendo su Feroz que el del Fary detestando al hombre blandengue en aquella legendaria intervención televisiva? ¡Ojalá todo aquel poseedor de un altavoz tuviese también los ideales de estos dos! Uno, resignado ya ante el inimaginable poder de los mass media, acepta con sonrisa de medio lado que, ya que hacen negocio, que hecho sea al menos con el mensaje feminista, tolerante y de luz que puedan dar estos jovenzuelos. Porque podré ser un amargado, pero Dios me libre de arrastrar a nadie al fango junto a mí.

Pero venga, volvamos al producto. Volvamos a ‘La Llamada’, que se llevó su Goya de rigor, como bien cantado estaba, y nunca mejor dicho. Casi me dolió más ver a Leiva levantar el cabezón que a Sergio Ramos la orejona de Lisboa, pero eso es debido a que soy un gilipollas con prejuicios. Menudo temazo es ‘La Llamada’. Me llegan a decir hace unos años que lo mejor que podría sacar de un largometraje es Leiva y antes apuesto todos mis ahorros a la conquista de la UEFA Europa League por parte del Albacete Balompié, pero resulta que los caminos del Señor son completamente inescrutables, y tal vez este sea el único mensaje claro que se puede sacar de esta película. Eso y que Belén Cuesta es un ser de luz que no nos merecemos todavía.

Puedo acusar a ‘La Llamada’ de lo mismo que a la vez puede salvarla: su completa vacuidad. Llámenlo inocencia, llámenlo inoperancia. No hay NADA en esta película. Tan sólo simpáticas actuaciones, sin guión, sin trama, sin sorpresas, sindiós. Como pretender jugar un All-Star sin un balón. Al final, uno siente que la película acusa esa completa falta de enseñanza, moraleja o simplemente un elemento que te haga pensar durante un instante, del mismo modo que ello puede considerarse su punto más fuerte: precisamente no te hace pensar. La ausencia como virtud. Es puro entretenimiento naíf, como para el que ve ‘Friends’ mientras toma el almuerzo, que le entretiene y le distrae, pero no le dice absolutamente nada más. Si esperaban una velada crítica a la ranciedad del catolicismo profundo en esta nuestra era millennial de los cojones, siento el chasco que se habrán llevado. Si esperaban un mensaje distinto al de «¡lucha por tus sueños!» que ya nos vende Mr. Wonderful en cada una de sus tacitas, siento el chasco que se habrán llevado. Tal vez los Javis lancen, o directamente encarnen, un mensaje necesario y positivo debidamente rentabilizado al mundo, pero su película desde luego que no lo hace. ¿Qué es, en resumen, ‘La Llamada’? ¿Una radiografía precisa y desoladora de los deseos audiovisuales del gran público en España como en su día lo fue ‘8 Apellidos Vascos’? ¿Un paso adelante en la forma de vender el cine patrio, pero diez atrás en la calidad del mismo? Sólo Dios, el tiempo, los embudos y trasvases nos dirán.

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