«La Literatura ha dado a mi existencia el sentido poético del que carecía»

Silvia Mazar

Silvia Mazar nació el 2 de abril de 1937 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina. En 1957 se recibió como técnica en Fonoaudiología por la Universidad de Buenos Aires. En 1987 obtuvo el primer premio del Concurso de Microrrelatos organizado por la revista Puro Cuento. Además de una decena de plaquettes publicó los poemarios ‘Amuletos’, ‘Otras son de arena’ y el volumen de narrativa ‘Cuentos del loco amor’.

Naciste en un barrio ubicado más o menos en el centro geográfico de nuestra ciudad.

Tal cual. En Caballito. Residíamos en una bellísima casa que había construido mi padre, arquitecto, en un refinado estilo art déco. En su enorme jardín yo desplegaba toda mi imaginación de niña solitaria. Allí observaba, además de las plantas, a las hormigas, el accionar de los insectos, y los relacionaba con la conducta de los adultos y las similitudes en algunas de sus reacciones. Me encantaba leer los cuentos clásicos y mirar mil veces los libros de pintura de papá: conocía detalle por detalle cada cuadro de Goya. A mis nueve años, vendida esa casa, nos mudamos a un departamento en el barrio Recoleta. Allí mi trascurrir se tornó aún más solitario, extrañaba el jardín. Aunque era un piso enorme no tenía recovecos donde esconderme. Me marcó profundamente ser hija de un matrimonio mixto: mamá era católica y papá judío. Yo era la única nena del grado que no iba a misa y no había tomado la comunión, un comportamiento inusual, residiendo en un barrio de clase alta y en los años 40. Antes de terminar la escuela primaria empecé a escribir: poemas y pequeñas historias que guardaba en libretas y anotadores.

Después llegó el secundario, en el Liceo de Señoritas. Allí aterricé sin conocer a nadie y bastante perdida. Algo habrán visto en mí desde el primer día un grupo de tres chicas, compañeras de la primaria: me sentaron con ellas y me adoptaron. Una era —y llegó a ser, notable poeta— Susana Thénon. Siempre juntas las cuatro, divirtiéndonos en nuestras diferencias y estudiando poco. En el Liceo había muchas chicas judías, se separaban las materias Moral y Religión. La madre de Susana era judía y su padre católico. Tuvimos gran afinidad, porque escribíamos poesía y, sobre todo, por el humor: disparatado, paródico y burlón con el que satirizábamos el universo escolar; ella poniendo el cuerpo y todo su histrionismo; yo, en cambio, discreta y de bajo perfil. Y así seguimos hasta que falleció, recordarás, en 1991.

Discreta y de bajo perfil aunque escribiendo…

De un modo más dramático, más comprometido. Y al tiempo que llegó mi primer novio, que luego sería el primer marido. Tuve una actuación muy breve en mi profesión: abandoné a los 23 años para dedicarme a mi primer bebé. Profesión la mía que, aunque no me diera cuenta, también estaba ligada a la palabra. Tuve dos hijos más, el primer divorcio, un segundo marido, la muerte de mis padres y la literatura siempre, cobijándome, amparándome, dando a mi existencia el sentido poético del que carecía.

En marzo de 1982 empezó todo, en serio, de verdad. Me inscribo en mi primer taller literario con Jorge Hacker, director de teatro y traductor. Él supo “revelarme”. Hacia fin de año organicé una publicación con los textos producidos por el grupo. Hacker confió tanto en mí que me propuso participar en una muestra suya encarnando a Yerma en una escena del drama homónimo de Federico García Lorca. Con esta representación mi entusiasmo creció al punto de inscribirme en 1983 en la escuela del uruguayo Villanueva Cosse, pero… No era lo mío, fue un fracaso total. No obstante, el profesor que tuve, Néstor Romero —sí, quién dirigiera la pieza teatral de Harold Pinter en la que vos debutaste como actor—, advirtió que yo tenía aptitudes para armar los textos de las improvisaciones y ahí me fui afirmando.

Llegó la democracia y esas enormes puertas que se abrieron para el país también se abrieron para mí. El Centro Cultural General San Martín promovió cursos y talleres por doquier y mi vida dio una vuelta de 180 grados. Accedí a la felicidad. Cursé con Silvia Plager, Rodolfo Alonso, Orfilia Polemann, Elsa Osorio, Ignacio Xurxo, Jorge Santiago Perednik y Roberto Cignoni. Con estos dos últimos poetas y ensayistas pasé luego al Centro Cultural Ricardo Rojas, donde perduré en poesía escrita y vivida por más de una década.

Silvia Mazar

Son más de 30 años de integrar grupos de estudio, de creación, de aprendizaje. Si tuviera que elegir uno en el que me haya sentido más feliz, sería sin dudarlo el de Roberto Cignoni. He conocido pocas personas con la calidad humana que él irradia, y como poeta y maestro acompaña suavemente a los que se acercan a él. Lo conocí en el CCGSM haciendo una suplencia en el taller de Perednik. Durante los meses que duró la suplencia consolidamos una amistad honda y divertida, la que prolongábamos en cafés y pizzerías. Fue tan firme el lazo que establecimos, que, junto a otros compañeros, al regresar Perednik, continuamos con Roberto el taller en mi casa. Cuando con Norma Fumero, Gladis Márquez y Norma Soccol formamos el grupo Rojas de Vergüenza, nos apoyó, estuvo cerca con su proverbial ternura y buen humor. Hicimos una performance, dirigida por él, en el Centro Cultural Ricardo Rojas, que consistía en responder con un poema improvisado a las preguntas que nos iban formulando las personas del público a cada una de nosotras. Fue algo inolvidable, el mejor recuerdo que atesoro de la gran cantidad de presentaciones en las que intervine. Creo también que la apertura que obtuve en mi poesía, la libertad y el desapego a toda forma preestablecida que adquirí, se lo debo a esa etapa de mi vida y a la profunda reflexión. Mucho de ese espíritu tuve la suerte de poder aplicarlo en los 16 años que llevo coordinando Gente de Lunes, a partir de que el director de la Casa de la Poesía, Daniel García Helder, me lo propusiera. Se trata de un grupo abierto que pierde unos integrantes y se enriquece con otros en forma constante.

Tenés una anécdota que has contado infinidad de veces.

De los 90. Modificó la forma de plantarme en el mundo. En una excursión a la ciudad de La Plata, veo en el ómnibus al narrador y periodista Ignacio Xurxo. Cuando llegamos, me acerco a saludarlo y él confiesa: «No sé quién sos», pero cuando le digo cómo me llamo pegó un grito de alegría y emoción. Pocas personas entendieron el significado de esa respuesta, de esa reacción. No recordaba mi rostro, recordaba mi obra. Luego fuimos a almorzar y hablaba de mí con los compañeros de excursión como si fuéramos colegas. No volví a verlo y él nunca supo que esa actitud suya me dio el espaldarazo que yo no encontraba.

Xurxo murió a fines de 2010, a los 80 años.

Y no es el único de mis maestros que ha fallecido. También he tenido grandes pérdidas de seres queridos en mi familia, grandes ganancias de amigos, alumnos, compañeros de la vida y dos nietos: un muchacho de 14 años con el que comparto cuentos de Osvaldo Soriano, además de haikus y algún juego en Red; y una hermosa chilena de 26 que reside en Isla de Pascua, es licenciada en Educación Física y campeona de fútbol femenino, a la que un día le expresé: «No sólo sos mi nieta amada: sos la mujer que más admiro, por tu libertad. Sos la mujer que yo hubiera querido ser».

Llama la atención que tus dos poemarios hayan aparecido hace más de 25 años.  

‘Amuletos’ es fruto del entusiasmo. Daniel Rubén Mourelle había publicado poemas míos en su revista Clepsidra. Ya llevaba tantos años escribiendo, que contaba con la aprobación de los amigos y pensé que era el momento. El libro, quizá, es algo caótico, yo no sabía muy bien que era preciso sostener una coherencia temática —eso me lo hizo notar Jorge Santiago Perednik en una charla que mantuvimos después de publicado—. Aduje que no se lo había dado a leer para no ponerlo en el compromiso de no cobrarme, a lo que me respondió que él me hubiera cobrado sin problemas y el poemario habría quedado mejor.

‘Otras son de arena’ se lo pasé antes de entregarlo a la imprenta de la Universidad de Buenos Aires. Lo leyó, “sin cargo”, lo aprobó y así fue editado.

¿Si hay diferencias notables entre ambos? No lo sé, no lo advierto. Lo que sí sé es que publicar no es mi anhelo. Tengo un libro listo, corregido, numerado, muy querido. Son 50 poemas y su título es ‘Hilos de entonces’. No lo publicaré, me da infinidad de alegrías cada vez que los leo en encuentros, en ciclos a los que me invitan, en programas de radio. Eso es más que suficiente.

Sigamos con tu narrativa…

Tengo cerca de 70 cuentos inéditos que me gustan y que me dio placer escribir, y una nouvelle, ‘La mitad de arriba’, cuya protagonista se llama Mechita Cohen y es mi alter ego, aunque absolutamente ficcionado. La leyó una sola persona: Oscar Tacca. Él me alentó a publicarlo, pero no, como diría Idea Vilariño, «ya no».

Silvia Mazar

Con el escritor Oscar Tacca, creo, estuviste casada.

No en la forma tradicional. En la primavera de 2001 me inscribí en un taller de expresión corporal. En una oportunidad, a mi lado se sentó un señor de voz pausada y ojos grises. Nos tocó efectuar juntos todos los ejercicios. A la salida reveló que no tenía ninguna intención de hacer esa actividad, pero como en un folleto de propaganda invitaban a «concurrir con ropa cómoda» para una clase sin cargo, entró sin inscribirse.

Era Oscar Tacca. A partir de entonces fuimos, por muchos años, una feliz pareja de personas mayores. Ambos veníamos de dos matrimonios anteriores, nunca se nos ocurrió casarnos, pero compartíamos la mitad de los días de la semana en su casa. A Oscar le habían concedido el Premio Nacional de Ensayo por su obra ‘Las voces de la novela’, fue profesor de Teoría Literaria y luego decano de la Universidad Nacional del Nordeste, y miembro de número de la Academia Argentina de Letras. Su prosa es notable.

En 2008 leyó una cantidad de relatos míos y juntos seleccionamos 23, los que conforman ‘Cuentos del loco amor’, para publicarlos a pedido suyo. Acepté con la condición de que él socializara una añosa novela inédita que yo había disfrutado. Así se hizo. Con el título de ‘Crónica de Santibana fue impresa, luciendo en su primera página una conmovedora dedicatoria: «A Silvia».

Animales legendarios: ¿Centauro, minotauro, unicornio, ave Fénix o esfinge?

El ave Fénix, siempre; incluso es el mote que me han puesto varias personas que conocen mi vida. Me niego al golpe bajo, pero sé de qué estoy hablando. Por eso el ave que, calcinada, vuelve a renacer con un plumaje nuevo.

¿Qué es lo que principalmente te escandaliza? ¿Sobre qué “personaje inolvidable” escribirías?

Me escandaliza el mal gusto. La falta de discreción. El creerse superior. El no respetar las propias limitaciones. Esto me hace sonrojar verdaderamente.

Nunca se me hubiera ocurrido escribir sobre un personaje que admire. Para eso se necesita una capacidad que yo no tengo. Mi personaje “inolvidable” es Sor Juana Inés de la Cruz. Sé de ella, por ejemplo, a través de la película ‘Yo, la peor de todas’, dirigida por Maria Luisa Bemberg, basada en el ensayo ‘Sor Juana o las trampas de la fe’, de Octavio Paz. Me conmueve, sobre todo, por su libertad, conseguida aun a costa de su paradoja pérdida, y por cómo defendió su amor por la belleza del saber. Si se me ocurriera escribir sobre ella, cosa más que dudosa, elegiría narrar un día entero de su vida desde los ojos de ¿quizá? la persona que limpia su habitación.

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Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

1 Comentario

  1. Gracias por esta entrevista, muy merecidaaaaaa; algunas cosas sabía de su vida y otras, no. Leerla es escuchar la dulce voz de ella contándolas. La verdad, Rolando, me alegraste el día.

    Ivana Szac

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