La libertad liberada

Es sorprendente el espacio que los productos provenientes de otras partes del extranjero ocupan en nuestra ventana al mundo, o pantalla en numerosos casos actuales, en menoscabo de lo que se crea en el territorio nacional –sin entrar en el peliagudo tema de las nazi-onalidades, que abordaremos en otra ocasión–, como si esa identidad que nos otorga nuestro lugar de nacimiento repudiara lo propio y ansiara lo ajeno.

Viendo como está últimamente el producto nacional, plagado de atentados a la democracia y confusiones intencionadas, parece entendible que cualquier persona con aspiraciones a sensatez, se abandone a sí misma en el séptimo arte, ya que el teatro sigue exhibiendo precios prohibitivos. Pero es doblemente sorprendente, el tamaño reservado a otras nacionalidades, digo países, aumenta con la distancia –hasta llegar al límite de Estados Unidos, donde comienza a disminuir. El radar, por así llamarle, está muy centrado en ese lugar.

Como si se tratara de los primeros compases de ‘Ha llegado el Águila’, el avión en el que viajamos esta vez corre el riesgo de burlar nuestro occidentalizado radar y escaparse en la infinita vastedad de las películas pasadas. Pero en ese caso, la culpa será nuestra, por considerar que Italia ya no puede enseñarnos cómo vivir. Y no sobrevivir.

El mayor spoiler que podemos cometer respecto a la película de hoy –el gatito parece tener su destino sellado– es simplemente decir el título de esta obra de arte. Pocas veces se puede condensar tan magníficamente el comienzo, el nudo y el desenlace de la trama, sin escatimar un ápice la realidad de los personajes, del argumento, de la magia. Verbalizarlo es despertar de un sueño que huye, una ilusión que esquiva la lengua: ‘Viva la libertad’.

Quienes tuvieron la dicha de leer ‘Pedro Páramo’, y otras historias ejemplares, podrán reconocer el realismo mágico –tontamente adscrito en solitario a Sudamérica– que impregna a cada personaje, inmersas en un escenario confeccionado para ellas, y que transforma los hechos cotidianos, las pasiones más íntimas, las verdades más abrumadoras en acontecimientos tan fortuitos, tan asombrosos, tan maravillosos que intentamos ver la varita que ha realizado el hechizo. Aunque la tengamos delante, como siempre.

Sin embargo, la magia precisa de entonar las palabras mágicas que desencadenan sus poderes cósmicos, necesita que sean reales para que funcionen. Por ello, los personajes involucrados –un político de la oposición y su hermano– y el escenario –un país deprimido– son parte de una realidad, están en todos lados, somos todas nosotras. Entonces se produce el cambio, con un cosquilleo en la piel, con una lágrima en la mejilla, un balbuceo en la garganta. El deseo late más fuerte, sin saber de donde llegó.

Tan conocida resultará la película, que las amantes del cine patrio podrán encontrar aromas conocidos, sobre todo cuando Giovanni Oliveri les mire a los ojos y sientan la sensación de estar en ‘Familia’; pero el toque maestro de ‘Cinecitta va dejando sus pinceladas en cada fotograma: un asistente despeinado, una esposa enamorada, un político poético son cosas tan fantásticas, que merecen ser reales.

Es cierto que las cosas nos van mal, que la oscuridad crece, que las fuerzas flaquean. El enemigo es enorme y la confusión crece. Es cierto que nos enfrentamos a un abismo insondable, un camino que termina en un precipicio. Pero es más exacto decir que estas son las palabras mágicas de un hechizo que congratula a la sátira, a la tragedia, al arte y que revuelve el mundo, un sortilegio con nombre propio. El nombre de Brecht.

Quizá lo menos importante sea la tremenda sátira política, la lucha contra la rutina y la resignación, la crítica al matrimonio y el asalto sin contemplaciones contra la psiquiatría. Del mismo modo que no se nos pasa por la cabeza, si los hermanos Oliveri son una moderna representación de Rómulo y Remo, del ‘homo novo’ renacentista.

Quizá lo más fascinante sea lo que ocurre cuando la libertad se apodera de los personajes, de las personas, del mundo. La película no es un canto a la vida, como ‘Intocable’ o ‘Irreversible’, como si esta fuera una estatua para nuestra mirada; ‘Viva la libertad’ es su misma representación, el espejo que nos ha dejado ver por un momento como pudo ser o, mejor dicho, como podría ser lo que reflejamos.

bluebird Comunicación
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