‘La balada de Buster Scruggs’, incómodo silencio en el lejano oeste

La balada de Buster Scruggs

La primera reacción que experimenté cuando llegó a mis oídos que los hermanos Coen estaban enfrascados desde hace largo tiempo en un nuevo proyecto dentro del género wéstern fue de absoluta expectación. Aún no considerándome un gran devoto de estos directores, la reputación que les precede merecía, sin duda, que pusiera toda mi atención a este trabajo que (tristemente) sería exhibido en la plataforma del momento, Netflix, dejándonos a los cinéfilos sin la oportunidad de poder experimentar las sensaciones audiovisuales que sólo la magia de la gran pantalla puede conseguir. Pero que se nos prive de ese transporte narrativo que sólo se alcanza entre esas cuatro paredes es un tema aparte, en el que, si bien no vamos a entrare, no vamos a negar que afecte notablemente este nuevo relato.

Desafíos a muerte, tiroteos, robos, escapadas, ahorcamientos y la soledad más descorazonadora bajo la mirada del ardiente sol son algunos de los temas por excelencia que ya hemos visto en tantas ocasiones y que nos son más familiares que la misma sombra de un forajido solitario. Única y eterna compañera, sabe que nunca la podrá eludir, al igual que nosotros con este género canónico al que debemos tantos grandes momentos y al que exigimos un cierto nivel.

En esta ocasión, los Coen no se han adscrito al marco o estructura clásica de un wéstern típico —aunque dentro de él los personajes y situaciones siguen el mismo patrón—, sino que, en un intento renovador por ofrecer algo diferente para escapar del cómodo refrito, han puesto toda la carne en el asador por aunar en una misma cinta relatos diferentes que se presentan en forma de cuento tradicional. Lástima que la carne acabe chamuscada en esa honesta intención.

La balada de Buster Scruggs 2

Las previsiones no son del todo catastróficas en la apertura de la película. De hecho, el acercamiento al que pensamos que será el personaje principal —con esos derroches de humor negro y esa apariencia extravagante mientras nos deslizamos en el ambiente sureño— supone una garantía incuestionable para atraer el interés, para cerciorarnos que nos encontramos ante un giro fresco del género. Sin embargo, unos minutos más tarde, con el entierro de dos personajes prometedores, se echa el telón a una apuesta sobre seguro. Ante esta insensatez se sucede la debacle, el principio del final. Personajes planos sin nada que ofrecer, historias que comienzan a adquirir chispa en el momento en que deciden cerrarlas, diálogos tan exuberantes y sobredimensionados que rozan el sermón pastoral de cada domingo…

En la búsqueda de hallar profundidad narrativa en los comportamientos más característicos del ser humano —el miedo, la esperanza, la miseria o la codicia, ya que el filme no está exento de moraleja— se pierde la mecha del ritmo, la curiosidad por el devenir, la chispa que te mantiene en éxtasis pendiente hasta el desenlace.

Lamentablemente, no existe nada nuevo que consiga dar en la diana. Tampoco provoca que resucite en el interior del espectador esa fiebre pícara y salvaje por las aventuras legendarias del desierto. Más allá de alguna interpretación acertada, de notables guiños a ‘Los odiosos ocho‘ y al cine de Tarantino y, especialmente, a lo que pudo ser y no fue, al final sólo queda una desapacible balada, una triste canción con sabor a nostalgia.

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Estudiante a tiempo parcial y artista renegado. Sólo un chico de la calle que vive su canción. En el cine y la música se plasma mi vida, mientras yo intento darle un sentido a través de estos párrafos vacíos, o no, eso lo decidirán ustedes.

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