José María Fonollosa, un autor que desprendía rencor en cada verso

Tal día como hoy, un 7 de octubre, pero en 1991, José María Fonollosa había quedado con una amiga por la mañana. No llegó nunca. La mujer, movida por un mal presentimiento, llamó a la policía para que entrara en la casa de su amigo.

El mal presentimiento se consumó cuando los agentes le notificaron que José María estaba tumbado sin vida en la cama. Un infarto.

Dice la leyenda que en su mesa de trabajo, en la maquina de escribir, aún en el rodillo, se encontraba este poema:

No

No a la transmigración en otra especie.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.

No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
reservado a islamitas, con beldades
que un libro garantiza siempre vírgenes.

Porque esos son los juegos para ingenuos
en que mi agnosticismo nunca apuesta.
Mi envite es al no ser. A lo seguro.

Rechaza otro existir, tras consumida
mi ración de este guiso indigerible.
Otra vez, no. Una vez ya es demasiado.

He de reconocer que Fonollosa no llegó a mí en un libro. Fonollosa me llegó por Albert Pla y Robe Iniesta.

Serían mediados los 90 cuando mi hermano me grabó en una cinta de casete para el coche, el disco ‘Supone a Fonollosa’, de Albert Pla.

Recuerdo el escalofrío que sentí al oír al Robe recitar ese poema de ‘No’.

Esa letra… Esas frases llenas de hartura, de rechazo, me dejaron fascinado.

Desconocía que era un tributo a Fonollosa, ni siquiera sabía quién era.

Supongo que pensaría que eran letras de Albert Pla, al que por entonces no tenía muy fichado.

Tras examinar la carátula original del cedé, supe que Fonollosa era un poeta de Barcelona y que había muerto no hacía muchos años. No era mucho, pero suficiente.

Fui a la FNAC y a la Casa del Libro y me chocó ver que era un autor prácticamente desconocido, con apenas libros publicados, difíciles de conseguir, pero al final me hice con uno: ‘Ciudad del hombre: New York’.

Devoré el libro en horas. Me fascinó.

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Para un chaval que estaba estrenando la veintena, que creía que era dueño de una fuerza capaz de mover el mundo, cuya inquietud le llevaba a buscar formas de expresar su inconformismo a través de las fotos y de la escritura, encontrarse con Fonollosa y su malditismo fue algo muy impactante.

La eterna sensación de no encajar, de no gustar, el miedo al fracaso, el fracaso, la angustia, el desamor, tomaban forma de poema, de poema rabioso en un autor que desprendía rencor en cada verso.

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En poemas así uno se escondía y se cobijaba cuando daba vueltas con manuscritos que no llegaron a nada (eran malos, muy malos).

El reflejo del vencido, la aceptación de la derrota, la negación de toda esperanza. Fonollosa me acompañaba en algunos de esos sentimientos que yo creía vivir con la misma intensidad del autor.

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A través de las biografías de las solapas y de los prólogos de sus libros me imaginé la vida de Fonollosa.

Esas primeras publicaciones de joven, a los 23, que supongo le hicieron pensar que viviría de la poesía.

El no encajar en los círculos literarios ni el la vida esnob de los poetas de la época, le llevaron poco a poco, si no al olvido, sí al marginalidad literaria. Y aquello en esa época significaba perderse en la nada. Eso y Franco le llevaron a exiliarse en Cuba.

Allí siguió escribiendo, preparando poemarios llenos de desgarro, de una dureza tan brutal como bella. Y todo eso lo escribió mientras trabajaba en el más absoluto anonimato literario.

William Street

Las mujeres que quiero van con otros. 

Cuando pasan prendidas de otros brazos 
miro a la que se apoya en mí y compruebo 
que yo me he equivocado de mujer. 
La gracia enrojecida de una risa, 

el rumor tembloroso de un silencio, 
la mirada furtiva que nos dice 
que está la dicha allí, en aquellos ojos… 
Esas cosas descubro sólo en otras. 

Yo sé que lo que anhelo no anda lejos: 
veo como ellas pasan de otros brazos. 
Y trato de encontrarlo, incluso en ellas. 
Más siempre me equivoco de mujer. 

Las mujeres que quiero van con otros.

Fonollosa viajó a Nueva York y quedó marcado para siempre.

Cuando a los diez años de irse a Cuba y de visitar con frecuencia Nueva York decidió volver a España, lo hizo cargado de un puñado de poemas que aún no tenían forma de nada. Eran eructos de rabia.

Poemas sobre las drogas, el infortunio, la masturbación…

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Por esa época yo estaba muy flipao con Los Planetas y recuerdo que ese rollo rencor de postureo de «sois todas unas cabronas que me jodéis la vida», me tenía todo el día lamiéndome las heridas. Así que estaba convencido de que las letras de Jota, los versos de Fonollosa y mis sentimientos hacíamos una conexión cósmica derrotista. Jota, Fonollosa y yo… Tres seres incomprendidos… (Ay… Los 20 años…).

A lo largo del tiempo me he ido haciendo con prácticamente toda la obra de Fonollosa.

Sus poemas me fueron llegando de mucho en mucho. Sus publicaciones llegaban con cuentagotas. A destacar, ‘Ciudad del hombre: Barcelona’, una extensión de ‘Ciudad del hombre: New York’, y un poemario que se publicó ya en el siglo XXI que para mí es de lo mejor: ‘Destrucción del mañana’.

Ambas son obras póstumas que el autor nunca vio publicarse.

Leer a Fonollosa siempre fue una experiencia muy íntima. Con él logré esa extraña simbiosis que muy pocas veces los lectores llegamos a sentir con algunos autores. Siempre me identifiqué con sus letras, con sus sentimientos, con su dolor…

Pero lo que realmente me fascinó fue su manera de convertir todo eso en lírica, en poesía libre de métricas y rimas, pero llena de ritmos y musicalidad.

Fonollosa ha sido un amigo que me ha acompañado a lo largo del tiempo.

Un maestro. Alguien que me enseño que “una temporada en el infierno” puede durar toda la vida.

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Fotografía: Guillermo Cárcamo ©

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