‘Jason Bourne’, mejor sin legado

Paul Greengrass lo ha logrado: Sin temor a decirlo, ‘Jason Bourne’ no sólo representa el regreso triunfal de una franquicia que parecía con su última entrega, ‘El legado de Bourne’,  haber agotado la fórmula de atracción, sino que también ratifica la importancia de dicho producto para el cine de espionaje, aunque encasillarla en este género sería bastante injusto. Y es que resulta evidente que estamos en presencia de una línea de filmes que, observados desde un punto de vista meramente superficial, pueden dar una impresión bastante alejada de lo que realmente pretenden abordar.

La película del realizador británico —quien además retoma la silla de dirección tras el testigo dejado por Tony Gilroy y su fallida cuarta entrega— es una anomalía dentro del blockbuster moderno, tan excesivamente empeñado en la autocorrección y en poner sobre el tapete los puntos más básicos de entretenimiento. Porque, a pesar de que la cinta protagonizada por Matt Damon puede ser encapsulada en el apartado de acción —y no hay nada de malo en ello—, ésta se percibe con la dialéctica suficiente para compaginar con escenarios vistos actualmente.

Muchos frentes se abren en el regreso de nuestro célebre personaje. Entre ellos, el tratamiento bastante alegórico del presente geopolítico, el punto álgido de la tecnología y las violaciones a la privacidad en plena era digital, además de otros tantos temas que la hacen presentar aspectos paralelos a la realidad. Pero lo mejor del argumento —casi siempre ha sido así— es que, si bien el guión pone bajo contexto esos enormes paralelismos contemporáneos, la película nunca se despoja de esa personalidad que no escatima en destilar en cada momento, no hay distracciones. Y en eso mucho tiene que ver el director, porque no hablamos de una cinta superior al resto —apenas se acerca a la brillantez y electricidad  de los primeros títulos—, pero Greengrass, un maestro en esa práctica de disimular baches, nos propone una estructura llevada con un pulso prodigioso, un esquema que no deja de lado el factor nostálgico frente a los títulos pasados.

Así pues, una década después de que Greengrass y Damon arrancaran su aventura con ‘El mito de Bourne’, conviene analizar el trabajo del director desde su acercamiento al género y cada uno de esos elementos que mejor que nadie ha sabido imprimir a la historia: Desde la elegancia impuesta en cada secuencia al momento de proyectar  persecuciones y escenas de acción, hasta la coherencia y sobriedad en ciertos apartados en los que cualquier otro realizador hubiera sucumbido.

En cuanto a Damon, Bourne es su personaje y con él ha evolucionado en plena crisis de los 40. El actor le vuelve a otorgar a su interpretación el carácter necesario para un personaje que, naturalmente, es de pocas palabras.

La trama nos presenta algunas nuevas incorporaciones, entre ellas Alicia Vikander, a quien en los próximos años veremos con más asiduidad; Tommy Lee Jones, veterano de mil batallas; y el villano de turno, encarnado por un regular Vincent Cassel. Ninguno de ellos desentona a su casi predeterminado rol, las estrellas aquí son otras.

¿Era necesaria otra cinta de Bourne? La respuesta es: ¿Por qué no? Hablamos de un icono pop y del cine tan infravalorado como la misma franquicia. Sería bastante egoísta cuestionar la aparición de este título, más aún en  tiempos donde predomina tanto remake y secuelas injustificadas. Así que no hay nada de malo, y si el producto final resulta en un compendio de las mejores virtudes de la saga, entonces la valoración debería ser positiva.

bluebird Comunicación
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