Henry Chinaski en La Habana

La Habana. Hay ciudades (y países) que te acompañan siempre y cuyo recuerdo es una fuente constante de descubrimientos. Quizás porque uno siente siempre la extraña obligación de pararse cuando ve el nombre de La Habana escrito en algún lugar. Ya sea en la letra de una canción, en una noticia del telediario o en la estantería de alguna librería. Entre cientos y cientos de estantes llenos de miles de libros algún tipo de conexión que me cuesta explicar hace que mi vista decida pararse en un volumen que lleva el nombre de la ciudad en el dorso. Por qué en ese libro y no en otro no tiene una explicación racional. Me gusta pensar que La Habana me sigue a todas partes y, de alguna forma, me ilumina el camino con su luz para que siempre la tenga presente. No siempre me lo creo, pero a veces me gusta imaginarlo así.

‘Trilogía Sucia de La Habana’ se llamaba la novela. Pedro Juan Gutiérrez era el autor. Compré el libro sin mirar nada más. Me bastaba con saber que transcurría en las calles de La Habana. No sabía que horas después me iba a sumergir en un viaje sin retorno por el lado más sórdido de la capital cubana. No sabía tampoco que Pedro Juan Gutiérrez tenía alma de Bukowski habanero, ni que un Henry Chinaski adicto al ron iba a abandonar las calles de Los Ángeles para pasearse borracho y sin rumbo junto al Malecón.

‘Trilogía sucia de La Habana’une en un solo volumen tres libros de Pedro Juan Gutiérrez (‘Anclado en tierra de nadie’, ‘Nada que hacer’ y ‘Sabor a mí’). Y esto es todo un lujo, porque de momento me ha sido imposible hacerme con ninguno más en las librerías convencionales. En ellos este escritor nacido en Matanzas en 1950 (lo de escritor es por clasificarlo en algún sitio, ya que ha sido periodista, vendedor de helados, cortador de caña de azúcar o instructor de kayaks…) disecciona su mundo con precisión, humor y sin medias tintas.

Realismo sucio llaman a este tipo de escritura. Y quizás no les falte un ápice de razón. Pedro Juan Gutiérrez (o Henry Chinaski, a veces me cuesta diferenciarlos) se pasea por las calles deprimidas de La Habana de los noventa, entre la pobreza y las ganas de vivir de una población víctima del bloqueo, entre edificios que uno nunca sabe si están en construcción o destrucción y en los que se hacinan los miembros del ejército de los perdedores. Un ejército en el que no faltan putas, travestis, borrachos y estraperlistas de tres al cuarto y en el que nuestro héroe cubano se siente como pez en el agua.

No faltan tampoco el sexo, ni la música, ni la política, ni, por supuesto, el ron cubano. Tampoco ningún detalle en un testimonio basado en hechos reales y escrito con toda su crudeza, sin artificios ni cursilería de todo a cien. Solo hay espacio para La Habana más terrible, una ciudad sumida en la ruina y en la depresión que tiene siempre a Pedro Juan Gutiérrez pendiendo de un hilo, cual funambulista debatiéndose entre la vida y la muerte. Y sin embargo, entre  todo este apocalipsis habanero, sigue habiendo espacio para el humor y la ternura. Porque a pesar de todo, en La Habana siempre hay espacio para ello. Porque quizás, como afirmaba Alex Ayala Ugarte en ‘Los Mercaderes del Che’,”a veces, los que parecen no tener ninguna dignidad cargan con toda la dignidad del hombre”. Y otra cosa no, pero a Henry Chinaski le sobra dignidad. Y a Pedro Juan Gutiérrez también.

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Papá en prácticas. Periodista, aunque tengo la certeza de que me gusta más escribir que buscar la noticia. También ejerzo como Social Media Manager, lo que me permite pasarme todo el día en las redes sociales. Una vez soñé que era Don Draper. Al despertar lo vi inviable. No fumo, no me gusta el whisky, odio las corbatas y, sobre todo, me da mucha pereza afeitarme.

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