Hasta siempre, Ana María Matute

Ella, Ana María Matute, siempre decía cosas que si bien en ese momento no tenían sentido, lo alcanzarían muy pronto. Decía, por ejemplo, que la literatura había sido el faro salvador de muchas de sus tormentas. Decía, además, que a la literatura grande se entra por el dolor y las lágrimas. Y yo apunté aquellas sentencias sin entenderlas, porque me hacían sentir cosas, inexplicables.

Más tarde abrí aquel cuaderno, como abro otros esperando encontrarme un tesoro venido del pasado para darme luz en el presente, y lo supe. La magia de las letras, una de ellas, es reconfortarnos, hacer que no estemos tan solos, aunque a veces sea como una caricia macabra de la que brota sangre. Aunque sea así.

Y así me devolvió muchas veces al punto de partida, me invitó a viajar a través de la memoria hasta ese fantástico lugar llamado infancia. Entonces me sumergía en un universo en el que hasta los unicornios buscan refugio bajo las estrellas que se reflejan a escondidas en la lámpara del salón.

En este último punto y final, el inevitable, todo ese lirismo en forma de recuerdos se queda conmigo como lo ha hecho siempre, con una punzada en el corazón al descubrir que, aunque nos empeñamos, quizá los unicornios no vuelvan.

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