Fargo, el lugar donde nunca pasa nada

Era 1996, en una sala de cine cualquiera se apagaban las luces y, tras ver desperezarse al león de la Metro como tantas otras veces, se leía en la pantalla de fondo negro: “Esta es una historia real. Los acontecimientos narrados en este film tuvieron lugar en Minnesota en 1987. A pedido de los sobrevivientes, los nombres han sido cambiados. Por respeto a los muertos, el resto ha sido contado exactamente como ocurrió”.

Y ese negro de la pantalla desaparecía y contrastaba con el blanco de la niebla, con el blanco de la nieve con el que abría la película. La nieve que junto a la música de Carter Burwell se convertían en lo único puro a lo que aferrarse a medida que avanzaba la historia y se sucedían, una tras otra, situaciones absurdas plagadas de diálogos aún más absurdos. De esos, que dicen, se hablan en Minnesota.

Y había muertes y había sangre. Y todo se iba tiñendo de una falsa inocencia, de una torpeza irreverente.

Creo que no me di cuenta del cartel, de que esas palabras afirmaban que todo lo que iba a ver tras él era real. Aun así, volvieron a mi recuerdo nítidas casi al final de la película, cuando la protagonista, una brillante Frances McDormand, jefa de policía muy embarazada, glotona y siempre protegida del frío de Minessota con una parka quizás demasiado grande, descubría a uno de los matones deshaciéndose del cuerpo de sus víctimas en una picadora de madera.

Ese pie que asomaba desde la trituradora aún abrigado por el calcetín como el último resto íntegro de un ser humano parecía pedir ayuda a la jefa de policía o decirle adiós, Marge, hasta luego.

¿En serio esto había ocurrido?

Quizás en 1996 yo aún era muy pequeña para asimilar que algo  así podía suceder,  apenas una niña resabiada. Y la trituradora engullendo el cuerpo quedó grabada en mi memoria. Y la sangre cuajada salpicando la nieve de rojo ocupó mi imaginario durante años. Tantos, que Fargo ha estado siempre en esa lista de imprescindibles de cine que muchos rehacemos sin parar en nuestra cabeza.

Y este año, cuando para casi todos Fargo, ese pueblo perdido en Dakota del Norte, no es un pueblo sino que es sangre en la nieve, el pie en la trituradora, es ese universo que los Coen dibujaron a golpe de diálogos brillantes, muertes, frío y un humor negro que a pesar de lo tremendo de las situaciones nos aboca a la carcajada; la FX estrena una serie llamada ‘Fargo’. Una serie creada por Noah Hawley en la que los Coen están tras la producción ejecutiva.

Mi primera reacción al escuchar la noticia fue ¿Por qué? ¿Se va a parecer a la película? Seguro que es mucho peor. Ah, menos mal que los Coen están metidos en esto. Aunque… ouch, ¿por qué no en la parte artística? Pero fue ver el piloto y decidir que me quedaba en Fargo hasta que terminaran los diez capítulos de la temporada. Bueno, en Bemidji, ese pueblo perdido en Minnesota donde transcurre la mayor parte de la serie, donde todo es distinto a la película pero huele igual, sabe igual y donde es inevitable reconocer la excentricidad,  el humor negro, la frialdad, la ironía; el estilo de los Coen en la elección de cada plano, en cada gesto de los personajes, en su modo de hablar, de moverse, de ser.

Fargo
En Bemidji se beben Rusos Blancos o un pequeño homenaje a ‘El Gran Lebowski’ (Joel & Ethan Coen, 1998).

 

‘Fargo’ se aleja de la película pero consigue captar esa atmósfera que la hace tan maravillosa. Y  a partir de las similitudes crece y se convierte en otra historia digna de ser contada, de ser vista. Y disfrutada.

Si en la película de 1996 el protagonista, Jerry Lundegaard, interpretado por un genial William H. Macy, es un vendedor de coches que con un falso secuestro a su mujer quiere conseguir dinero de su suegro y acaba rodeado por una serie de crímenes que era incapaz de preveer; su equivalente en la serie, Lester Nygaard, también se ve envuelto en asesinatos que no creía posibles. Pero su inocencia es menos inocente que la de Lundegaard. Este pusilánime vendedor de seguros es de los que engañan a primera vista. Y Martin Freeman lo borda en una interpretación que recuerda al propio Macy, a los gestos y tics de Jack Lemmon. En  definitiva, a cualquier tipo tímido, cercano, ese que podría ser tu vecino de rellano pero que resulta un Maquiavelo en bruto. Un Maquiavelo al que Lorne Malvo, el malo de todo esto, no duda en sacar brillo.

Lorne Malvo es una sonrisa que acaba en dentellada. Una mente gélida como el paisaje de la serie, un lugar oscuro donde el dolor se difumina y se convierte en disfrute. Para él matar un ser humano es equiparable a bajar la basura, a comprar el pan.  Lorne Malvo podría ser Anton Chirguh asesinando con una pistola de perno cautivo para sacrificar ganado, el terrorífico Bardem de ‘No es país para viejos’.  Porque, a pesar de no haber nacido de la pluma de los Coen, Malvo es uno más en su colección de asesinos extraños y creíbles, psicópatas y magnéticos. Billy Bob Thornton con su sonrisa de medio lado, en un gesto cercano a la beatitud, con su capacidad para camuflarse entre los depredadores, va a pasar, sin duda, a la historia de los malvados televisivos.

Y en contraste con estos dos personajes, la normalidad aplastante de Molly Solverson. Gran descubrimiento el de la actriz Allison Tolman, inmensa como la policía cuerda en esa comisaría llena de inútiles, la que con su parka nos recuerda al personaje de Francis McDormand, la que sabe desde el principio quién es el culpable de todas las muertes que tienen lugar en la serie.

Y todas no son pocas.

Apoyando a Molly, en una relación que empieza contada sin grandes épicas, con sencillez y ternura, Gus, a quien da vida Colin Hanks, agente de policía del pueblo vecino a Bemidji. Un hombre que siempre quiso ser cartero para estar cerca de la gente, traerles buenas noticias, vivir con tranquilidad y esquivar, en lo posible, lo tremebundo del ser humano representado en los hechos que narra la serie. Hechos que aunque no son los que cuenta la película, antes de cada capítulo se nos asegura que: “Esta es una historia real. Los acontecimientos narrados tuvieron lugar en Minnesota en 2004. A pedido de los sobrevivientes, los nombres han sido cambiados. Por respeto a los muertos, el resto ha sido contado exactamente como ocurrió”.

Ahora, gracias a Google sabemos que nada de todo esto es verdad, que nadie tiene constancia de que sean reales esos dos matones peligrosos pero tronchantes, estúpidos pero brillantes, que pululaban por la película interpretados por Buscemi y Stormare y que tienen sus homólogos en la serie en un tarado y un sordomudo a los que dan vida A. Goldberg y W. Harvard.

Nos quedamos más tranquilos, sí. Pero…  ¿quién sabe dónde acaba la realidad, dónde empieza la ficción?

Y al final, no podemos evitar sentirnos atraídos por ese mundo fascinante donde se esconden armas en cada casa, donde una amiga cuenta a otra como si estuviera narrando la lista de la compra que estuvo saliendo con un tipo al que tras una extraña picadura, le empezaron a nacer arañas del cuello mientras follaban, donde un tipo, antes de morir, le cuenta a su asesino que no quiere ni oír hablar de Georgia porque es donde vive su ex mujer, una coreana que “le escupía mientras lo hacían”.

Un mundo donde encontrarte con el tipo equivocado en una sala de espera puede hacer que tu vida cambie por completo.


En un mes la serie estará en Canal +. Se sabe que tendrá continuidad, con una historia diferente, diferentes personajes, el mismo escenario.

Y aplaudo.

Aplaudo porque verla es disfrutar, reírse y estremecerse. Porque si te gustó la película te encantará. Porque aunque sea otra historia, el maletín que enterró Steve Buscemi, lo encuentra Oliver Platt; porque el dinero sigue pasando de mano en mano; porque dios castiga y llueven peces; porque aprenderás que el ser humano diferencia tantas tonalidades de verde para así ser capaz de esconderse en la selva de los depredadores.

Aunque en Fargo, los depredadores están por todas partes. Y es difícil despistarlos entre el blanco de la nieve.

bluebird Comunicación
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