«El arte es el encuentro de dos almas que trascienden»

Carlos Enrique Berbeglia

Carlos Enrique Berbeglia nació el 11 de marzo de 1944 en la ciudad de Villa Mercedes, provincia de San Luis, República Argentina, y reside en la ciudad de Buenos Aires. Es licenciado en Filosofía y en Ciencias Antropológicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1970). Entre sus libros de carácter filosófico-antropológico destaco ‘Vida, interpretación y sufrimiento’, de los de carácter socio-filosófico, ‘La avenida más ancha del mundo’ y de los que ha sido coordinador y autor elijo ‘Nosotros, los otros’y ‘Comprensión y tolerancia. Propuestas para una antropología argentina’. Ha publicado, entre otros, los volúmenes de cuento ‘Decálogo tercero’, ‘Margen obligado’ y ‘Anclaje en los sueños’; las novelas ‘Ventanas de acceso’ y ‘La villanía heroica’, y los poemarios .’Ráfagas de luna’, ‘Tardes en el paisaje y hombre’, ‘Fuego sin dioses’ y ‘Veladuras y pliegues’.

¿Cómo nos presentarías una cierta reseña berbegliana?

¿Por qué motivo interesan las biografías? Pareciera como si la lectura de cualquier pieza literaria, una novela, un conjunto de cuentos o poemas, una obra de teatro estuviera incompleta en nuestro conocimiento si no la acompañáramos con datos del autor, aunque escasos, que detallaran algunos aspectos de su vida sentimental, si fuera posible, e, igualmente, los hitos más importantes de su trayectoria literaria (o musical, o plástica). Por supuesto que también abundan otro tipo de biografías, como las deportivas o las políticas, pero importan, a sus lectores, de otra manera, porque también son distintos los intereses con los que las leen.

Procedo a pasar revista, desde ya parcial, de mi convivencia con la creación literaria y, entre ellas, con la poesía. Si bien leí, y mucho, desde pequeño no ocurrió lo mismo con la escritura, no fui un niño prodigio (ni un adolescente, ni un joven, ni un adulto, nunca alcancé ese rango), tanto es así que, mi primer poemario, ‘Ráfagas de luna’, lo publiqué a los 39 años. Mis primeros intentos poéticos y en prosa, datan de una adolescencia y primera juventud vulgar y silvestre y eran abominables, por suerte los destruí.

Tengo formación filosófica y antropológica y una visión muy particular de la primera, antiacadémica, y crítica de la segunda. Con lo cual quiero significar lo siguiente: el problema, la incógnita, la emoción o lo que fuere están allí, enfrente y dentro mío, dependerá de la manera como lo enfoque o lo exprese mi recurrencia a la prosa ensayística, la narrativa, el teatro o el poema para manifestarlos.

Del hecho que pueda expresarme indistintamente en cualquiera de los géneros aludidos no implica que me considere un ser privilegiado, sí, en cambio afortunado. Detesto el incienso propio y soy absolutamente incapaz de mover un incensario para otros. De allí que una de las temáticas primordiales que siempre afloran en mi obra sea la de la injusticia, la desigualdad socioeconómica, debida a los hombres, o las intelectivas y físicas congénitas debidas a los dioses o la naturaleza me enfrentan a la peor de las alternativas, no comprender en absoluto nada o, en otros momentos, comprenderlo todo, de cuanto me rodea y darme cuenta que, en ambas acepciones, sucede lo mismo, la continuidad profunda de esa incomprensión atroz y desgarrante como horizonte final de cuanta empresa iniciemos, en conjunto, los humanos, para superarla.

La otra temática que siempre aflora en mi creativa filosófico–poética es la de la verdad, siempre aludida y manoseada, y, además, temible.

Más no se me ocurre decir de mí ni creo que interese para la intelección de mi poesía, una poesía de búsqueda y des-comprometida de cuanto lugar común asfixie la belleza que debe, necesariamente, acompañarla, en su logro mi ansiedad.

¿Para qué sirve el Arte? ¿Cómo surge?

Esta pregunta tiene dos respuestas básicas posibles: una, erudita, donde para contestarla deberíamos efectuar una selección de autores y de orientaciones, recurrir, por ejemplo, a los diálogos platónicos, arribar a la estética de Hegel y las posteriores visiones socializantes del arte propias del siglo XIX, o, caso contrario, por qué no simultáneo, acercarnos a obras actuales y decisivas como la ‘Obra abierta’, de Umberto Eco y, bajo su guía, analizar las proclamas surrealistas o las consignas y prescripciones del período barroco, tal vez uno de los más racionales de la historia del arte. Francamente, me excede, los baches que dejaría serían innumerables.

Carlos Enrique Berbeglia

Queda recurrir a la preceptiva propia. Desde ella respondería comenzando por la segunda parte de tu interrogación, que, con total seguridad, vos también, como poeta, te la habrás hecho infinidad de veces: Surge de un momento anímico y de la posibilidad, técnica, de volcarlo, en el lienzo, la partitura musical, el mármol o la palabra. Sin dominio del medio expresivo las ideas restan confusas y se pierden, el «di tu palabra y rómpete», de Nietzsche, se cumple bajo esta sola condición.

En cuanto a la utilidad del arte es muy variada. La más bastarda y despreciable es cuando se lo mediatiza con fines ideológicos o económicos, cuando, por ejemplo, un cuadro impresionista se cotiza en el mismo escaparate donde luce una pulsera de diamantes.

En el arte, para mí, ocurre el encuentro de dos almas que se trascienden, uno en la obra, otro en la contemplación. Es un diálogo superador que fortalece el yo del individuo, y, a través del goce, nos aleja de una realidad asfixiante o nos hunde en ella para que termine de asfixiarnos.    

¿Podrías determinar cómo surgió la necesidad de escribir cada una de tus dos novelas?

La primera, ‘Ventanas de acceso’, es una novela para adolescentes que tuvo varias redacciones hasta la definitiva, en 1991. En ella el protagonista es un antihéroe en la realidad, que entra en contacto con un mundo fantástico donde encuentra un lugar a su medida; es una crítica, nada vedada por cierto, al momento histórico que atravesaba por aquel entonces, y me valí de ella para llevarlo a cabo. En ‘La villanía heróica’ fue la necesidad, si así querés llamarla, de enaltecer a un trío de delincuentes a los que une algo nada común en estos individuos, y es el menosprecio por cuantos no consideren la libertad como el máximo bien posible. Sin embargo, si bien roban y secuestran, para conseguir un nivel de vida que les permita gozarla al máximo, nunca vulneran la dignidad de sus víctimas, un principio moral irreductible.

¿Me equivoco si se me da por sospechar que te identificarías con Luis María Panero cuando declara: «A pesar de lo mucho que me empeño en hacer de la escritura, hasta la más mínima, una dedicatoria por ejemplo, una práctica rigurosa y sin concesiones, un ejercicio inhumano»?

Parcialmente. Lo del «ejercicio inhumano» me trae a la memoria otra práctica, esta vez anterior a cualquier quehacer de los intelectuales, la de creerse seres elegidos por los dioses, habitantes del Parnaso o pertenecientes a una especie distinta a la del común de los mortales. Una anécdota, nada divertida por cierto, abona esta afirmación, que una poeta, hace bastantes años, me rechazara, airada, un prólogo a su poemario, porque allí trataba a los poetas (y a ella, por supuesto) de trabajadores de la palabra. Desapruebo este tipo de posturas, no por falsa humildad, sino por sinceramiento con lo que somos. Sí acepto y postulo la rebeldía contra todo tipo de normas en el momento de escribir (o, incluso, de vivir), porque me permiten el vuelo hacia la compañía de la libertad, siempre en peligro de ser cercenada, muy a menudo, desgraciadamente, debido a nuestras falsas iluminaciones.   

Seas o no ajedrecista: ¿qué partida estás jugando ahora?…

Querido amigo, la cotidiana, en la cual, parafraseando el inmortal poema de Jorge Luis Borges, ignoro ya no «¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza»…  Universal aquí, sino la concatenación de causas, azares, o determinaciones propiamente mías y que vuelven mi existencia, como la de todos, dubitativa e incierta, apasionada y tensa, alegre y triste, aventurera y sosegada, pero nunca absurda.     

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