‘El séptimo sello’, conversando con la muerte sobre el sentido de la vida

El séptimo sello

Para un espectador que vea por primera vez  ‘El séptimo sello’, la aclamada obra (como tantas otras) del ya histórico director Ingmar Bergman, o que nunca haya oído hablar o indagado sobre cuestiones tan disparatadas como pueden ser a priori el sentido de la existencia o el absurdo de la vida, probablemente se queden estupefactos ante lo que se encuentren en la pantalla cuando visionen esta película. Algunos considerarán la opción de dejarla a la mitad por aparente falta de sentido, otros barajarán la alternativa de hacerse una investigación en profundidad sobre lo planteado por este “descerebrado” en la historia delante de sus pupilas. Incluso, algunos curiosos puede que, picados por el gusanillo de la certeza de saber que lo que se le está planteando ante sí supone una de las cuestiones más trascendentales que se ha debatido constantemente a lo largo de la historia de la humanidad, decidan aventurarse a descifrar esa llamativa sensación de apatía y angustia que envuelve el halo de un arrastrado caballero que vaga de vuelta a casa sin motivación alguna tras regresar apesadumbrado de las Cruzadas  en la Suecia medieval.

Ahora bien, sea cual sea la reacción producida en cada cual, es de obligada advertencia comunicar que nada de lo visto en esta película podrá dejarte indiferente, ya sea para bien alabando la osadía de su planteamiento ( y más si tenemos en cuenta la época en la que fue estrenada) o para mal considerando que este autor se ha devanado demasiado los sesos para al final dejarnos con la misma incógnita y sensación amarga con la que empezamos a estudiarla. Como veis, una cosa es segura, y es que pocas películas van a dejarte tan conmocionado como lo hace ‘El séptimo sello’ en comparación con los refritos prefabricados que nos quieren vender actualmente como revolucionarias.

La cinta constituye una de esas obras que aúnan de manera soberbia la conjunción de una narrativa rica llena de significados y simbolismos con un aspecto formal determinante para añadir la carga dramática y emocional que pretende el cineasta. Al contrario de lo que pueda pensar el espectador, no se trata ni de una historia bíblica ni basa su contenido puramente en la religión, aunque ésta se vea envuelta. La clave que se esconde detrás de esta alegoría (y que posteriormente influiría sobremanera en la filmografía de otro de los grandes de nuestro tiempo como es Woody Allen) es uno de estos temas inmortales que por más que cambien las costumbres y los tiempos en las sociedades siempre se mantendrá común a las inquietudes de cada persona. Estamos hablando, sin lugar a dudas, de la condición posmoderna del sentido de la vida y como consecuencia de la ausencia de respuesta ante tal pregunta, del absurdo de la existencia (temas ya iniciados por Kierkegaard y Schopenhauer).

Todo elemento en esta historia se dispone como soporte para entender este planteamiento filosófico que Bergman establece perspicazmente desde el primer momento de la película cuando hace que la muerte visite al caballero para reclamarlo ante la desidia de éste tras quedar horrorizado de lo vivido en las Cruzadas (podemos suponer). Se construye así una dialéctica entre ambos personajes, un juego con dos opciones pero que, como en aquella partida de ajedrez, el movimiento de las piezas solo va a posponer el inevitable final, la muerte. Ante esta inevitable certeza de la cual no es posible escapar, sólo queda preguntarse ante el sentido de la existencia, de lo vivido y lo que está por venir, lo que nos espera al otro lado de la puerta. Es curioso comprobar cómo el cura al que acude el caballero está representado también por la muerte, como aludiendo que la religión y la muerte conducen a lo mismo, esto es, a la nada (o, si se quiere, por otro lado a una “verdad” protectora) o cómo de igual manera los únicos personajes que se acaban salvando son la familia de José y María con su hijo, dejando entrever que éste sería el salvador tras la devastación sembrada por la peste como una especie de castigo divino ante los pecados cometidos por el hombre en las cruzadas.  

Con este fabuloso marco histórico de referencia, Bergman se sirve así para exponer no un suceso medieval ni bíblico, sino algo tan profundo y universal como el mismo sentido de la existencia, para plantear que significa la condición individual del yo cuando la muerte es una realidad incuestionable. Una reflexión sobre la condición humana que ya supone una obra emblemática para la historia del cine, donde al igual que con José (el comediante que se reía de la vida y que era el único que más cercana veía a la muerte) nos es revelado la paradoja de nuestra presencia, el absurdo de la existencia.

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