‘El reino’ o la Polaroid de España

'El reino'

En la película de Rodrigo Sorogoyen que se estrenó el pasado viernes 28 de septiembre, el espectador asiste a algo parecido a lo que el recientemente fallecido periodista y escritor Tom Wolfe llamaba «una novela de no ficción».

Durante las algo más de dos horas que dura la cinta, asistimos al revelado de una Polaroid que, cuando por fin decide salir de la pantalla para caer sobre nuestras conciencias, nos deja con un sudor frío y una sensación de incomprensión que los telediarios que repiten noticias machaconamente a diario han dejado —por desgracia— de transmitirnos.

El protagonismo de esta historia de política, venganza y humanidad es Manuel López-Vidal, un vicesecretario autonómico interpretado por un enorme Antonio de la Torre. López-Vidal tiene que ver como la vida que ha conocido durante los últimos años, mientras escalaba posiciones en el aparato del partido a golpe de comilonas en restaurantes de lujo, sobornos e ilegalidades, se va por el desagüe cuando un caso de corrupción —la llamada Operación Amadeus— salta a los medios de comunicación.

Desde ahí, y me cuido mucho de no decir nada más —aunque sea una historia contada mil veces por Ferreras y Ana Pastor—, comienza en la película y en nuestro estado de ánimo una vorágine de adrenalina, tensión, mucho miedo, falta de escrúpulos y caos. Sobre todo, mucho caos.

Manuel López-Vidal, un personaje en el que Antonio de la Torre se ha dejado la piel, además de algunas horas conversando con miembros del star system de la corrupción como El Bigotes, no deja de resultarnos atractivo a pesar de ser, por un lado arquetípico y, por otro, uno más de los muchos políticos corruptos que se han hecho fauna habitual en las conversaciones del ciudadano de a pie. Cuidado. No hay que confundir fauna habitual con animales domésticos. Por desgracia, si hay algún animal domesticado en esta trama, somos nosotros.

‘El reino’ se desarrolla como una tragedia griega. Sorogoyen e Isabel Peña nos muestran el auge y el declive de un aspirante a la corona. Un cargo intermedio con labia, con instinto y confianza suficientes como para que aquellos que llevan la batuta reparen en él, intercedan y hasta se preocupen por odiarle. Quizá el rasgo definitivo que divide a los segundones de las personas que están haciendo lo suficiente por ellos mismos y por sus carreras.

El espectador que termina ‘El reino’ no puede hacer más que aguantar la respiración y dejar caer la cabeza sobre el respaldo de la butaca.

Igual que después de una noche de excesos miramos el móvil y nos arrepentimos de los mensajes que mandamos y de las fotos que nos hicimos la noche anterior, el espectador que termina ‘El reino’ no puede hacer más que aguantar la respiración, dejar caer la cabeza sobre el respaldo de la butaca y consolarse de que sus acompañantes tienen que tener todos la misma mueca caliente en la cara.

‘El reino’ (una película que además de Antonio de la Torre, cuenta con un elenco de lujo: Barbara Lennie, en un reflejo cruel de la periodista Ana Pastor; Ana Wagener; Luis Zahera, que hace un papel realmente impresionante o Jose María Pou) saca lo peor de nosotros y lo pone a mirarnos a los ojos. En este sentido quedan para el recuerdo las escenas en el bar. La del cambio del camarero y la del odio al ladrón cazado con las manos en la masa. Esa sensación que se convierte en certeza: preferimos mirar a otro lado en vez de hacer catarsis con las tragedias de los demás.

El que critica a Urdangarín pero hace un sinpa, el que se queja de los fraudes académicos pero pasó la universidad en el bar… No son más que la punta del iceberg.

Antonio de la Torre en una entrevista reciente en Papel, el suplemento del diario El Mundo, aseguraba que no podría ser político porque ha robado en El Corte Inglés y ha copiado en exámenes de la carrera. Lo cuenta ante todo el mundo con la honestidad del que está tranquilo. Del que no se juega lo suficiente como para tener que mentir. Tranquilidad como la del personaje que interpreta y que no termina de perder a lo largo de la trama.

Parece mentira que una película como esta no haya estado en el top 3 de lo más visto en pantalla grande esta semana. Sobre todo habiéndose estrenado sólo un par de días antes de que diera comienzo la Fiesta del Cine que se celebró los tres primeros días de octubre. O la sociedad española no ha querido mirarse al espejo o hay algo que falla en la promoción del filme. No creo que haya otra explicación.

El Reino 2

‘El reino’ se ha convertido en la película española de ficción —¿ficción?— mejor valorada en Filmaffinity desde la ya mítica ‘Celda 2011’ de Monzón. La crítica la ha puesto por las nubes, políticos (incluidos algunos que han estado en la picota por causas de corrupción como Cristina Cifuentes) han asistido a un pase privado y han hablado maravillas y, aún así, no ha conseguido un lugar en el imaginario colectivo. En la última charla que tuve con amigos, el día después de ir al cine, sólo la conocíamos los que la habíamos visto. Es una pregunta que quizá deba hacerse Sorogoyen si quiere, como es evidente, que las magníficas obras fílmicas que hilvana causen un efecto en la sociedad.

Porque si hay algo que no puede negar el director de ‘Que Dios nos perdone’ es la voluntad de convulsionar al espectador. Que se sienta parte de este engranaje de mentirosos, jugadores y soberbios que formamos el motor de este país.

En su fantástico libro ‘CeroCeroCero’, Roberto Saviano aborda la introducción con un terrible y clarividente monólogo sobre la cultura de la cocaína que termina diciendo:

Si no son ellos, entonces es el pescadero que se luce arreglando el pez espada, o es el empleado de la gasolinera que derrama la gasolina fuera de los coches. Esnifa para sentirse joven, pero ya ni siquiera es capaz de volver a poner en su sitio la pistola de la manguera. O es el médico del seguro al que conoces desde hace años y que te hace pasar primero sin esperar turno porque en Navidad sabes qué regalarle. La consume el portero de tu edificio, pero si no la consume él entonces la está consumiendo la profesora que da clases particulares a tus hijos, el profesor de piano de tu sobrino, el sastre de la compañía de teatro a la que irás a ver esta noche, el veterinario que cura a tu gato. El alcalde con el que has ido a cenar. El constructor de la casa en la que vives, el escritor al que lees antes de dormir, la periodista a la que escucharás en el telediario. Pero si, pensándolo bien, crees que ninguna de esas personas puede esnifar cocaína, o bien eres incapaz de verlo, o mientes. O bien, sencillamente, la persona que la consume eres tú.

El verdadero espíritu de la última película de Rodrigo Sorogoyen es este: ponernos delante de lo que somos nosotros y de la sociedad —valga la inocencia de algunos— que formamos nosotros. Lo hace acudiendo a una ficción que, tantas veces, nos ha servido para conocer más de la realidad que a través de una investigación de Pulitzer.

Si no crees que hay alguien que mira para otro lado, si el chico de gafas que se sienta a tu lado en el cine nunca ha hecho nada malo, si tu amiga no ha robado una copa en una discoteca… Si el del bar de debajo de tu casa que te fía para mañana nunca ha hecho trampas con la renta, o si el padre de la novia de tu mejor amigo nunca, jamás, se ha aprovechado de cómo venía la situación para sacar provecho, aún sabiendo que haría algún mal a alguien. Si crees que ninguna de esas personas puede robar o haber robado, o bien eres incapaz de verlo o mientes. O bien, sencillamente…

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