El modo de vida punk se suelta en Madrid para recordar a un amigo

La sala Shoko Live de Madrid no parece el sitio que más pegue con la manera de ser de un punky tradicional. Ni tampoco de uno más moderno. Pero el sábado 26 de septiembre no importaba el lugar, importaba estar. Se homenajeaba a uno de los seguidores de este estilo de vida y musical. A Josete. Seguro que el nombre no le suena a casi nadie, pero sí le sonaba a muchos de los asistentes a un concierto con una propuesta muy reconocible, sobre todo por la presencia de Gatillazo, el grupo con el que Evaristo Páramos acabó reencauzando su carrera tras la disolución de La Polla Récords tras intentar otro par de proyectos por medio. Josete era un seguidor acérrimo de la escena punk española, amigo de bandas sobre todo madrileñas y estuvo en espíritu en este homenaje para él organizado por su hermana Mayte con ayuda de sus amigos.

Ya es la tercera vez que se organiza, el tercer año consecutivo que se reúnen grupos que han formado parte de la vida de Josete, que dejó la vida antes de tiempo, pero que preside esta fiesta que coincide con la época en la que celebraría su cumpleaños.

Pero Gatillazo era solo el colofón de la velada. Antes había otras dos propuestas, para calentar motores, en este minifestival llamado Punk Life & Friends, toda una declaración de intenciones. Como diría Mayte, «hemos venido aquí a divertirnos». Los ingredientes estaban listos.

Arrancaba la música en directo con el grupo 37 Hostias. El nombre lo dice todo. Se trata de un grupo con una propuesta punk que destila rabia con cada acorde que sale de sus instrumentos. Un servidor no pudo ver entera la actuación de estos madrileños que llevan décadas sobre las tablas. La actuación empezó muy pronto, con mucha gente todavía en la calle tomando las típicas cervezas de previo al concierto, y cuando al fin pude acceder al recinto de Shoko Live ya estaban sus cinco componentes dando una tralla impactante.

Sí me dio tiempo a comprobar que la actitud es uno de los puntos fuertes de este grupo, que no se deja nada en el camerino, lo expone todo en el escenario. Dos guitarras, un bajo, un batería y una cantante que calentaron al personal que ya estaba dentro, aún no muy numeroso. En las primeras filas, sin embargo, ya se producían los ‘pogos’ típicos de esta clase de conciertos.

La velocidad es su seña de identidad, algo que se puede disfrutar casi siempre que se escucha en directo a un grupo de punk español. Por momentos, parecía que alguna de las cuerdas podía sufrir un accidente, y es que tocaban tan deprisa que las daban de sí. Es cierto que el sonido (que en Shoko suele ser bueno) era un poco mejorable, porque la batería estaba un poco alta y se tragaba, en parte, a los demás. Parecía que las baquetas estaban en un concierto y los demás dispositivos en otro, pese a que la conjunción entre ambos era la adecuada, pero el sensacional aporreo de la batería era lo que predominaba en el show.

Aunque no pudieron tocar ni media hora (de ahí que comenzaran tan pronto su actuación), se les notaba muy felices de estar tocando en un concierto tan especial, con amigos viejos y nuevos que no dudaron en unirse a esta fiesta en honor de un punky que disfrutaba al máximo de estas ocasiones. Se despidieron sonrientes, pero con las prisas que demandaba una sala que no quería terminar el homenaje muy tarde.

Hace ya varios años que los asistentes a conciertos viven estas situaciones. Las salas que los acogen son locales de ocio que después reabren sus puertas para el público que no acude al directo. Quieren que su ‘sesión golfa’, de madrugada, sea lo más larga posible, y por eso necesitan desalojar pronto para sacarle rendimiento a la noche. Es normal. Pero eso provoca que los bolos deban comenzar en horario infantil y que estén limitados a una hora concreta, que suele ser las 11 de la noche, para darlos por concluidos, lo que deja, en muchas ocasiones, al respetable con ganas de más, y a los grupos también.

Había que hacer los cambios pertinentes en el escenario para que salieran Grippers al escenario lo antes posible. El sonido seguía sin ser perfecto, pero al haber una guitarra menos, sí se lograba escuchar con un poco más de nitidez. Y la propuesta no era exactamente igual que la de 37 Hostias, no tan veloz, pero también cargada de rabia y agresividad para darle motivos a los presentes para sudar al ritmo de un punk un tanto más suave, más en la onda del punk estadounidense. No en vano, cantan en inglés.

También madrileños, Grippers son un grupo nuevo, que están empezando a patearse escenarios, intentando hacerse un hueco en la escena musical, algo que no resulta nada sencillo en los tiempos que corren. Desde luego, no será por las ganas y el buen rollo que desprenden sobre las tablas.

Eran poco más de las 21.00 cuando saltaron al escenario y llamaron la atención. La voz rasgada de Mery es lo primero en lo que me fijé. Tomó el testigo de Marta (la cantante de 37 Hostias) como frontman, algo resaltable ver a dos grupos con una cantante femenina. Quizá hoy no destaque tanto, pero hace varios años no era tan habitual ver grupos de estilo punk con una mujer al mando (o al menos esa es mi percepción). Es una buena noticia que la presencia femenina gane peso en estas propuestas musicales. En otros ámbitos de la sociedad no ocurre esto con la frecuencia que debería.

Grippers, por momentos, sonaban a algo cercano a los Rancid o los NoFX, grupos clásicos del otro lado del charco que son referentes absolutos dentro del estilo de vida punk. Mezclando los ritmos endiablados con tempos más lentos, la banda iba desgranando un tema tras otro sin descanso para poder aprovechar el tiempo al máximo. Y es que tampoco pudieron superar la media hora de actuación.

El bajo de Raquel es el otro distintivo, muy audible en todo momento, marcando una base rítmica que se agradecía mucho, subrayando distancias entre lo que es un grupo punk desatado y otro que bebe más en sus influencias del rock and roll con un punto macarra. Lo mejor, lo más aconsejable, es poder disfrutar de ambas propuestas, sobre todo cuando se les ve disfrutar en el escenario. Cuando se transmite eso, es difícil que el público quede descontento.

Al acabar Grippers, Shoko ya iba cogiendo ambiente. En la puerta había todavía mucha gente entrando, y es que si había un reclamo, ese era claramente Gatillazo. Pero antes de eso, Mayte, la hermana de Josete, quiso subir al escenario para agradecer a todos su presencia allí, grupos, amigos, público en general. Tuvo unas emotivas palabras para su hermano, y también para sus padres, presentes en el evento. Su deseo, poder organizar el homenaje más veces, con las dificultades que eso conlleva, a la hora de poder tener grupos que toquen, una sala donde hacerlo y una buena respuesta de público para que económicamente sea viable.

Cuando Evaristo y compañía tomaron el relevo, ya cerca de las 22.00, la sala estaba repleta de gente. Y muy motivada. Si hay un personaje reconocible dentro del punk español, ese es Evaristo, no cabe duda. Desde los años 80 lleva sumando adeptos a su filosofía de vida, plasmada en unas letras totalmente alejadas de lo políticamente correcto.

Viendo la sociedad en la que vivimos, parece muy acertado ambientar el inicio del concierto con la música de ‘El Padrino’. Las conductas mafiosas están a la orden del día, vivimos rodeados de ellas. Y en cuanto los protagonistas tomaron el mando, lo hicieron clamando por el fuego, todo arde, empezando por el patrón, que esclaviza a los trabajadores, y así hay que explicárselo al ‘Sr. Juez’, el título del primer tema.

Había que sacarle partido al bolo, así que casi no había tiempo para respirar. Empezaron a caer temas sin parar, mientras el público estaba incendiado, bailando y brincando como si les fuera la vida en ello, aprovechando el ritmo acelerado de casi todas las composiciones que Gatillazo fueron desgranando. Lo que viene siendo un concierto punk, pero con mayúsculas.

Muchas referencias a Euskadi, no podía ser de otra manera, es la procedencia del grupo. Muy divertida la referencia que se hace en ‘Gora Mari’, donde se mezclan el inglés, el castellano y el euskera para hablar de tópicos. El grupo entronca con lo vasco para hacer pensar en qué es en realidad el terrorismo, si solo lo que nos dicen en la televisión o también las prácticas de la clase política, que consiente niveles de desigualdad impropios de un país que se dice democrático y avanzado. Un país donde quien paga todos los platos es la clase obrera, cada vez más castigada. Eso también es violencia, aplicada también provocando que la ignorancia sea lo común, mucho mejor eso que la inteligencia. Ese arma, entre el pueblo, sería demasiado poderosa.

Gatillazo reivindica que el siglo XXI funciona como el XVIII, así lo dicen en ‘Bla-bla-bar’, la sociedad no evoluciona. Y por eso hay que contrarrestar a la violencia recibida con más violencia, hay que odiar y aniquilar al que te aplica su violencia. Es lo que reflejan en ‘Mucha muerte’. El estribillo es diáfano: «Nuestra vida es la muerte, los que van a morir te saludan y se cagan en tu puta madre».

Esto es el punk de toda la vida: responder a los golpes con más golpes. Por eso, la policía suele ser blanco de las letras de grupos como este. Como en ‘Tortura’, «la democracia no tortura», se dice irónicamente en ese tema, o en ‘Otra canción para la policía’. Ese arma es la utilizada por el sistema para reprimir a los que tienen cosas distintas que decir, a los que no quieren callarse ante los abusos de la monarquía parlamentaria que tenemos en España.

Evaristo no para de hacer poses. Es un provocador nato, un elemento irreverente que clama ante las injusticias que el sistema produce. No hace falta encender la televisión para verlo, de hecho en la ‘caja tonta’ procuran que no se vean mucho, no sea que mucha gente se dé cuenta de lo que pasa y decida tomar la iniciativa. Pero este cantante inconfundible también lo hace con humor, con letras que pueden ser muy hirientes contra las instituciones, pero que suelen tener un punto hilarante, como ‘Es el odio (ignorancia)’, lo que nos inoculan para que nos matemos entre los «pobres», o también ‘Nº1 en USA’, acordándose también del imperio occidental, que no duda en decir a los cuatro vientos «soy el puto amo». Este humor es algo defendible por todos aquellos que se fueron a París a decir «Je Suis Charlie» (allí estaban Mariano Rajoy, Benjamin Netanyahu o François Hollande, entre otros). Sin embargo, a ellos no les hace tanta gracia que haya grupos como Gatillazo en el panorama.

Pero aquí, sobre todo, la gente había venido a divertirse, como había reclamado Mayte antes del concierto, haciéndole un guiño al grupo antes de que saliera a tocar. ‘Hemos venido a divertirnos’, la canción que abre el último disco publicado por Gatillazo (Siglo XXI, 2013) fue otro punto álgido, mientras Evaristo, a sus 55 años, no fallaba una canción, apenas se tomaba descansos, pero aguantaba como si tuviera 20 años menos. La comunión con el público era máxima, y se notaba en la temperatura que había alcanzado Shoko, mucho más alta que la de la calle.

Esto no había terminado, no. Había que seguir señalando a los demócratas que en realidad son ultraderechistas, que desprecian la cultura y que reafirman los valores católicos en la educación, como si tuviera que ser Dios quien velara por nuestro bienestar. Y sin embargo, en esta sociedad católica, la violencia de género es una lacra que no se elimina. Algo estará fallando en la educación si eso sigue ocurriendo. La televisión reproduce toda la violencia que hay, otro ejemplo es la de las matanzas que ocurren en escuelas e institutos, más en Estados Unidos (o eso parece que nos cuentan), y al final vemos que hay individuos que no despiertan, sino que reproducen lo que ven en ese electrodoméstico.

El capitalismo se perpetúa, desde hace ya demasiado, y eso es lo que está provocando este caos de violencia y desigualdad, así lo canta Evaristo en ‘El caos perfecto’. Un sistema vicioso, donde no se imparte justicia, unos delincuentes son premiados con cargos muy bien pagados, otros no tienen escapatoria, y hay gente que elige el suicidio porque no ve otra salida, nadie se la abre. La sociedad funciona queriendo triunfar. Por eso muchos quieren ser ‘Pijos Powers’ y poder pasarle a los demás por los morros sus triunfos, en forma de mansiones o coches de lujo.

Otro elemento que no podía faltar es alguna canción de La Polla Records. Grupo referente de lo que ha sido el punk español de los 80. Evaristo dio la pista al decir «una para los veteranos del Vietnam», para los no tan jóvenes que estaban en la sala, que también los había, y no en cantidad pequeña. Cayó ‘Los 7 enanitos’ ante el alboroto general. La temática en ese momento del concierto era la situación laboral. Los obreros deben resistir en sus vidas con salarios miserables con los que se supone que deben tener hijos, cumplir con sus deberes hipotecarios, pagar todas las facturas y, además, consumir para que la economía del país vaya bien.

Con otro clásico de La Polla Records como ‘Txus’ parecía acabarse el concierto, en la sala llegaron a poner música cuando terminó esa canción, señal de que la hora de marcharse había llegado. Sin embargo, lograron volver al escenario para hacer un bis con unos pocos temas más. Ahondaron en la vida de los obreros con la gran ‘Esclavos del Siglo XXI’, como si las cosas apenas hubieran cambiado desde que se abolió la esclavitud.

El espectáculo se estaba terminando, ya advertía Evaristo que había que dar paso a la «juventud moderna» en el garito, pero todavía quedaba algún momento para señalar a los culpables de la crisis, los banqueros protegidos, que cayera la jota de ‘$$eguratas blindao$$’ y cerrar con otro clásico ochentero que no necesita presentación ni explicación: ‘Odio a los partidos’. Así es como Gatillazo ponía fin a su actuación, mientras el público coreaba «Madrid será la tumba del fascismo».

Ya eran casi las 23.30 y tocaba desalojar la sala Shoko, tras tres horas en que se puso de manifiesto el modo de vida punky, entre amigos que habían ido a divertirse y que tenían en mente a uno de los suyos de toda la vida. A Josete.

Fotografía: Guillegs © 

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