El hambre de Panem

El hambre de PanemLa tragedia en nuestros días parece haber quedado relegada a simples citas cinematográficas, además de los espacios informativos, claro. La historia de “Los Juegos del Hambre” es un hermoso ejemplo de literatura de mitología social, pero sin dioses. Hablo, evidentemente, de la versión animada. ¿Quién tiene tiempo de leerse el libro? ¿Quién se leyó las 1146 páginas del Señor de los Anillos, o las 180 de Soy Leyenda – desgraciadamente llamada ‘El último hombre sobre la tierra’?  Además, el cine también tiene parte de culpa.

Será el uso de la palabra ‘tragedia’, por parte del repertorio de bufonadas que el gran Tucci expone tan maravillosamente, como un adjetivo de la vida de la heroína. Será el trono de hierro que ostenta la televisión, como si esta tuviera algo que ver con “El nacimiento de la tragedia”. Son cosas que resultan un poco chocantes, ya que nos encontramos ante una versión del mito de Teseo y el Minotauro, rodeada de la aureola de un imperio romano propio de la Cienciología, en el que la religión ha sido sustituida por la moda. ¿Entendemos este chiste, de refinada catadura intelectual? ¿Somos capaces de distinguir entre el simple drama, y la auténtica tragedia?

Como ya he dicho, yo no he abierto el libro. Yo no he pasado las páginas hasta casi arrugarlas, no he perdido la conciencia de mi identidad fundiéndome con la protagonista, no he viajado a otro mundo. Pero puede que a ti, que incluso puedes pagar un libro nuevo, te interese saber cuándo una historia huele a la materia de la que se hacen los sueños o cuando la dibujan en tu fantasía. Al fin y al cabo, todas formamos parte de lo que algunas llaman el destino trágico de la vida.

El héroe trágico no se caracteriza, como dicen las modernas, en su lucha contra el destino ni tampoco por el sufrimiento recibido. “Antes bien, se precipita a su desgracia ciego y con la cabeza tapada: y el desconsolado pero noble gesto con que se detiene ante ese mundo de espanto que acaba de conocer, se clava como una espina en nuestra alma.” Si alguien todavía no sabe cuál es ese mundo tan terrible, tan pesimista como para acongojar un corazón, puede mirar por la ventana y ver la irracionalidad presente en la vida: como si un dios caprichoso ordenase el dolor y el placer del mundo, como si la muerte viniera a nuestro encuentro y no al revés.

Pero el nacimiento de las siamesas Drama y Humor le costó la vida a su madre. La dialéctica socrática, que sirvió como partera, distinguió a cada una y las educó por separado. A partir de entonces, el mito, la música que hablaba de creaciones divinas, fue conceptualizado, sometido a la Razón, hasta el extremo que, si no puede haber una idea clara de ello, no puede ser verdad. La magia del teatro, que absorbía al público enfervorecido, se transformó en una mera presentación de ilusiones razonadas, de obligada lectura y aceptación.

¿Cómo podremos entrar en la piel de la protagonista, si no compartimos su vida? ¿Cómo podremos sentir el terror al ser elegida para el sacrificio, si detrás del asta del minotauro sabemos que no hay dioses, sino una mano humana pulsando un botón? El sacrificio, tan suicida que alcanza la categoría de la demencia, es algo gratuito – alimentar al dios sin esperar nada a cambio– y pretende algo más irracional todavía: congraciarse con el Sol, fertilizar los campos, adivinar el futuro. ¿Es Capitolio, capital de Panem, suficientemente divino – que no divine – para ser tan irracional?

La dialéctica, el arte de las palabras, que adora la causa-efecto, exige un mínimo pero necesario preludio: todo es comprensible. Así nos inmuniza ante lo trágico, todo puede explicarse por decisiones racionales ya que todo se comporta racionalmente; si en algún momento, hay algún error o desgracia, se tratará de un fallo del cálculo de la realidad – de la máquina que la controla –, no de un acto provocado por un dios u otra irracionalidad, como la pasión. Así se presentan una serie de imágenes, a través de personajes y escenarios, cargadas de virtudes que descifran los pasos del futuro, gracias a su astucia, a medida que se dan.

Pero si queremos mirar detrás de estas imágenes, de estas proyecciones de cálculo, puede que, a pesar de existir una wiki propia, haya un oscuro vacío, una ausencia de respuestas ante las preguntas que animan a todo personaje a la existencia, el intento de racionalizar lo irracional. Y no puede haberlo porque en la fundación de Panem, no hay nada irracional. Después de aceptar que lo racional abarca todo lo humano, desde el arte a la política, el mundo de Panem se ve como una consecuencia lógica de su lógico pasado, con algún pequeño error de cálculo. El apocalipsis previo, el tributo inhumano de 75 años de antigüedad, las categorías sociales del régimen, es una realidad creada por personas, humanas, racionales.

No esperéis ver una lucha de la razón contra lo insensato. El único enemigo es la injusticia, no el orden jerárquico que define lo justo, y concretamente la personal, como recuerdan constantemente. ¿Está la protagonista viviendo una auténtica locura, un pulso contra la naturaleza divina e irracional que intenta destruirla, como Teseo adentrándose en el laberinto con una espada y un carrete de hilo? Dejadme responder, viendo a Carmen empuñar una pata de jamón.

La tragedia, la griega, tal y como la vio un joven y rabioso Nietzsche, es representar el mundo. Y por ello, exige al mito y a la leyenda que participen en su representación. Si en Atenas, el público y el coro recibían a Dioniso con el mismo ditirambo, nosotras vestimos a Carmen de Medea por una noche. El drama, en su lugar, se define por el acierto o fracaso de sus personajes, a la espera de un final no muy misterioso, en una relación necesaria de culpa y castigo, virtud y felicidad, para evitar reflexionar durante la película.

El arte, como arriesga el autor alemán, justifica la existencia como un placer estético, cuyo principal oponente es el dolor: Apolo y Dioniso en un inhumano baile con disonancia musical. La mitología literaria que ha resultado es una reproducción de aspectos vitales, que se contraponen a la naturaleza sin ley, a los designios de los dioses, a lo inevitable. La tragedia enseña el horrendo camino hacia el destino y el héroe continúa con su gesto noble, porque sabe que al final, y solo al final, está la muerte.

No es de extrañar que Katniss Everdeen no se arranque los ojos, por toda la maldad y crueldad presenciada, como hizo Edipo, tras comprender que había sido el portador del dolor a su mundo. Los preciosos ojos azules de la chica en llamas no son lo que está mal en Panem, parece ser. Como si nosotras no formáramos parte de lo que vemos.

¿Se equivocaría la Esfinge cuando reveló su futuro a Edipo?

La ilustración es de Frikarte.com 

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