‘El funeral de Lolita’, valiente y brillante

El funeral de Lolita

Siempre ha habido algo narrativo en su poesía y aquí hay mucho lirismo. Y mucha verdad.

La última vez que miré su rostro sin enfadarme podría ser aquel día de mayo en el que me dijo que iba a escribir nuestra historia para que el mundo pudiera recordarnos siempre.

Qué idiota sería obligar al mundo a recordarnos si ni siquiera nosotros volveríamos a mirarnos a los ojos.

El funeral de Lolita’ (Lumen) es la primera novela de Luna Miguel. Uno de esos libros que —si no eres una persona maniática con la pulcritud en la lectura— acaban manoseados, subrayados, doblados…

Vividos.

Eso es.

Hay mucha vida en él, aunque arranque en la muerte.

«No sé ni siquiera si estás viva, pero tenía que decírtelo: Roberto ha fallecido esta mañana», dice el mensaje de Rocío, una antigua compañera de instituto, y el corazón de Helena da un vuelco.

Helena nos pone frente a su pasado y su presente, cuando ya tiene un pie en el futuro, dejándonos sin aliento.

—¿Le haces esto a tu mujer? ¿Le haces tanto daño como a mí?
—No te hago daño.
—Cada cual mata lo que ama.

Por fin, Lolita toma la palabra y habla. Y siente. Grita. Come. Llora. Folla. Nos muestra cómo (de jodida) es la vida después de una adolescencia traumática, cómo se sobrevive al abuso. Nos pone en bandeja el dolor y la rabia como si fuera carne cruda. Y hace que nos miremos por dentro, que sintamos a Helena muy cercana. Quizá demasiado. Por eso, durante la lectura de ‘El funeral de Lolita’ a veces hay que parar para tomar aire. O buscarnos nudos en la melena.

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