De descubrimientos fílmicos y la concepción del arte en la actualidad

Concepción del arte en la actualidad

Sin el arte no entiendo nada.

Alguno podría considerar esta rotunda declaración como un delirio de un joven estudiante que no tiene ni voz ni la autoridad necesaria como para defender tal enunciación, que la vida aún no le ha dotado de los años de experiencia que se necesitan para atribuirse el carné de “experimentado” o “curtido” en este largo y tumultuoso camino que es la vida como para dar lecciones o concepciones de lo que debería ser, de en qué medida deberíamos intentar apreciarla y encararla, de lo que deberíamos intentar valorar, disfrutar, apreciar o amar.

La cuestión es que, más allá de cualquier factor generacional, racial o sexual, estamos permitiendo que la razón que nos distingue, la esencia que nos hace humanos, se esté consumiendo entre muros de división y odio que se están cementando cada día con más fuerza, relegando a la marginalidad y la discriminación a aquellos que aún osamos levantar la bandera de la sensibilidad, de la cultura y la razón (mientras podamos, seguiremos intentándolo).

La gran preocupación que me lleva ahora a escribir estas líneas tuvo su foco hace unos días, cuando pude observar como toda una generación de personas en las redes hacía gala de su desprecio a una serie de artistas por el simple hecho de salir a un escenario y hacer música. Se originó un rechazo por el trasfondo romántico de la composición, por el marketing que algunos decían achacar al número como parte de su éxito. Pero, mientras tanto, se ovacionaba como pionero y revolucionario una actuación de reguetón —sí, el género más denigrante y machista de la industria musical actual— dentro del avance del feminismo. Sí, vivimos en una época donde la sensibilidad musical molesta y la tachamos como pastelosa, donde prima la superficialidad del reguetón, atribuyéndole medallas de concienciación social, y donde rompemos el propósito del feminismo por el hecho de que lo defienda un hombre.  Puede que, como había dicho, solo sea un chico con la visión aún por expandir, o que sencillamente hayamos perdido los pocos valores que nos quedaban.

Pasan los días y vamos observando cómo nuestra sociedad se convierte en un reflejo caricaturizado de sí misma, un cuadro esperpéntico en el que podemos asistir a la involución de la humanidad.

La obsesión materialista, el deseo de poder y la insatisfacción que nos ha provocado la era de la televisión propiciada por una educación exigua (‘God Is in the T.V. ‘) nos han hecho alejarnos de los valores más importantes, nos han convertido en animales mecanizados.

Yo, personalmente, no entiendo nada sin el arte. Hoy sumo a mi colección otra de las películas que me permite entender la vida de otro modo, apreciarla de otro modo, valorando y creyendo (espero que no en vano) que el sentimiento y la emoción puedan redireccionar nuestro camino. Los pequeños gestos que se ocultan tras la cortina de humo que nos quieren vender y de la que mi consciencia cada vez se aleja más.

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