De Telémaco a Marías: las escritoras mediocres, ridículas, inútiles

De Telémaco a Marías: las escritoras mediocres, ridículas, inútiles

A Ellen Glasgow su agente literario le dijo: «Es usted demasiado bonita para ser novelista»; después, intentó violarla; y más tarde se quedó su dinero. «Frankenstein», dijo en algún momento el crítico literario Mario Praz, «no fue más que un reflejo pasivo de algunas de las fantasías salvajes que circulaban por el aire» (la cursiva es mía). Se supuso que ‘Jane Eyre’ había sido escrito por un hermano y una hermana: los pensamientos y emociones de los personajes estaban tan bien detallados que era imposible que lo hubiera firmado una mujer, por definición incompleta, incapaz de llegar o imitar a la psique masculina. Además, de este libro se dijo que, de haber sido escrito por un hombre, sería «una gran obra maestra», pero que habiendo sido firmado por una autora, resultaba «escandaloso y repugnante».

Eso.

Detrás de un escritor puede haber una gran escritora, pero parece que les gusta quedarse haciendo labores de secretarias o musas de sus maridos; para muestra, este artículo. El padre de Virginia Woolf dijo de George Eliot (pseudónimo masculino de Mary Anne Evan) que tenía «cierta incapacidad femenina para crear héroes verdaderamente masculinos». A Margaret Cavendish o Elisabeth Vigée-Lebrun, entre otras, directamente les negaron su autoría. Incluso, si no te andas con cuidado, puede que, si escribes, te digan que no eres tú la que escribe, sino el hombre que llevas dentro. Y eso por no hablar de las escritoras que escriben (o que no escriben; una ya no sabe qué es peor) como mujeres.

(Signifique lo que signifique escribir como una mujer).

De Telémaco a Marías: las escritoras mediocres, ridículas, inútiles ejemplo
Cómo acabar con la escritura de las mujeres, ejemplo práctico: reducir su identidad a su relación con los hombres. Musa, amante, esposa… ¿Cómo decías que se llamaba la autora?

Ella escribió eso, pero no debió hacerlo. Sí, ella lo escribió, pero no es tan bueno. Sí, ella lo escribió, pero la ayudaron. Sí, ella lo escribió y es bueno, pero fue un caso aislado: ¿qué otros grandes libros tiene? Ella era indecente y extraña; estaba loca. Ella no lo escribió: lo hizo un hombre. O, en cualquier caso, la parte masculina de su cerebro. Todo esto existe, sucede, y no es nuevo. La literatura tiene asignada un falso centro: es masculina, blanca y de clase media. ¿Qué tiene eso de universal? Las taras y tabúes de una sociedad falogocentrista —término acuñado por Jacques Derrida— no han permitido que más escritoras ingresaran por derecho propio en la historia de la literatura universal; y así, han sido cientos las humilladas, ninguneadas y despreciadas… por ser mujeres. El resultado es una historia con grandes vacíos en el que las literatas son una vergonzante minoría. Joanna Russ escribió un ensayo titulado, precisamente, ‘Cómo acabar con la escritura de las mujeres’. Aunque se publicó en 1983, es un texto perfectamente vigente. Y ahora disfrutamos de él, editado por primera vez en español, gracias a Dos Bigotes y Barrett. Por si fuera poco, prologado por Jessa Crispin y traducido por la fantástica Gloria Fortún.

«Las mujeres que escriben, en su mayoría, han considerado, hasta muy recientemente, que lo hacen no como mujeres sino como escritoras. Tales mujeres declaran que la diferencia sexual no significa nada, que no hay diferencia atribuible entre escritura masculina y femenina», decía Hèlene Cixous. Sin embargo, se tilda de «aficionadas» (o de «escritoras menores») a firmas como Emily Dickinson: una escritora singular, desintegrada, sin madres, sin hijas, sin tradición. Críticos como Jonathan Franze calibran a escritoras como Edith Wharton por su belleza física. A una escritora, hoy día, es totalmente normal que se le pregunte cómo compatibiliza trabajo y maternidad. Y si una escritora recibe un elogio, éste se circunscribe a las virtudes femeninas convencionales: es sensible, íntima, maternal, (hetero)sexualmente madura e, incluso, influida por otros referentes masculinos («Ya sabes quién es su padre», dijeron dos hombres hablando de Ursula K. Le Guin). Dicho en román paladino: en cuestión cultural seguimos siendo lunas, satélites que reflejan otras luces más potentes en un sistema heliocéntrico.  Nuestras experiencias siempre son menos amplias, menos representativas, menos importantes… que las masculinas. Javier Marías opinó que Gloria Fuertes —muy querida en esta revista, por otro lado—no era tan buena, y que ahora a cualquier artista mujer se la valora más por el simple hecho de serlo. «Lo que no es cierto […] es que cualquier mujer […] sea por fuerza genial, como se pretende ahora”. “Es más, [esto] me lleva a desconfiar de las reivindicaciones y redescubrimientos feministas de hoy, que acabarán por hacerle más daño que beneficio al arte hecho por mujeres”. Para homenajear a Russ, podríamos actualizar su ensayo entre todas con las diatribas que se gastan los finos críticos de hoy en día.

Joanna Russ
En ‘Cómo acabar con la escritura de las mujeres’, la novelista y ensayista Joanna Russ expone las estrategias que la sociedad utiliza para ignorar, condenar o menospreciar a las mujeres que producen literatura.

Si ahondáramos en razas, géneros y sexualidades descubriríamos que la hegemonía blanca determina qué es bueno y qué no, y que castiga a todo aquel segmento que no cumpla con sus expectativas con la invisibilización de su influencia. La cultura literaria, en fin, sigue aún hoy dominada por un segmento de la población. Los críticos están comprometidos con el mantenimiento de este sistema; pero Russ señala muy acertadamente que las mujeres, cada vez más conscientes del poder que están adquiriendo, también son susceptibles de reafirmarse en su clase y género y convertirse en silenciadoras de otras firmas siempre que pertenezcan a otros colectivos respecto a los cuales ostenten privilegios. Negar esto sería no querer ver la realidad.

Si en ‘Mujeres y poder’ la potente Mary Beard seguía los mecanismos existentes desde la Roma antigua para excluir a las mujeres del poder (desde la orden de Telémaco a Penélope: «Calla, mujer: el relato está al cuidado de los hombres…»), aquí Joanna Russ toma el relevo para explicarnos por qué, a lo largo de los años, las mujeres han sido consideradas escritoras de segunda dentro de la literatura en inglés. El eje central del libro descansa en esta premisa: si bien nunca ha existido una prohibición expresa hacia la mujer que nos excluyera de la literatura, otras prohibiciones sutiles e informales han sido igualmente poderosas a la hora de vetarnos del selecto club del éxito. Por ejemplo, la escasez de medios económicos (¿qué escritora podría destinar sus ahorros a comprar papel o tinta?), la falta de tiempo libre (Sylvia Plath o Marie Curie llevaban sus casas y respectivas cargas familiares) o la imposibilidad de acceder a la academia (en España, por ejemplo, las mujeres no pudieron cursar estudios superiores hasta 1910), grandes escollos que a los hombres no les afectaba, teniendo en cuenta que el trabajo, la esfera pública y el poder han sido, siempre y por definición, masculinos; que lo intrascendente, lo doméstico, la crianza, quedaban reservados a la mujer. Otras voces se han dedicado a contaminar la autoría de grandes escritoras divulgando la idea de que la autora es inadecuada, grosera, histérica. Para que nos volvamos locas, si es que no lo estamos ya, «las mujeres no solo tienen que vestirse [para resultar] atractivas a los hombres; tienen que escribir también con el mismo propósito». Y ser juzgadas con criterios eróticos si se dedican a la crítica o a cualquier actividad intelectual.

Cubierta de 'Cómo acabar con la escritura de las mujeres'

Aceptar que existe una “literatura femenina” con sus posibles etiquetas (afectiva, íntima, menor, intrascendente… y sobre todo emocional) contribuye a alimentar el mito de que la mujer es complementaria al hombre, que no puede tener una tradición propia e incomparable, fuera de un concepto especular que la esté ponderando permanentemente, y en paralelo, con él. Escribir como mujer no es manejar “temas de mujeres” (cualesquiera que estos sean, si es que existen) o narrar desde el punto de vista de una mujer, sino desafiar al poder establecido. «Al escribir, desde y hacia la mujer, y aceptando el desafío del discurso regido por el falo, la mujer asentará a la mujer en un lugar distinto de aquel reservado para ella […], es decir, el silencio», decía Cixous en ‘La risa de la medusa’ (la cursiva es mía). Cómo acabar con la escritura de las mujeres

Si hay que destacar uno de los libros más interesantes del año, reseñamos esta investigación notablemente exhaustiva sobre la eliminación y disuasión de la escritura de las mujeres que han persistido un siglo y medio. «Privadas de una tradición, acusadas de todo tipo de cosas, de ser indecentes, ridículas, indignas de ser amadas, de miseria, de locura y (posteriormente) de suicidio, criticadas por ser femeninas, criticadas por no ser femeninas, trabajando con las experiencias equivocadas si sus temas son calificados de femeninos, elitistas o una imitación si no lo son, condenadas en cualquier caso a ser de segunda categoría o (en el mejor de los casos) a ser anomalías, aun así, las mujeres siguen escribiendo». Afortunadamente.

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