De Orson Welles a Peter Jackson: Condicionantes de una nueva realidad

'Forgotten Silver', un falso documental de Peter Jackson

No es la primera vez que se repite en la historia de la humanidad. Ya fueron muchos los que, fascinados y aterrados bajo el mensaje catastrófico de Orson Welles se llevaron las manos (y todo aquello cuanto pudieron) a la cabeza y, rozando un ataque de pánico, se vieron empujados a abandonar las ciudades huyendo de un peligro ficticio que el programa de radio  ‘La guerra de los mundos’ auguraba a los oyentes allá por el 30 de octubre de 1938.

Tal como se expresaban los acontecimientos y el hilo narrativo de la cuestión, parecía imposible despegar la atención e ignorar la verosimilitud de lo que estaba retransmitiendo la locución, aun cuando se había informado previamente en varias ocasiones del corte ficcional del programa. No obstante, y pese a estas advertencias, el mensaje caló entre la población y la histeria colectiva propició uno de los grandes acontecimientos en la historia de los medios de comunicación de masas. Las consecuencias y las reacciones a raíz de la revelación de lo ocurrido no tardaron en llegar y las movilizaciones demandando una explicación forzaron al director Orson Welles a pedir disculpas públicamente. Ese día se trazó un punto de inflexión en la relevancia y la poderosa influencia que los medios poseían sobre la realidad, un nuevo espacio definido intencionalmente del que no hemos aprendido aún a separarnos y a analizarlo desde una perspectiva externa.

Ya sucedió entonces, y hoy esta experiencia nos es familiar tras conocer el caso de la construcción del falso documental ‘Forgotten Silver’, realizado por Peter Jackson y Costa Botes en 1995. A diferencia del caso ya mencionado, esta vez la emisión de la cinta no generó espanto y preocupación ni la propagación de un apocalipsis inminente, sino la admiración y el reconocimiento más profundo que un simple joven lleno de sueños y aspiraciones —como todos nosotros, y quizá por ese desarrollo tan humano del personaje tuvo una acogida tan cercana— puede llegar a despertar entre el público. Quizá fue una broma de mal gusto, o quizá simplemente una obra maestra decidida a jugar con las concepciones preestablecidas que tenían los espectadores sobre la historia del cine. Controversias aparte, no podemos hacer más que quitarnos el sombrero ante la pericia y la capacidad de crear un personaje tan redondo y cercano como el que Colin McKenzie encarnaba en la historia. Y es que posiblemente sea su evolución —más allá de todo el brillante trabajo llevado a cabo por el equipo recopilando información histórica, documentos y archivos a modo de apoyo como aval de fiabilidad— y su devenir sentimental lo que despertó una empatía tan profunda en el interior de la gente, incapaces de no establecer una conexión inmediata con el joven cineasta, que les obligaba a pensar que todo aquello parecía ser real, tenía que serlo. Incluso reputados expertos de la industria como Sam Neill se significaban acerca del mítico neozelandés. ¿Cómo podía no ser cierto?

Colin despertaba entre los espectadores las mismas aspiraciones artísticas, los mismos sueños casi poéticos, los anhelos frustrados, los amores luchados y perdidos. Sentados ante la pantalla podíamos visionar no sólo el nacimiento tardío de uno de los grandes pioneros del cine que nada tenía que envidiar a los hermanos Lumiere o W. Griffith, sino toda una historia de amor, un descenso a los infiernos y la reconversión de un hombre incansable. Habíamos conocido la figura de un personaje heroico perdido en los archivos de la historia. Igual que nos sumergimos, nos vimos arrancados repentinamente de esa realidad dominados por la frustración y la lástima de lo que no pudo ser. Un género había sido reinventado y, al menos, aunque no hayamos aprendido a explotar la burbuja y distanciarnos, este es el crédito que debemos concederle a los creadores, ya que, al fin y al cabo, el arte debe ser potenciado.

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Estudiante a tiempo parcial y artista renegado. Sólo un chico de la calle que vive su canción. En el cine y la música se plasma mi vida, mientras yo intento darle un sentido a través de estos párrafos vacíos, o no, eso lo decidirán ustedes.

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