David Trueba lo ha vuelto a hacer en ‘Tierra de campos’

No soy objetiva cuando de David Trueba se trata.

No creo que tenga que serlo.

Coincidió que empecé a leer ‘Tierra de campos’ el día que un amigo me dijo que nadie escribe mejor que nadie. Y yo le respondí: «Ya, claro, pero David Trueba escribe mejor que cualquiera».

En este sentido, no me queda más remedio que darle la razón a la crítica de Agustin Trapenard, de Le Magazine Littéraire, recogida en la contraportada de la obra, que dice: «Una chispa y un virtuosismo que harán palidecer a más de un narrador».

Y, para muestra, un pequeño botón, el del arranque de la novela:

Todos conocemos el final. Y el final no es feliz. Es curioso este cuento, porque sabemos el desenlace pero ignoramos el aurgumento. Somos visionarios y ciegos al mismo tiempo. Sabios y estúpidos. De ahí nace ese malestar que todos compartimos, esa sospecha que nos hace llorar en un día gris, desvelarnos a medianoche o inquietarnos si la espera de un ser querido se alarga. De ahí nace la crueldad y la bondad inesperada de los seres humanos.

Hace un poco más de dos años celebraba, emocionada, el regreso de Trueba a las librerías con ‘Blitz’, una obra que, de alguna manera, reflejaba cómo, con el paso del tiempo, nos transformamos a golpe de pérdidas. Es inevitable, supongo, y el precio de estar vivo.

Es una constante en las novelas de David Trueba. Creces y pierdes. O pierdes y creces. Aún no lo tengo claro. Desde esa ‘Cuatro amigos’, que significa tanto para mí —tanto— que todavía no he sido capaz de escribir sobre ella. Y nunca lo haré. Un libro que me robó el corazón y parte de esa juventud que ya entonces empezaba a escurrírseme entre los dedos.

Porque hay belleza en ese camino, en ese momento de descontrol que supone sobrevivir a un naufragio vital y sentimental.

Aquí, en este ‘Tierra de campos’, hay mucho de eso. De echar la vista atrás cuando muere el padre, dejando morir, de alguna manera, al niño que todavía somos. A ese niño que vivía en un callejón sin salida. Ese niño que estudiaba en un colegio religioso, tan conservador como aburrido. Ese niño que soñaba con escapar de tanta mediocridad. Ese niño con el que es imposible no empatizar. Por derecho y vivencias propias. 

Nosotros somos gente normal. Ésa era la absurda definición que mi padre hacía de nosotros. Luché contra ello, con el deseo callado de ser normal, de ser alguien especial. Pero nunca pude sacudirme de encima ese estigma, el de ser normal.  

Ese niño que encontró una guitarra y después los amigos adecuados. La amistad es otra constante en los libros de Trueba, porque es aún mejor que casi todo, aunque se llene de nada cuando esos amigos se van demasiado pronto. Aunque siempre sea demasiado pronto para soportar algunas cosas.

Las hermanas de Gus, acomodadas a mi lado, contuvieron las lágrimas cuando volvimos a cruzar la mirada. Te quería mucho, dijo una. Asentí con la cabeza. Siempre estuvo enamorado de ti, se atrevió a decir la otra. Apoyé la espalda tensa contra el respaldo de la silla. ¿Enamorado?, no sé. Yo creo que era otra cosa. Aún mejor.

Aún mejor.

Siempre Gus, siempre un recuerdo que le incluía, algo que me sucedía y me obligaba a pensar qué habría dicho él o cuánto habría disfrutado yo si hubiera podido contárselo con detalle.

Siempre.

Y de allí, de ese «destino de niñez que estalla por todas partes» (como diría Claudio Rodríguez), de esa juventud, repleta de ganancias y pérdidas, hasta la madurez. Hasta la llegada de los propios hijos que nos hacen volver a empezar.

No se te ocurra hacerte mayor, eso es lo que le digo a mi hija Maya todos los días a la puerta del colegio. Por más que te insistan, no se te ocurra hacerte mayor.

Porque hacerse mayor, perder amores y amigos por el camino, despedirte de tus padres, abandonar los sueños… Nada de eso tiene sentido. Hacerse mayor no tiene sentido. El único quizá sea que te insistieron, te hiciste mayor y empezaste a comprender las novelas de Trueba. Y eso es mucho.

Gracias, David. Gracias.

bluebird Comunicación
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