Cincuenta sombras oscurísimas

Me tengo que confesar sin pudor alguno enganchado al culebrón erótico-festivo de la señora James. Sí, sin pudor alguno. No me cuesta ningún esfuerzo acudir raudo al olor de la basura como las moscas. Sacrifiqué la maravillosa experiencia de presenciar ‘Batman: La LEGO Película’ por seguir contemplando las maravillosas sombras del señor Grey, y sin dolor alguno pagué la entrada del cine, repleto de parejas mucho menos acaudaladas, y con los más listos situados estratégicamente en las esquinas de la sala, por si se terciaba recrear alguna escena del metraje, que nunca se sabe. Yo soy más de posicionarme en el centro, como Albert Rivera.

Hay una cosa que siempre le digo a mi pareja cuando vamos al cine, y es que yo si pago una entrada de cine es por ver los tráilers. Los adoro. Y verdaderamente fue la más grata experiencia de la tarde. ¡Qué maravilla visual debe ser ‘La Gran Muralla’! ¡Qué bien queda en cámara el capullo de Pedro Pascal! ¡Qué bien distingo a Mark Wahlberg de Matt Damon! ¡Qué pocos tráilers pusieron! Las 50 sombras comenzaron un poco alborotadas, así como a saco, tan lejos de la paz con la que empezaba su antecesora, con esos acordes de piano tan elegantes y distantes del huracán testosterónico de Christian Grey haciendo footing por Seattle. Si algo rescató del lodo a la primera entrega de esta ignominiosa saga, aparte de la elegante y agradable fotografía, fue su fabulosa banda sonora. Pero aquí ni por esas.

Lo cierto es que jamás imaginé que un título hiciera tal honor a una película. Piénsenlo. ‘Cincuenta sombras más oscuras’. Y no lo es porque la estética de la cinta haya variado, que también, pero a peor, ni porque el departamento de fotografía decidiera incluir tonalidades más negras, grises, tenues o elegantes ni nada parecido. Qué va. Las sombras que opacaban cualquier luz que pudiera tener la primera película (que, créanme, las tenía) son aquí muchas más y mucho más oscuras. Un diez, un fantástico diez en este aspecto. Cumple lo que promete, y con creces.

La segunda entrega de la saga que nos cuenta la trepidantísima historia de amor entre la muchacha con menos sangre de la historia de la literatura, con permiso de su homóloga clónica de la saga ‘Crepúsculo’, y el machirulo asquerosamente millonario de perfil psicópata de Christian Grey no es sino un constante trasiego de escenas absurdas y situaciones irrisorias, con la estelar aparición de personajes que aportan nada y menos al transcurso de la trama más monótona que recuerdo haber presenciado jamás en una sala de cine. ¡Qué manera de desperdiciar a Kim Basinger, dios bendito! Quiero pensar que estos figurantes de tres o cuatro frases en el guión tendrán un peso mucho mayor en una apoteósica tercera parte, donde tendremos algún tipo de VARIEDAD EN ALGO relacionado con la trama. Me confieso enganchadísimo, pero qué soberano sopor. Todo el metraje se resume en la preocupación por el tormentoso pasado del archimillonario psicópata de su novio por parte de la protagonista, la manipulación constante a la que este la somete a golpe de cheque en blanco y arrogancia clasista, el desenfrenado sexo que mantienen después, y la incesante repetición de estos tres patrones en bucle ad eternum.

Resulta verdaderamente escalofriante analizar el nada velado regusto machista de la trama, donde tenemos a un “novio” machito que no tolera que “otro se coma con los ojos” a su amorcete y que manipula y extorsiona a una chica que no es capaz de separarse de él a pesar de ser consciente del maltrato al que la somete, y desde luego que no estoy hablando del ámbito sexual. Ese rol de dominante y sumisa está maravillosamente bien de alcoba para dentro. Fuera de ahí, se convierte en psicopatía. Y no necesitamos precisamente más material que acentúe la dramática situación actual y haga creer a los machotes de turno que lo que está bien es ser un Christian Grey de la vida, tomar como “tuya y sólo tuya” a tu pareja y someterla a esa clase de maltrato que, me importa bien poco que no sea físico, es la antesala de actos muchísimo más graves. Me confieso enganchadísimo, pero de verdad que no entiendo por qué.

Todo en la saga ‘Cincuenta sombras’ es absurdo. Si en la primera lo era ese ridículo contrato que hacía las funciones de un personaje más, intangible e invisible, pero presente y penoso, entre otras tantas cosas, en esta continuación lo es prácticamente todo. Y sin embargo esta maldita trilogía tiene algún tipo de nicotina visual que me mantiene alerta y me hace desear con fervor presenciar su (espero) apoteósico final. Es absolutamente inexplicable. Es un mal culebrón, mal adaptado, mal llevado, mal guionizado y mal montado, pero maravillosamente adictivo, como todo buen mal culebrón. Espero con verdadera ansia el final de esta indescriptible saga cinematográfica, regodeándome como el que desea el final de un castigo que le duele confesar placentero. Será que a mí también me va en cierto modo el sadomasoquismo emocional.

bluebird Comunicación
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