Bukowski, en los suburbios más sucios de la esencia humana

En el último sorbo del último vaso de cerveza que apuras en esa noche en la que todo va jodidamente mal. En el sudor que te resbala por las sienes después de echar un polvo de esos que para lo único que sirven es para hacerte sentir más sola después. En los últimos días del mes cuando cobras el subsidio de desempleo… Decía Federico García Lorca que la poesía es el misterio que tienen todas las cosas.

Y la de Charles Bukowski es, precisamente, la que se esconde por ahí, en los suburbios más sucios de la esencia humana, en la indecencia, en los más bajos instintos sexuales, en esas pulsiones que nos igualan a todos. Bukowski es grande, porque es un mierda como tú, como yo. Y como él.

Para entender la escritura del creador del realismo sucio —ya se sabe que hay dos tipos de escritores, los que escriben sobre sí mismos y los que dicen que no— basta con pasearse por su biografía para entender muchas cosas. Y para ello nada mejor que perderse entre las páginas de ‘La senda del perdedor’, donde describe la infancia y juventud de su alter ego, un alcohólico fracasado, maltratado durante la niñez, marginado en la escuela, con un trabajo patético, nula suerte con las mujeres (cuentan las malas lenguas que Bukowski perdió la virginidad a los 23 años con una prostituta obesa de Philadelphia) y un anhelo, vivir de las letras.

Y es que en ese libro está la frase que todo proyecto de escritor debería grabarse a fuego, “así que eso era lo que querían: mentiras. Mentiras maravillosas. Eso es todo lo que necesitaban. La gente era tonta. La cosa iba a ser fácil”.

Mentiras, o verdades, maravillosas, o no, lo cierto es que Bukowski le da al lector lo que busca. En sus más de 50 títulos, entre novelas y poemarios, describe en forma de puñetazo en la cara los impulsos más bajos de nuestras ru(t)inas.

Y lo hace de manera soez y descarnada. Y a la mierda la corrección política. La moral y la ética. La verdad maravillosa es que él era así, o eso cuentan, un maldito capaz de decirle a Allen Ginsberg en un recital poético: “Todo el mundo sabe que después de ‘Aullido’ no has escrito nada que valga una mierda”.

Un maldito atormentado, pero también tremendamente inteligente, porque tras esas situaciones en las que se describe sin pudor un encuentro sexual con una prostituta desdentada, la lectura da paso a la reflexión sobre quiénes somos y, sobre todo, quiénes queremos ser. Yo, después de beberme y follarme su poesía, lo tengo claro:

“Poco importa,
Poco amor
O poca vida
No es tan malo,
Lo que cuenta
Es observar las paredes,
Yo nací para eso
Nací para robar rosas de las avenidas de la muerte”.

La imagen es de GFreihalter ©

bluebird Comunicación
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