‘Boyhood’. Vida, pura vida

‘Boyhood’ no es una película más. Desde su propia concepción, es un proyecto que aúna ambición y sencillez, ilusión por mostrar y a la vez por descubrir, pero que, sobre todo, logra conectar el cine y la vida de un modo especial, genuino, propio.

La trayectoria cinematográfica de Richard Linklater se ha caracterizado su preocupación por la política, la identidad personal, las relaciones humanas y el paso del tiempo. Películas como ‘Fast food nation’, ‘Waking life’ o la inolvidable trilogía de ‘Before’ son muestras de ello, y ‘Boyhood’ redundará en dichos leitmotivs. Su argumento puede resumirse fácilmente como una suma de momentos importantes en la vida de un chico desde los seis años hasta los 18. Sin embargo, en su última película, Linklater se atreve a ir un paso más allá: decidió rodar con el mismo equipo de actores durante 12 años para dotar de veracidad al relato. De este modo, los espectadores vemos crecer o envejecer a los protagonistas de modo natural a la par que contemplamos los cambios que afectan durante más de una década al mundo que los rodea.

El proyecto del director texano, en sus inicios, era poco menos que una especie de quimera. No sólo debía de contar con actores adultos profesionales que se comprometieran durante tan largo espacio de tiempo, sino que, además, era fundamental la selección de un niño y una niña que hicieran lo propio, con los riesgos que ello conllevaba. ¿Cómo saber si los pequeños, con el paso de los años, seguirían involucrados? Las probabilidades de fracaso eran altas, y el propio Linklater ha definido su película como “un acto de fe”.

Sin entrar en detalles concretos sobre el desarrollo de la historia, diremos que los dos papeles principales de adultos son interpretados por Ethan Hawke, quien parece haberse convertido en el actor fetiche del director, y Patricia Arquette, siempre cautivadora. Ambos ofrecen unas interpretaciones magníficas, repletas de matices y perfectamente creíbles como padres del chico protagonista y su hermana. Por otro lado, para la cuestión más peliaguda de seleccionar a los niños, el casting ha resultado ser asombrosamente acertado. No son pocas las ocasiones en las que las pobres actuaciones infantiles deslucen el producto final. Afortunadamente, este no es el caso. Tanto Ellar Coltrane, que interpreta a Mason, el chico alrededor de quien se desarrolla la historia, como Lorelei Linklater, su hermana en la ficción e hija del director norteamericano en la realidad, nos ofrecen un trabajo muy veraz y natural.

Cabe resaltar el cambio físico de ambos con los años, que ayuda al espectador a mantener una referencia temporal dentro las secuencias que se van desarrollando a lo largo del filme. Efectivamente, la vida, el tiempo, siguen su curso a través del metraje, sin que sean necesarias referencias explícitas, más allá de la evolución física de los personajes o las modificaciones de tipo social de su entorno. Así pues, aparecen varias referencias de tipo musical, televisivo, tecnológico e incluso político que sirven de apoyo para mostrar cómo el tiempo cambia no sólo a las personas, sino también sus costumbres y al mundo que las rodea.

‘Boyhood’ se vertebra a través de la vida de Mason, el chico protagonista, desde su etapa en el colegio hasta entrar en la universidad, pero a su alrededor hay otros personajes que vienen y van, que permanecen, que son olvidados, personajes que por una u otra razón marcan su camino hacia la madurez. Inolvidables los papeles de sus padres biológicos, así como ciertas situaciones en las que cualquiera puede verse identificado como las peleas entre hermanos, llegar a un colegio nuevo, decir adiós a un amigo para siempre, afrontar el dolor, descubrir el amor, la sexualidad, la búsqueda de la identidad propia o las contrariedades inherentes a la adolescencia.

A través de sus más de dos horas y media, siempre acompañadas por una banda sonora variada y perfectamente elegida para cada ocasión, Linklater consigue que la duración del metraje esté plenamente justificada debido a la variedad de situaciones, al reconocimiento de las mismas por parte de los espectadores en sus propios recuerdos, y de la sensación de estar contemplando, de verdad, el transcurrir de una vida. Tanto es así que, al terminar, deja con ganas de seguir adelante, de acompañar a los protagonistas en su trayecto y saber qué les va a ocurrir.

Emotiva pero en ningún momento maniquea ni efectista, es capaz de llegar al corazón del espectador gracias a su naturalidad y sencillez, a través de unos personajes complejos, con sus virtudes y sus errores, llenos de contradicciones. Incluso en los momentos más dramáticos y los temas más delicados, Linklater, de modo muy acertado, se aleja del sentimentalismo para mirar directamente a los ojos al sentimiento. ‘Boyhood’ es una película que desprende humanidad en su más alta acepción. A lo largo de 12 años, vemos cómo Mason y, en un segundo plano, su hermana, van creciendo, pasando de niños a adolescentes y de adolescentes a adultos. También observamos a una madre que busca desesperadamente la estabilidad para ella y sus hijos, y a un padre cuya vida se intuye más difícil de lo que aparenta, perdido en principio y más asentado a medida que evoluciona el filme. El tiempo discurre alrededor de todos ellos, los va erosionando, moldeando, transformando hasta llegar a ser lo que son.

Familia, amistad, amor, desamor, despedidas, deseo, sexo, búsqueda interior y, después de todo, nunca saberse al final del camino, sino en mitad de la nada. Richard Linklater parece querer decirnos que, a pesar de la experiencia, siempre viviremos en un continuo cambio, en un continuo no saber qué, en un continuo caminar hacia adelante, entre la duda, la ilusión y el miedo. Pero que, a pesar de todo, merece la pena sentir, vivir, caer, levantarse de nuevo y dejar que cada momento te atrape.

Hemos comenzado afirmando que ‘Boyhood’ no es una película más. Estrenada en Sundance, y ganadora del Gran Premio FIPRESCI en San Sebastián y del Oso de Plata al mejor director en Berlín, la obra de Linklater desprende honestidad y naturalidad en cada plano. No sólo es una gran película, sino que, a su vez, es uno de los proyectos más ambiciosos a los que se ha enfrentado un director. Es Cine, con mayúsculas. Es Humanidad, con mayúsculas. Pero, ante todo, es algo que muy pocas películas consiguen llegar siquiera a mostrar. Es vida, pura vida.

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.