‘Billy Elliot’: Quiero bailar

Billy Elliot principal

Otro día consumido en esta sociedad donde tenemos que contemplar cómo aquellos que aseguran que «todo está bien» —y se llenan la boca de palabras vanas como el progreso conseguido, la igualdad de derechos o el orgullo de considerarnos como un colectivo tolerante y abierto— acaban por perpetuar los mismos miedos y restricciones que aseguran haber superado en una etapa que cada vez se me antoja más como una falsa Transición. Pero seguimos ciegos, o seguimos sin querer ver, sin querer admitir las censuras ante las publicaciones que hacen estremecerse a las instituciones de poder, sin querer admitir el miedo de acabar con un estado corrupto y podrido, sin querer admitir el miedo de acabar con el machismo imperante, con la desinformación de los medios o con la educación aberrante en la implantación de los roles de género. No, yo no quiero cerrar los ojos, no quiero permitir que el destello de esa falsa ilusión de cambio me deslumbre en mi camino, me impida avanzar, por el miedo, ese miedo que nos ahorramos esquivar por pura comodidad. Hace tiempo que decidí dejar de agarrarme a él.

Hoy me volví a acordar de esa maravillosa obra de arte que constituyó, entre muchas otras, una de las armas más poderosas con las que puede contar una persona que está pérdida y asustada cuando no sabe como mostrarse tal como es, huir de las miradas de reprobación porque aquello que quiere hacer no se encuentra en los planes de vida que había diseñado algún iluminado para controlar a toda una serie de personas para que no destacaran, para que no molestaran ni pudieran desviar la atención del mensaje hegemónico implantado en una sociedad ya augurada por Orwell, para que no se produjera un cortocircuito que hiciera detener la cadena de montaje. Igual soy un cortocircuito que se molesta en parar el curso de varias cadenas, igual no quiero constituir una pieza más de ese montaje, y quizá más de uno debiera salirse de ese entramado también.

Pero volvamos a ese revulsivo que supuso ‘Billy Elliot’ en la vida de un joven con tendencias distintas al resto, que sentía y comprobaba cómo esos estereotipos y roles podían y debían verse superados para no caer en el anonimato de una senda de desesperación e impotencia, de una otredad paralizante que conseguiría convertirlo en una página en el capítulo de la historia de otra persona, de otro modo de vida.

Billy Elliot 2

La filosofía que despertaba la historia de ese joven sumido bajo la opresión de un mandato de conducta sexista y patriarcal consiguió encender una llama que llevaba apagada durante mucho tiempo. La confrontación de esas realidades que planteaba la película reflejadas en el protagonista —la persecución y defensa de un sueño plasmado en la realización del baile contra el inmovilismo y el conservadurismo patriarcal y ancestral que consideraba aberrante y vergonzosa una actividad como el baile para los chicos, quienes debían seguir la senda pactada por las costumbres y la tradición de los deportes rudos y “varoniles”, de violencia y riesgo, como la lucha libre— supuso el motor de cambio para el comienzo del primer salto, del escapismo hacia el primer baile. ¿ Por qué no dejarse llevar por el ritmo de tu interior cuando la música estaba sonando?

Ese lenguaje visual tan innovador —al menos en mi vida— y transgresor bajo aquel mensaje de concienciación sobre la disociación de los roles de género llegó a espantar ese tormento del clasicismo que se aferraba como una pesadilla interminable gritando en tu cabeza que eso se consideraba “masculino” y aquello otro “femenino”, que si contabas con un sentimiento diferente o una virtud ajena a la categorización bajo la que tenías que encontrarte debías olvidarte de ella y seguir escuchando las voces. Pero cada vez estaba más convencido de escuchar solamente a una única voz en mi cabeza. Aunque, al igual que Billy, esta dicotomía de intenciones seguía materializándose, como aquel recuerdo que nunca acabas de saber si en verdad lo has vivido o ha sido solo un producto de tu imaginación. Lo único que faltaba era salir del ring, encender el gramófono y poner ese sentimiento en práctica.

Los zapatos nuevos que había decidido ponerse Billy no le encajaban al principio, las caídas fueron sucesivas durante los primeros tiempos de cambio, la adaptación fue ardua, pero necesaria. Billy seguía peleando por bailar, pese a las miradas de escrutinio de los que se encontraban a su alrededor, que no acababan de entender si sentían decepción, rabia o preocupación por Billy. Nunca habían escuchado ese tipo de música con tanta intensidad, levantando tanto revuelo, tantos sentimientos diferentes que habían estado siempre aprisionados en el fondo más oscuro de su ser, que eran tan puros y hermosos, pero diferentes y desconocidos. Cuando experimentas un sentimiento por primera vez antes desconocido las reacciones son variadas, incluso de temor y rechazo, no estamos seguros de por qué  lo estamos sintiendo pero debemos abrazarlo, entenderlo, porque es una parte más de nosotros.

Igual que Billy, al final comprendimos la sensación incipiente e iluminadora que llevaba todo aquel tiempo esperando salir, esperando mostrar una lección de cambio y esperanza que nos permitiera alejarnos del miedo, de los terrores basados y perpetuados en el machismo y la homofobia, articulando modelos de ciudadanos impersonales y alienados, sumidos en una agonía constante por seguir el camino de lo esperado, de las directrices marcadas para ese tipo de persona, sin poder nunca llegar a entender que precisamente lo enriquecedor y estimulante del propio ser humano como especie es ante todo, la singularidad y a la vez especialidad que cada cual posee en su interior, que nos hace únicos de una manera intransferible y que, por ello, debemos alejarnos del yugo de esos colectivos recalcitrantes que siguen pretendiendo que cada persona siga la estela marcada de antemano, sin dejar que pueda brillar con la intensidad que su interior necesite proyectar. En tiempos donde las libertades se están viendo sometidas a tela de juicio, es más necesario que nunca modelos de lucha como el de Billy Elliot.

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