Aquellos maravillosos libros

La nostalgia, ese extraño lugar. Decía Candela Peña en ‘Princesas’ que la nostalgia es rara, porque tener nostalgia en sí no es malo, que eso significa que te han pasado cosas buenas y las echas de menos.

Recuerdo que cuando era pequeña no quería crecer. Deseaba con todas mis fuerzas quedarme para siempre, chiquitita, en esa cama cubierta de peluches, capaz de convertirse en tren cada tarde. Tan bien escenificaba mi papel de dama importante en el Orient Express y tantas cosas fascinantes inventaba para ella, con esos libros azules, naranjas y rojos que le echaban una mano a mi imaginación, que no me quedó más remedio que decidir, en secreto, que si Peter Pan no lo remediaba, sería escritora y actriz.

La culpa fue de ellos, de un duende que vestía a rayas, de un pirata que atendía al nombre de Garrapata, de una niña capaz de inventarse una abuela con un nombre tan bonito como Opalina, de Susi, de Paul… Los libros del Barco de Vapor han sido responsables directos de, quiero pensar, las imaginaciones desaforadas de un puñado de generaciones, cuyo amor por la lectura empezó justo con ellos. Con la emoción desbordada cuando, por fin, te compraban tu primer libro naranja. Y luego rojo. Ahí ya estabas preparada para seguir descubriendo todo lo que la Literatura no deja nunca de ofrecerte. Como por arte de magia.

Al cabo de un rato de marcha, llegó a un bosque de árboles enormes. 
—¿Qué sois?
—Somos abetos.
—Yo me llamo Rayas y soy un duende.
—Eres un duende muy pequeño.
—Sí, soy un duende muy pequeño.
Rayas sacó su cuaderno de apuntar cosas y se sentó en el suelo. Escribió lo que acababa de aprender para que no se le olvidara. Y, al terminar, vio allí, junto a él, tres hormigas que acarreaban un granito de avena.
—¡Eh, cuidado! ¡No te muevas, que puedes aplastarnos!
—Perdón, no os había visto, ¡sois tan pequeñas!
—¡No somos pequeñas, somos hormigas! Lo que ocurre es que tú eres un gigantón…
—Sí, claro, lo siento —se disculpó Rayas, y escribió otro poco en su cuaderno.

Quizá ahí empieza todo, en esa lección de escribir lo que acabas de aprender para que no se te olvide. O en la dedicatoria de ‘El Pirata Garrapata’: «y a todos los niños que sueñan con tesoros, piratas y princesas… porque existen». ¡Claro que existen!

La magia está ahí. Sólo hay que saber verla. Y si no, que se lo pregunten a Isa que, de la noche a la mañana, ve cómo se materializa su abuela imaginaria, Opalina, gracias al amor de sus vecinas. O, mejor todavía, cuando su padre llega a casa con su tía Nieves. Porque, a veces, no hace falta inventar. La realidad, afortunadamente, supera a la ficción.

Pues señor: esto eran veinte frailes que vivían en un convento muy antiguo, cerquita de Salamanca. Todos llevaban la cabeza pelada, todos llevaban una barba muy blanca, todos vestían un hábito remendado, todos iban en fila, uno detrás de otro, por los inmensos claustros.

Si uno se paraba, todos se paraban; si uno tropezaba, todos tropezaban; si uno cantaba, todos cantaban. Daba gusto oírles trabajar. Uno serraba la madera, otro pelaba patatas, otro cortaba con las tijeras, otro golpeaba con el martillo, otro escribía con la pluma, otro limpiaba la chimenea, otro pintaba cuadros, otro abría la puerta, otro la cerraba.

En un convento de Salamanca viven todavía, dentro de unas tapas naranjas, Fray Nicanor, el superior; Fray Procopio, el del telescopio; Fray Cucufate, el del chocolate; Fray Mamerto, el del huerto; Fray Olegario el bibliotecario; Fray Balandrán, el sacristán; Fray Bautista, el organista; Fray Pirulero, el cocinero, y, por supuesto, Fray Perico. El de su borrico. Ese que nos enseñó que hay que despertar y vivir de una manera más apasionada, más intensa. Que hay que despertar y vivir. Sin más.

Y todo esto, y mucho más, sin salir de ese tren. Aquel que, cada tarde, dejaba de ser una cama cuando la imaginación tocaba el silbato de una niña que nunca será actriz, pero alguna vez fue escritora. ¡Benditos libros!

bluebird Comunicación
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