‘Apegos feroces’, todas las madres me ahorcaron los tobillos

'Apegos feroces'

Me pregunto si la poeta Maite Dono habría leído ‘Apegos feroces’ antes de escribir ‘Circus girl’, un libro al que regreso una y otra vez, por necesidad, también por placer, un gusto macabro.

Encontrar entonces a Maite fue un cataclismo sólo comparable al de encontrar ahora a Vivian, en forma de regalo de cumpleaños. Bajo esa aparente frivolidad, abro las tapas y me doy de bruces con lo más hondo, con lo más salvaje. Sí, feroz es la palabra. Y la verdad, la más pura, sostiene un relato que me estalla entre las manos y me salpica como lo hicieron aquellos poemas alguna vez:

«Como no soy la bella durmiente
Y mi casa no es un palacio
No hay príncipes en la lista para besar mis labios
Ni un puto final feliz para esta sórdida historia
[…]
Tú lo decías mamá
Que no leyera tanto libros que tú bien sabes
Que te trastornan como al pobre alonso quijano
Y quitan las ganas de ser mujer de mi casa
Y cuidar de mi hombre y de mi ristra de hijos
Tú lo decías mamá y la razón iba contigo
Que volvería a tus brazos cuando la soledad arreciase
Que nada como tus brazos y tus besos de tórtola
Para calmarme
Allá voy
Abocada a ti me encuentro
[…]

Y la bella durmiente hubo de despertarse sola
Hacerse su té con tostadas
Besarse en el frío espejo

Y salir a la calle a matar el tiempo
—Aquel que resta mamá»

Hay libros que son mujeres y hay mujeres que, con sus palabras, nos devuelven el reflejo, a veces doloroso, a veces cruel, a veces irónico, de quienes somos. Maite, a la que siempre vuelvo, y Vivian, a la que volveré, cuando necesito rendir cuentas con mi infancia, con la adolescente que fui, con la mediocre en la que, al final, me convertí.

«Ven
Tengo que matar mis sueños incumplidos
Tanta sequedad
Tanta frustración
Ahogar de una vez todos mis sueños en tu cuello
Reunir en él toda la vergüenza
Ven
El amor mata»

El amor mata o hiere de muerte, pero hay que ser muy honesta para atreverse a escupirlo, corregirlo, encuadernarlo, publicarlo, compartirlo y enseñárselo a tu madre. O peor, esperar a que, un día, sea tu hija quien te lo enseñe.

«Todas las madres me ahorcaron los tobillos
Forever
Grilletes del puto amor
El grito de munch»

Como dice la protagonista de la novela que hoy nos ocupa: «Me quedo sin palabras. No sólo callada, sino sin palabras».


Este artículo se escribió para Un papá en prácticas. Gracias, Adrián. 

Libros para padres: ‘Apegos Feroces’, de Vivian Gornick

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