Alrumbo 2015, mi primer festival

32 euros nos costó la entrada hace meses, cuando aún ni sabíamos el 75% del cartel, pero daba igual. La vida se mide en experiencias, y llevo años con la espinita de un festival que me acabo de quitar esta semana pasada.

Nos decían que cuatro noches de camping nos iban a destrozar, que nos buscásemos un piso. Que los grupos que tocaban no los conocía nadie. Que eso iba a ser pasar penas. Pero todo esto tiene un punto de vista distinto.

Las cuatro noches de camping nos sirvieron para hacer amigos con los que compartir la semana. Pasamos de ser cinco a 15, en ocasiones 17 ó 20. Existe el buen rollo en un festival, pero lo del camping es distinto. Duermes poco y regular, pero cuando despiertas están los vecinos para ofrecerte zumos y galletas. El paseo a los escenarios es largo, pero tienes compañía para hacerlo. Si a tus amigos no les gusta un grupo al que quieres ver, no faltará alguien que te diga que ese concierto no se lo pierde. Risas, anécdotas, cosas que te hacen recordar que el ser humano es un ser social y hecho para vivir en comunidad, y absorber unos de otros  hasta el punto de que los asturianos se fuesen diciendo ¡ILLOOOOOO! y los andaluces molome pila el concierto de anoche, oh.

Allí escuché a Juanito Makandé por encima mientras buscaba a mis amigos entre el mogollón de gente. Los encontré mientras cantaba Calle13. Bailamos con El Puchero del Hortelano y empalmamos con Bongo Botrako de casualidad a pesar del sueño. El espectáculo de Miguel Campello en el escenario me dejó flipando. Los Mojinos Escozíos terminaban mientras hacía cola para entrar a Eskorzo y ponerme a saltar como no había hecho hasta entonces. Saltos que se quedaron en nada cuando escuchamos al Canijo de Jerez. Y si hablamos de grupos que no conocía, el mayor momento de adrenalina fue en la primera canción de Tokyo Ska Paradise Orchestra (he tenido que buscar el nombre en los horarios del festival). No conocerlos no nos impidió cruzarnos la zona de conciertos corriendo y saltando, parándonos a bailar en cada hueco que nos dejaba la gente mientras nos miraban y se nos unían en nuestro momento de locura. Me perdí a Tomasito, Kiko Veneno, Mártires del Compás… pero te das cuenta que un festival no son sólo conciertos. Es el ambiente, el momento, la gente. Es la vida del festival.

Que habría momentos de pasarlo mal lo sabíamos antes de ir. Desde luego, no todo ha sido tan bonito. Las colas para entrar o salir de algunos conciertos, a veces acabando en embotellamientos interminables, eran una de las principales quejas de los asistentes a la organización del festival. Colas para entrar a las duchas, al supermercado o a las taquillas. Atascos para entrar al festival, atascos para volver a casa. El concierto de Cypress Hill lo escuché desde la barra mientras esperaba que me atendieran. Estar en un sitio con entre 50 y 100.000 personas es lo que tiene. Y se nota más en la higiene. Tú vas a la playa y recoges tu basura, pero solo hace falta que unos pocos de la gran cantidad de gente que hay deje sus latas vacías en la arena para que cuando suba la marea eso se convierta en algo lamentable y asqueroso. Las pocas papeleras que había allí se llenaban y las olas acababan por llevarse lo que caía al suelo. Las duchas se rompieron, los baños olían mal. Aunque haya personal de limpieza, creo que para tal cantidad de gente debería haber bastantes más contenedores y sitios de recogida de basuras. Aunque como todo, hay cosas que son un trabajo común entre la organización y la educación de los asistentes.

Pero como decía antes, la vida se mide en experiencias. Me quedo con los momentos y la gente que compartí estos días. Con los que fui y con los que conocí allí. Con los que sabía que me encontraría, y con los que me encontré de casualidad después de años sin vernos. Con los bailes y los saltos. Las risas por nada. El vivir desconectado de todo para no perderte nada, desconectar para conectar. Me quedo con las ganas de volver.

bluebird Comunicación
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