Alabanza al western

Me considero un gran aficionado al cine, prácticamente de cualquier género celuloide y procedente de los más remotos rincones del mundo. Y lo soy casi desde que tengo memoria; recuerdo pasar tardes enganchado al televisor cuando contaba con siete u ocho años, viendo todo tipo de películas que hacían en las cadenas o gastando las cintas VHS hasta que prácticamente las dejaba inutilizables. He llegado a ver auténticas bazofias por la simple necesidad de disfrutar de planos, diálogos y escenas de más o menos acción. Para mí, y que Calderón de la Barca me perdone, el cine es sueño y la posibilidad de vivir millones de aventuras, dramas, comedias y todo tipo de historias me hace feliz.

Pese a lo dicho en el párrafo anterior, lo cual es cien por cien cierto, tengo que admitir una pequeña contradicción: no descubrí mi pasión por el western hasta bien entrado en la veintena. ¿Cómo puede ser que un cinéfilo no haya descubierto uno de los géneros clave del cine hasta tan tarde? Seguramente más de uno pueda aducir que no soy un cinéfilo auténtico. Mea culpa.

No podría dar un motivo en concreto de mi tardío descubrimiento del western, pero el hecho es que hasta que no cumplí los 25 años aproximadamente no abrí mi corazón a ese género. Ahora me arrepiento de no haberlo hecho antes.

Hoy en día es un hecho que el western se ha convertido en un género residual dentro de la industria cinematográfica: la saturación que sufrió en su época dorada (décadas de los 40.50 y 60) llevó al público inexorablemente al hastío, cansándose de ver a tanto vaquero y decantándose por otro tipo de películas que hasta el día de hoy siguen aguantando el tipo. Pese a ello todavía hoy en día y de vez en cuando algún director, seguramente un romántico, se atreve a filmar en un desierto a gente montando a caballo, hablando de manera ruda y escupiendo cada dos por tres al suelo un mejunge negruzco de lo más asqueroso.

¿Qué tiene el western que a quien le gusta es acérrimo seguidor y defensor? Hablaré por mi mismo, aunque creo que más de un westernadicto estará de acuerdo conmigo.

En primer lugar algo que en sí mismo es la definición del cine: las imágenes. Quizás era lo mejor de ver un western, disfrutar de unas largas panorámicas de los desiertos americanos, inabarcables extensiones de terreno en los que la cámara viajaba acompañando la mayoría de veces a un grupo de jinetes que cabalbagan a toda velocidad dejando tras de ellos una estela de polvo. Había siempre algo de poesía en movimiento en todo aquello.

Otro aspecto a destacar era la sempiterna lucha entre el bien y el mal, acompañada de una ristra de valores que siempre pecaban de una evidente inocencia en sus principios, pero que no por ello no dejaban de resultar una enseñanza valiosa para cualquiera que viera esas películas. El esqueleto de un western típico siempre consistía en un grupo de malhechores que atemorizaban a un pueblo hasta que aparecía el héroe, solitario pero de corazón puro que pese a las dificultades estaba dispuesto a arriesgar su vida para hacer cumplir el bien en tierras salvajes del Viejo Oeste, desprovistas en su gran mayoría de autoridad. Esa rudez en los argumentos no restaba poder a la admiración que despertaban personajes interpretados por John Wayne, Clint Eastwood o James Stewart. Por supuesto había otras historias en las que aparecían los indios (injustamente tratados y satanizados, todo sea dicho), poblados con sherirffs corruptos, aventuras protagonizadas por ganaderos… pero siempre revoloteaba en el ambiente el choque de los dos poderes que definen a la humanidad: lo bueno y lo malo que tiene el ser humano y la lucha porque lo primero siempre prevalezca.

No nos olvidemos de la música. ¡Qué sería del western sin las bandas sonoras! Estoy seguro que mucha gente que jamás ha visto una película del Oeste sería capaz de tararear o silbar alguna de las más famosas sintonías como por ejemplo ‘Los Siete Magníficos’ o ‘El bueno, el feo y el malo’. Sólo ese ejemplo demuestra la enorme importancia que la música tuvo en el apogeo y asentamiento en la memoria colectiva del western.

Hasta aquí mi humilde y sincero ejercicio de admiración por un género que aunque algo tarde, se ha ganado un sitio para siempre en mi corazón.

«Dormiré tranquilo, porque sé que mi peor enemigo vela por mí» (Clint Eastwood en ‘El bueno, el feo y el malo’).

bluebird Comunicación
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