’50 sombras de Grey’, ¿qué cojones acabo de ver?

Partiendo de la premisa de que literariamente hablando estamos ante una de las mayores sandeces que ha parido nunca una pluma cualquiera no nos cuesta trabajo contemplar ’50 Sombras de Grey’ como lo que es: un vacío producto destinado a un público tan concreto como manipulable. Una historia sin ningún tipo de moraleja o trasfondo tan plana como absurda, y con una predecibilidad aburrida e insípida. Un constante trasiego de situaciones clónicas, cíclicas, que no desembocan en nada, unas interpretaciones tan poco creíbles como los personajes de la novela original (exculpo a los actores, que bastante tienen ya con el papelón que les ha tocado, nunca mejor dicho) y un regusto final a “¿que cojones acabo de ver?” verdaderamente meritorio, ya que al menos eso consigue hacernos pensar.

Y es que un servidor no termina de comprender por qué de un tiempo a esta parte las historias de amor novelescas han de ser tan similares como absurdas. Y sin embargo, joder, ¡funcionan! Algunos ratos esperaba que Christian Grey se diera la vuelta, mirase fijamente a Anastasia Steele y le confesara entre tartamudeos que era un vampiro, porque las ciertas similitudes entre la saga ‘Crepúsculo’ y esta indescriptible ’50 Sombras’ son tan palpables como ridículas. ¿Qué hemos hecho tan mal para merecer esto? Este que se postula como el estreno más taquillero de la historia no deja de ser en ningún momento una precaria imitación de la saga vampírica más infame de la literatura universal, sustituyendo al vampiro vegetariano por un multimillonario pervertido. Y negocio a la vista.

No obstante he de reconocer, eso sí, que es una película que se deja ver. Vender este producto implicaba arriesgarse a defender lo indefendible, enarbolar un discurso de los que no es capaz de creerse ni el que lo está recitando, y lo cierto es que solventa tamaña empresa con la dignidad más mínima que podríamos exigir a un producto basado en una obra original a todas luces infumable e ilógica. En resumidas cuentas, podemos afirmar que no es una mala película, sino simplemente la menos mala de las bazofias que podían haber salido de una adaptación tan complicada como innecesaria. Y eso, después de todo, se agradece.

’50 Sombras de Grey’ es porno softcore para amas de casa muy aburridas y niñas pijas frígidas. Y ni tan siquiera es excitante. Cualquiera que nunca haya explorado y explotado sus posibilidades sexuales ya estaría escandalizado con el primer azote que muestra el metraje, y francamente, me sorprende que alguien pueda llegar a escandalizarse de algo que no sea lo rematadamente ridícula que es esta película. Lo mejor de todo el filme es una sensual reinterpretación del famoso ‘Crazy In Love’, de Beyoncé, que al menos consiguió que algo de lo que mostraba me sorprendiera lo más mínimo. Lo reconozco, una banda sonora envidiable. Por lo demás, nada es creíble. Nada es natural. Nada es lógico. Acciones desmedidas, la aparición de un contrato que acaba pareciendo un personaje más, y que más irrisorio resulta cuanto más se sabe de él, una retahíla de escenas que parecen ser la misma en bucle… Nada que no aporte cualquier película porno de trama compleja. Y ni siquiera. ‘Garganta Profunda’ era más difícil de seguir.

Y sin embargo la culpa de todo este desaguisado no es de Taylor-Wood por haber dirigido lo indirigible, si es que tal vocablo existe, ni tan siquiera de Dakota Johnson o Jamie Dornan por haber hecho su trabajo con la mayor dignidad posible en medio de una selva impracticable. La culpa es de E.L. James, y ni tan siquiera lo es por completo. Es tan grave cometer un crimen como encubrirlo, o como en este caso, propagarlo, expandirlo. La culpa es nuestra por consumir lo indigesto como si en ello nos fuera la vida y dar pie a que sucedan cosas como este largometraje. Tenemos lo que nos merecemos. Y dicho esto, les recomiendo ‘A Serbian Film‘. Si van a escandalizarse, que sea con razón.

bluebird Comunicación
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