Vivir en una isla

Uno de los tópicos menos escuchados, paradójicamente, en estos meses de calor y playa es quizá el de la isla desierta. Aunque las ‘Causas y Razones de las islas desiertas’, de Gilles “Rizo-rizomas” Deleuze, hayan insinuado que podemos encontrar en ellas, insistimos en Murray Magazine en llevaros más lejos, más adentro, más mejor. Si no tenéis vacaciones, si ya las terminasteis, si aún las disfrutais, todavía quedan plazas en un vuelo chárter con destino a una de esas islas afortunadas. No cojáis ni el cepillo de dientes, nos vamos a Escocia.

Antes de que una mamífera con kilt pase repartiendo bandejas con haggish y cerveza de trigo, reclinen sus butacas y preparen sus pantallas. Si el séptimo arte es el encargado de transmitir la cultura en esta nueva new-age digital, el viaje será un poco agitado hasta nuestro destino más allá del Muro de Adriano. Si Mel Gibson legitimó el dominio y la civilización británicas con ‘Braveheart’, el genio escocés ha sabido tomarse la revancha con creces. ‘Trainspotting’, a fin de cuentas, solo es una parada de tren.

Para no ser saturarnos por esta juventud escocesa, es bueno acercarse con calma a las Highlands para que ningún tren se salga de las vías. Recalemos primero en un pueblecito al sur de Escocia, con ‘Saving Grace, traducida como El jardín de la Alegría. En esta historia, una dulce anciana de Cornualles, recién viuda, afronta las deudas insospechadas de su marido, que hacen peligrar su única herencia y patrimonio: su finca; su jardinero, emigrante de Glasgow, la ayudará a solventar la situación. La película es, desde el título original, una tierna sátira sobre Inglaterra e Isabel II, llamada formalmente Her Grace (Su Gracia).

Si pensamos que encontraremos una frontera que defina la Scotch-land del territorio inglés, a lo mejor imaginamos a sus habitantes como heroicas portadoras de grandes valores, defensoras de Escocia sobre el Mundo. Sin embargo son personas, más o menos humanas, que viven orgullosas de ser… ellas mismas, a la manera escocesa – scottish style. Por ello, mencionar ‘Los caballeros de la Mesa Cuadrada’ no es hablar de sus habitantes, inmersas en su propia idiosincrasia, sino de sus castillos, sus montes, su tierra. Y de ese carácter adusto, fiero e irónico que obstaculiza constantemente la cruzada de Arturo, rey de los bretones. Un delirio dentro de un sueño.

Amanece en Edimburgo’, o mejor dicho, en Leith, un barrio de la capital escocesa. Es normal no recordar cómo llegamos aquí desde Cornualles, son cosas que pasan en la vida. Lo que distingue el carácter de esta tierra es enfrentarse a lo que ocurre, sin demasiado miedo, sin punto de no retorno, sin pintura azul en la cara. Y sí con sinceridad y mucha música, como si los sentimientos tuvieran una melodía que entendemos todas.  La vida es eso tan sencillo que algunas veces ocurre, sin aciertos ni errores, en un lugar que podría ser nuestra casa. Aunque incluya coreografía local con ritmo de The Proclaimers.

La policía, como en otras partes del mundo, existe también en Escocia. Pero ella tampoco ha podido evitar ser arrastrada en esa convulsión que es vivir entre el verde de la hierba y la melancolía de la gaita. Ella tampoco ha podido evitar convertirse en escocesa, como podemos ver en ‘Filth’. Quizá la mente de Irvine Welsh tenga algo que ver en ello, quizá a la oportunidad la pinten calva. Lo que queda claro es que se aplican same rules at play (las mismas reglas en juego). ¿Ya dije que una parada de tren no es el final del viaje?

La muerte, como saben en Escocia, llegará de la mano del Segador (the Reaper) o no llegará. Si el mundo debe sucumbir al final de la Civilización o Inglaterra ser destruida –lo cual es, por definición, idéntico–, ¿qué mejor que un virus letal y epidémico obligue a levantar de nuevo el Muro de Adriano para proteger al Imperio? ¿Quién mejor que una belleza tuerta para salvarlo? ¿Quién mejor que un viejo enemigo de la cordura para impedírselo? ‘Doomsday, el día del Juicio’ nos presenta una épica batalla entre el Bien y el Mal en una Escocia desatada, desinhibida de una humanidad que la asfixiaba y liberada del yugo londinense mediante una redención vírica. Jamás un Apocalipsis tuvo tan alta graduación.

Aunque el trayecto haya sido fugaz, this is Scotland, by Crist (esto es Escocia, por dios). Puede que no se ajuste demasiado a las fotografías que hayáis visto de otros viajes. Ver, comprender o, simplemente, vivir el sitio al que viajas no se puede hacer con una pequeña escapada como esta. A primera vista, el lugar parece estar lleno de una locura que no se conjuga bien con la que estamos acostumbradas. Las diferencias insalvables casi parecen reclamar nuestra propia identidad.

Las islas afortunadas, del mismo modo que las desiertas, se ven diferente si se hace desde la costa, desde las islas continentales. Podemos soñar si Robinson o Suzanne las habitan, pero cuando nos despertemos y volvamos en nos, ¿estaremos arropadas en nuestra cama o en un pub con una pinta de cerveza? Quizá sea por eso que la gran Scotland esté llena de escocesas y nosotras solamente estemos de paso. ¿Quienes son las afortunadas?

En nombre de la tripulación del vuelo Scottish Parade, de Murray Airlines, esperamos que hayan disfrutado del viaje. No desabrochen sus cinturones hasta que haber digerido el haggish y no estrellen la jarra de cerveza vacía en la cabeza de nadie para demostrar amistad. La temperatura local se mantiene constante. La rueda sigue girando. Que tengan un buen día.

La imagen que acompaña a este artículo es de Diliff ©

bluebird Comunicación
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