Y fueron viajeros para siempre (IV): Los espacios en blanco del mundo

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Cuando el autor Joseph Conrad llamó a ciertas partes de Indonesia «los espacios en blanco del mundo» en los vacíos mapas de las islas alrededor de Komodo simplemente decía «aquí moran dragones».

Todavía hoy, nada más llegar al aeropuerto de Labuan Bajo, en la isla de Flores, te das cuenta de que esta es la tierra del dragón de Komodo y que todo, de alguna manera, gira en torno a estos animales.viajeros

El día amanece nublado y húmedo en Labuan Bajo. La persona que debe recogernos en el aeropuerto, el dueño de la casa que hemos reservado, nos ha abandonado. No tenemos alojamiento y sí tenemos 40 kilos de equipaje, cansancio y alguna infección bacteriana de pronóstico reservado… Pero antes de que caiga la noche conseguimos cobijo y un barco que nos llevará a ver dragones al día siguiente. Todo gracias a los locales y pese a algún que otro francés desalmado.

Zarpa la barcaza que nos va a llevar al Parque Nacional de Komodo. Nuestros acompañantes —un padre y su hija, italianos, y dos universitarias de Yogya— nos esperan ya a bordo. El desaliñado capitán es capaz de hacer todo: cocina los mejores platos, nos sirve té mientras lleva el timón, e incluso bucea con nosotros para grabarnos algún vídeo con la GoPro. Su tripulación la completan un joven grumete que no alcanza la veintena y un segundo de abordo que hace poco más que pasar el día mirándonos y sonreír sin comprendernos de ningún modo.

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Desde el puerto de Labuan Bajo nuestro barquito discurre entre cientos de islas de bizarros contornos. Enormes lomos de reptil que emergen de las aguas azul cobalto. Sus colinas están completamente desnudas exceptuando el seco pasto que brota sobre una rugosa costra de escamas de lava. Por todas partes la serrada silueta del archipiélago recorta los rojos atardeceres como si fuera la boca de un gigantesco dragón que estuviera a punto de escupir una llamarada de fuego.

El barco es viejo y está desgastado por las bravas aguas de Komodo, una mesa preside la cubierta, en la popa, un habitáculo sucio con agujero que hace las veces de retrete junto a una sorprendentemente limpia cocina completan lo que iba a ser nuestro hogar durante los dos próximos  días. Tras algunas horas llegamos a Rinca donde, supuestamente, resulta más fácil encontrar dragones. Entramos en el pueblo, cuatro o cinco cabañas de mala construcción, y justo a la entrada nos topamos con un dragón de Komodo. Lejos de resultar majestuoso y amenazador, despierta muy poco miedo. Parece una enorme e inofensiva lagartija.

«Parece una mascota», le digo al guía, que suelta una carcajada y nos anima a hacernos una foto con él.

De alguna manera, mientras caminamos por las islas con su sombría y enigmática belleza comprendemos que no vamos a ver dragones salvajes. Por un lado es completamente lógico que no lleven a los turistas a zonas donde el dragón ande libre e incontrolado. El Varanus Komodoensis es un cazador letal, puede llegar a pesar 90 kilos, medir tres metros y alcanzar los 19 km/h. Ataca a sus víctimas desgarrando en sus partes más blandas, como el vientre. Su boca tiene algo más peligroso que el fuego, una saliva venenosa y fuertemente anticoagulante que impide que las heridas se cierren. Sus víctimas mueren lentamente mientras, cada vez más débiles, observan cómo el dragón las acompaña pacientemente esperando a que se queden sin fuerzas para comerlas vivas. Los últimos ataques reportados a humanos demuestran su capacidad: En el verano del 2013 uno de dos metros se coló por una ventana de la oficina de venta de tickets del campamento principal de Rinca y mordió a dos funcionarios que aterrorizados se subían al mobiliario intentando protegerse. En el año 2007 un niño de nueve años llamado Mansur fue mordido por un dragón cuando salió a orinar entre los arbustos durante un partido de futbol. Murió desangrado.

«Si Orah tiene hambre ataca. Siempre. No os alejéis del grupo pues sólo atacará a quien no esté protegido por ésto». Así resume nuestro guía las medidas de seguridad mientras levanta un simple palo terminado en dos puntas

El turismo es la fuente principal de ingresos de todos los habitantes de las islas del entorno y el motivo fundamental de la llegada de visitantes a Labuan Bajo. ¿Cómo se podrían permitir que una vez cada par de años se reprodujera un ataque como los que os contamos? De hecho, en nuestro caso empeoró las posibilidades de ver dragones el hecho de estar en plena época de reproducción cuando los machos están mucho más violentos y las hembras más esquivas. Los dragones no cortejan a sus compañeras. Les dan caza. Nosotros queremos hacer una caminata más larga esta vez,  con la esperanza de verlos. La respuesta del guía es clara: «No, haremos el camino corto». Y así fue. Un corto paseo donde vimos a otro dragón echando una plácida siesta y al que nuestra presencia pareció importarle bien poco.

Este día vemos uno de los atardeceres más hermosos de nuestra vida.  Anclados con el barco a las espaldas de las islas de Komodo, rodeados de montañas y con el mar reinando en el lugar. El sol vira a rojo mientras se hunde hasta ser devorado por las fauces de las crestas de las islas. Todos nos quedamos callados admirando el espectáculo de un cielo ensangrentado que cada día surcan cientos de gigantescos murciélagos gigantes de la fruta en una huída fantasmagórica.

Dormir en la cubierta de un barco en este archipiélago, mecidos por el viento, rodeados de tanta belleza salvaje en tierra, sobre el cielo y bajo las aguas, es un privilegio. Una experiencia única, indescriptible, que sólo podemos recomendar desde el corazón.

 

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Porque el mar es otro de los mayores encantos de ese lugar. Simplemente es una de las mejores zonas de buceo del mundo. Las aguas que rodean el Parque Nacional, patrimonio de la humanidad protegido por la UNESCO desde el año 91, contienen una fauna diversa. Desde las coloridas especies que habitan los corales someros hasta enormes bancos de túnidos y pelágicos que atraen a grandes tiburones y delfines.

A la mañana siguiente tomamos el primer contacto con el agua. El barco para en Manta Point. Demasiado profundo para echar el ancla, se posó sobre uno de los corredores cobalto que rodean las turquesas plataformas coralinas. De pronto una enorme lámina negra pasó flotando a nuestro lado. Como si un ave gigantesca proyectara su sombra junto al barco, comenzó a trenzar dibujos, a cambiar de forma mientras se alejaba y acercaba.

«¡Manta!», grita el grumete desde la proa mientras señala.

Quedamos aún más impresionados cuando vemos al capitán lanzarse al agua ilusionado por lo que estábamos viendo. Y le seguimos. El contacto con el agua, en un punto tan profundo, rodeados de esos animales de dos metros de envergadura, que más que nadar vuelan en el agua. Esa mezcla de belleza infinita y miedo cerval es algo que recordaremos siempre.

Nuestro tour incluye una parada para bucear en las aguas de la isla de Kanawa. Algunas de las islas entre Komodo y Labuan Bajo disponen de pequeños resorts que, con diferentes estándares de lujo, ofrecen una estancia relajada en aisladas playas blancas donde no hay nada más que los pequeños bungalows y el mar. En cuanto el barco comienza el atraque sabemos que nos quedaremos en ese lugar. El agua es de un salvaje tono turquesa, como si fuera una enorme gema por tallar engastada en el nacar blanco de la playa. Nuestro plan era volver a Labuan Bajo y tomar un taxi hasta el centro de Flores donde habíamos reservado, y pagado, un hotel junto a la pequeña ciudad de Ruteng. Decidimos dejarlo todo y romper los planes. Pasar más tiempo allí, recuperar cuerpo y mente en aquella perla suspendida en el mar.  Así lo hacemos. Volvemos a Labuan sólo para recoger el equipaje y, sin perder tiempo, coger un barco de vuelta a Kanawa.

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Además del snorkel —con mini tiburón, la familia completa de Nemo y peces rosas que te quieren echar de allí—  y los baños de sol, subimos a la montaña que preside la isla y hacemos sus  tres picos de no más de 300 metros de altitud. La vista es espectacular. Colores fabulosos que parecen pintados a mano se deslizan suavemente entre islas, islotes y arrecifes de coral. Unas figuras femeninas mariscan en la marea baja compitiendo con las garzas que te miran con su enorme elegancia como dejándote claro que tú, turista, no significas nada. Solo eres un simple testigo asomado al paraíso.

El tiempo pasa plácido en aquel edén y llega la hora de partir. Nuestra siguiente parada es la jungla. La jungla de cemento y cristal de Singapur y la jungla verde de Sumatra. Mientras nuestro barquito sale de la hermosa bahía de Kanawa nos asalta por primera el sentimiento de que algo enorme se acaba. Probablemente nunca volveremos, seguro que jamás lo olvidamos.

Podéis leer aquí las entregas anteriores de  ‘Y fueron viajeros para siempre’. 


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