Universo Atocha

Últimamente oigo hablar mucho acerca de la actitud. Algunos creen que actitud y aptitud son la misma cosa. Llegan a pensar que es un asunto de inteligencia: “Este niño es muy apto para el deporte” o “ese chico tiene buena actitud, conseguirá todo lo que quiera”.

Es tan sencillo como abrir el diccionario: aptitud es capacidad, y actitud, un comportamiento.

Después de un fin de semana inmerso en aprender herramientas para combatir el estrés y la ansiedad tocaba salir pitando para no perder el tren que me llevara de vuelta a casa. Madrid estaba petado de gente, no sé si la presencia en la capital del director de Murray Magazine tenía algo que ver. Tenía 45 minutos para llegar del centro a Atocha. Suficiente.

Llego a Atocha, me dirijo al mostrador en el que normalmente facturo y hay una señora discutiendo con el chico. Había perdido su tren por culpa de un error de información, preguntaba al chico “¿Te parece justo?” y el aludido respondió “Tía, ¿qué quieres que te diga?”

La chica repetía la pregunta una y otra vez, y el chico seguía respondiendo más o menos lo mismo pero con otras palabras: “No puedo ayudarte, yo aquí sólo trabajo, yo no puse las normas…”

Hasta que la chica no le dejó salida posible: “Por favor, a ti como persona te lo estoy preguntando, te parece justo?”.

El empleado, sin aliento, dijo únicamente NO.

La chica juntó sus manos a la manera oriental y le dijo: “Gracias, ya me has ayudado.”

Se dio media vuelta y se marchó. El empleado y la mayoría de los presentes, nos quedaron boquiabiertos.

Yo era el siguiente en la fila, y así como pregunté, me fui: el chico tampoco sabía la respuesta a mi consulta, así que me sugirió que preguntara afuera ya que aún había tiempo (menos mal que había salido a las 8 de Callao).

Efectivamente, afuera –lo cual era el universo sin límite de Atocha– le pregunté a todo aquel que llevaba uniforme, estuviera detrás de una ventanilla o caminando. Nadie sabía en qué andén salía mi tren para Puertollano. Les hablaba de Puertollano y me miraban como si fuera un extraterrestre. Un señor mayor me dijo menos  agriamente que los anteriores: “Ya aparecerá, no se preocupe, aún faltan 10 minutos.” ¿Diez minutos? Y aún sin saber por donde facturo.

Respiré, al fin de cuentas llevaba todo el fin de semana aprendiendo técnicas de relajación, miré la pizarra de salidas…y  en ese instante pasó delante de mí un tipo que por el uniforme parecía un inspector. Corrí detrás de él como si fuera el último hombre sobre la tierra y en cuanto lo abordé me cortó diciendo que no era su trabajo, que preguntara en la ventanilla.

“¡Ah! ¡Claro que sí!  ¿En cual?, dígame, porque en todas las que he visto en esta planta, ya he preguntado!”

El hombre me ignora y le dijo a una señora que se acerca por detrás mía: “Vámonos que aquí no nos dejan en paz”.

Vamos, que me veía en la misma situación que la chica turista: sin tren por falta de información… ¿O de aptitud?

Gracias a Dios, o a mis canas, o a la barbita de tres días, o vete tu a saber porqué su compañera milagrosamente me mira (¡Desde que entré a la estación, nadie me ha mirado a los ojos!) y además, se  dirige a mí, lo cual ya me deja en el súmmum del asombro.

Me pregunta a dónde voy.

Le respondo y me dice que no lo sabe, pero que faltando 5-10 minutos, el  tren será anunciado y que suele salir del andén X.  Es la primera desde que llegué a Atocha que me escucha.  Apenas tengo palabras para agradecerle.

Me sonríe, se despide educadamente y se marcha con su compañero y su cara de mala follá.

No sólo me ha mirado, me ha escuchado y me ha respondido: además, ha sido amable.

Esta señora no me resolvió nada, en realidad. Pero el solo hecho de atenderme, de escucharme, de intentar ayudarme, hizo tanto o más que si me hubiera dicho “Andén 12, Avant Madrid-Málaga (María Zambrano)” que resultó ser mi tren.

Porque en ese momento, dejé de ser X para convertirme en una persona que necesitaba ayuda y la recibía de otra persona. Porque en el momento en el que el chico de la ventanilla expresó su sentir (NO, no creía que era justo lo que le pasó a la chica) ambos dejaron de ser empleado/cliente para ser solo dos seres humanos.

¿Nos olvidamos que somos personas?

¿Cuestión de aptitud… o de actitud?

Uno de los mejores regalos que le puedes dar a alguien, es tu atención. Y si encima lo miras a los ojos, ¡Ya, te cagas!

Fotografía: Gryffindor  ©

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Life&Executive Coach. Un día descubrí el error que es organizar una vida en base a las creencias y necesidades autoimpuestas por una sociedad que nos mueve a su antojo. Decidí parar, respirar y mirar dentro de mí. A partir de ahí todo fluye, desde ese preciso momento en el que uno toma consciencia de que lo más importante en la vida somos nosotros mismos y los valores que nos impulsan. Vivir de la mano de nuestros valores es la experiencia más maravillosa del mundo. ¡¿A qué coño esperas!?

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