«Una startup es una startup es una startup»

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«Una rosa es una rosa es una rosa». Esta cita pertenece a Gertrude Stein, una figura clave en la literatura de principios del siglo XX, correctora y mentora de grandes nombres de la literatura universal como Ernest Hemingway o Scott Fitzgerald durante su paso por París y a la que se atribuye la famosa frase de «son todos ustedes una generación perdida». ¿Cómo esta, no?

No quiero caer en la paradoja de intentar explicar un aforismo que nos invita a dejar de buscarle el sentido a lo que no lo tiene. Sin embargo, hace un par de semanas estuvimos en Madrid, en un evento para emprendedores muy importante para intentar responder a una de las grandes preguntas de este mundo nuestro en el que vivimos. Una mucho más complicada que saber qué decía Miss Stein cuando hablaba del sentido de la rosa: ¿Qué (diablos) es una startup?

Para el ciudadano medio, una startup es Cabify, Facebook o Glovo. Para los medios de
comunicación convencionales, el motivo de una guerra ideológica sobre si hay que ponerse del lado de este tipo de empresas o pararles los pies. Para los partidos políticos una fábrica de votos. Pero nosotros no sabemos (casi) nada.

Los que sí saben de esto han llegado al acuerdo de que una startup es, básicamente, una
empresa de reciente creación (primera incógnita), con grandes posibilidades de crecimiento
(segunda incógnita) y que puede llegar a tener un modelo de negocio escalable (¿qué?). Hay una cuarta premisa, en teoría no obligatoria que, sin embargo, en la práctica se convierte en algo imprescindible: que sea digital. Y cuando decimos digital decimos accesible-joven-dinámica-DISRUPTIVA¹.

De las diez startups finalistas del campus de emprendedores del pasado mes todas eran digitales, casi todas eran de reciente creación, algunas tenían grandes posibilidades de crecimiento y… otra vez, ¿qué es un modelo de negocio escalable²?

Hago hincapié en esta última cuestión porque si algo saco en claro de mi breve inmersión en el mundo del emprendimiento digital es que todo se mueve en torno a un gran concepto mucho más importante que el dinero: la retórica. La sensación que te deja asistir a las diez intervenciones de cinco minutos que sirven a los llamados business angels para decidir cuál de las startups es merecedora del primer puesto es el de asistir a un casting de TedTalks si las TedTalks fueran ‘Operación Triunfo’. Porque las TedTalks no son ‘Operación Triunfo’, ¿verdad?

Hombres y mujer —sólo había una de entre diez ponentes— jóvenes, vestidos de forma casual, con las mismas dudas sobre su futuro que el resto de jóvenes del país. Porque esa es otra: ni siquiera que tu startup se gane la confianza de los inversores y que parezca ser increíble dice nada sobre tu futura situación económica. ¿Por qué? Porque, a diferencia de un señor que pone un bar, estas nuevas empresas son poco más que castillos en el aire en sus primeros pasos. No existen más que como un constructo artificial basado en la confianza en tu proyecto y en el mercado. Vamos, como una relación de pareja.

Pongamos un ejemplo práctico. Yo me proclamo vencedor de un Campus de Emprendedores con una startup que permite, digamos, detectar la cantidad de garrafón en las copas de las discotecas con solo hacer una foto. Los business angels se matan por invertir: «La idea del siglo», dice uno; «Una aplicación life changing», dice otro; «Es la hostia», dice Warren Buffet.

Tras la primera ronda de financiación “seria” —porque las primeras inversiones son las llamadas FFF (fools, friends and family, es decir, tontos, amigos y familia)— consigo dos millones de euros para mi proyecto. Cualquiera que lee esa noticia en un periódico dice «este Luis seguro que está nadando en billetes» y piensa «el emprendimiento es la clave», ¿no? No. Porque esos dos millones de euros no son para mí, que sigo viviendo en un piso compartido como un chaval de 18 años que acaba de entrar en la Universidad, sino para mi empresa.

Así, yo, emprendedor del año, sigo comiendo de los catering de los eventos como este y apurando hasta el último céntimo del sueldo. Porque la vida es precaria para todos, tengas o no la idea del año. No me extraña que el rey de la selva que triunfa sobre los demás —véase Mark Zuckerberg— se convierta en un cacique de datos dispuesto a exprimir cada céntimo posible de su idea revolucionaria. Porque estamos hablando de eso, ¿verdad? de…. IDEAS DISRUPTIVAS³.

Pero… ¿De qué hablamos cuando hablamos de emprendimiento digital?

Paremos un momento. Pongámonos en situación. Con la última gran crisis económica, el
emprendimiento se ha convertido en una de las cuestiones más polémicas de las conversaciones sobre empleo y política económica. Por un lado, los neoliberales lo siguen ensalzando como la panacea: «Si no te gusta tu situación laboral, ¡emprende!, monta tu propia empresa, conviértete en tu propio jefe y hazte cargo de la situación». Por otro lado los defensores del Estado de Bienestar y de las intervenciones estatales en los flujos de la economía lo ven como una especie de mal necesario, ya que el emprendimiento parece indispensable para revitalizar la economía y se ha convertido en salida obligada para muchos dada la situación laboral que ha vivido el país.

Lo que es evidente es que en una sociedad bien estructurada y que respondiera a las
necesidades de sus ciudadanos el emprendimiento sería una opción pero no la única. Los grandes avances tecnológicos han hecho que, por ejemplo, no sea necesario disponer de un local o de una furgoneta para lanzar tu proyecto. Sin embargo, como ya comentábamos, esto mismo fomenta un esqueleto empresarial basado en la confianza que los inversores tengan en castillos en el aire, por mucho que acaben materializándose finalmente, muy basados en intangibles.

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de emprendimiento digital? Pues, simplificando un poco, el entorno startups es un símbolo más de la precariedad del sistema. Un símbolo rodeado de pompa y de interfaces atractivas, de descuentos y de publicidad. Porque la realidad es que los inversores, que son los que juegan en las mesas del casino reservadas a los VIP, lo hacen un poco a oscuras, ya que de cada diez inversiones quizá solo una les reporte beneficios.

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Unos beneficios que, entre estos inversores digitales, se miden en X (¡guau!). Siendo X la
cantidad invertida. Contar con dos o tres proyectos de 50X implica que en esas ocasiones has conseguido multiplicar por 50 tu inversión inicial: Una auténtica pasada que es reconocida por todo el mundillo entrepeneur. Pero si tienes varios 10X puedes considerarte un buen inversor, e incluso si tus últimos proyectos no han salido como deberían pero tienes otros en los que tu X sigue reportando beneficios tu reputación no se tambalea demasiado.

Otro caso interesante que merece ser comentado son las llamadas startups zombies. Estas
startups son empresas que siguen funcionando cubriendo gastos, con ingresos suficientes para pagar a sus empleados, y cuyos CEOs y demás organigrama superior viven bien y desarrollan su actividad como una empresa normal, pero cuyos inversores no pueden recuperar beneficios. Un término un poco despectivo para referirnos a una empresa de toda la vida, ¿no? Todos los bares de mi calle llevan así 20 años y no se les ve tan mal.

Al pan, pan

Opiniones aparte, la labor que realizan las llamadas aceleradoras de startups, como la
organizadora del evento al que asistí, y otras muchas, es encomiable desde el punto de vista de la economía, y sin ellas prácticamente ninguna de las startups que no tienen un modelo de negocio avasalladoramente exitoso, avasalladoramente disruptivo —véanse las ya citadas Facebook o Uber— podría llegar a convertir su idea en realidad.

El trabajo que se realiza en este tipo de empresas, a pesar de que algunas estén constituidas como asociaciones sin ánimo de lucro, recuerda mucho al de los gremios que llevan funcionando desde la Edad Media. Ya saben, unimos a todos los miembros de un determinado sector y forman alianzas y mejoras en los servicios. ¿Sorprendentemente? uno de los sectores que en la actualidad mantienen una fuerza gremial importante es el del Taxi, que tan opuestos a la idea de startup parecen a simple vista.

Una aceleradora, además de poner en contacto a inversores con empresas emergentes, dota a estos emprendedores de técnicas, contactos —el famoso networking— y los know how. Algo imprescindible a día de hoy si de lo que se trata es de entrar en el sistema de negocio que el capitalismo digital en el que vivimos, en el cual es prácticamente imposible hacer aparición si no se cuenta con recursos previos, ha planteado. Recursos que implican o provenir de una familia acaudalada (en esto tampoco hemos avanzado mucho), o contar con un nivel alto de ingresos que te permita ahorrar o, cómo no, endeudarte con los bancos, algo todavía mucho más arriesgado que hacerlo de la mano de inversores, que al ser seres humanos y no megacorporaciones pueden acabar teniendo piedad.

Sin embargo, cabe preguntarse si, mediante este tipo de modelo de negocio, no estaremos
cayendo en una forma de hacer dinero que se salta el supuesto equilibrio de la oferta y la demanda que rige la economía de mercado y que se basa en que sólo aquellas ideas llamadas disruptivas se harán un hueco en las vidas de los consumidores. Ya que si se hacen grandes rondas de financiación en las cuales se dan enormes sumas de dinero destinadas a publicidad, las necesidades creadas estarán entrando en la lógica de mercado de forma, llamémosle así, artificial.

Un juego adulterado en base a las normas que se impusieron hace años por el funcionamiento de mercado tradicional. Pero ¿acaso no ha cambiado tanto el mundo que es evidente que estaría adulterado de no haber nuevas reglas? El problema, creo, surge cuando quieren hacernos ver que el mundo funciona tal y como lo hacía hace dos siglos a nivel económico-comercial, cuando, por suerte o por desgracia, ya no es así. Repitan conmigo.

Recae en todos la responsabilidad de llamar a las cosas por su nombre, «una rosa es una rosa es una rosa», y no caer en trampas retóricas que acabarán creando un sistema igual de inaccesible para el ciudadano medio que el anterior si no consigue hacerse con el nuevo lenguaje digital. Ya se sabe que, al principio, desde siempre, fue el verbo.


¹ Una idea disruptiva, en teoría, es aquella que viene a llenar un vacío en el mercado de forma inmediata.
² La escalabilidad, básicamente, es la capacidad de aumento que tiene un negocio sin ver comprometida la estabilidad del proyecto.
³ Una idea disruptiva es la de un negocio que no tendría que crear necesidades para ser exitoso.


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