Un camping, LinkedIn y la libertad

Un camping, LinkedIn y la libertad

Ayer me llegó una oferta de trabajo a través de Linkedin. Era de un camping en el que estuve hace un par de meses. Lo hice como cliente, pasando una noche la mar de agradable y sorprendiéndome de tener un lugar tan acogedor cerca de casa y que desconocía. Por lo tanto, como mi intención fue totalmente ociosa, no hubo ningún interés que me relacionara con el lugar a la hora de pedir trabajo o enviar currículums; ni siquiera he investigado si se ofertaba empleo allí o no —aunque la bucólica idea de tener un trabajo de verano allí con posibles amores pasajeros era tentador, pero más propio de un peliculero como yo— y, sin embargo, la oferta estaba ahí. Tenía ojos sombríos que me espiaban desde algún rincón oculto, acechando. Merodeando.

¿Casualidad o algo más? La pregunta me llevó a plantearme hasta qué punto la hiperconectividad en la que vivimos está convirtiéndonos en una especie de títeres de los movimientos económicos de las grandes empresas, peones que sólo avanzan una casilla hacia adelante, sin importar en realidad cuál será su destino porque obedecen a los intereses de personajes mucho más importantes.

Si volvemos a la oferta de trabajo, cuesta creer que no haya un vaso vinculante entre mi registro en ese camping semanas atrás y la posterior aparición en mi buzón de Linkedin; de todos es sabido que Google —lo más parecido que tenemos hoy en día al Gran Hermano que imaginara George Orwell en su novela ‘1984’— registra a través del smartphone todos y cada uno de los movimientos, acciones, tuits, estados de Facebook, etc… de los usuarios, y en mi caso fue por el móvil —a través de una famosa app de reservas—, con lo cual los datos quedaban más que grabados. No me hace gracia que eso ocurra, pero lo llevo con cierta resignación; lo que me asusta es que, a raíz de esa reserva —que no es otra cosa que mi ocio— se den una suerte de movimientos confabulados de nexos informativos para terminar ofreciéndome un trabajo que ni siquiera había pasado por mi cabeza. Esa muestra de control, de vigilancia continua, asusta.

Lo que estamos empezando a asimilar como normal, y que no es otra cosa que la falsa sensación de libertad, es la gran lacra a la que nos enfrentamos como sociedad en la actualidad. No porque haya otras menos importantes, sino porque de ésta, de la falta de libertades, derivan todas las demás. Si dejamos someternos de este modo no-agresivo —el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han habla muy bien de ese concepto de dominación no agresiva en su ensayo ‘Psicopolítica’— estaremos retrocediendo a los períodos anteriores a la Gran Revolución Industrial, tiempos en los que la gran masa social era poco menos que basura.

Antes creía que la opción a todo este horror era alejarse de él. Si nos dominan a través del móvil, dejar de usarlo. Si nos comen la cabeza con la televisión, dejar de verla. Pero con el tiempo he comprendido que haciendo eso, huyendo, sólo evitas confrontar el problema. Así que lo mejor que se puede hacer hoy en día para luchar contra los sistemas de privación de libertades es permanecer informados en todo momento. Contrastar cualquier noticia, cualquier rumor. Ser conscientes en todo momento del contexto en el que nos movemos, saber que cada paso que damos generará cientos de datos que terminarán por intentar hacernos mover en una determinada dirección. Si quieres ir a la estepa rusa de veraneo, que no te hagan cambiar de opinión y termines por ir a Tailandia porque una noche decidiste ir a cenar al local de moda de comida tailandesa.

No sé si me estoy explicando como es debido, pues yo mismo en muchas ocasiones termino por ceder ante esa sibilina presión y me muevo por los senderos que me marcan otras personas. Pero si mantenemos los ojos abiertos y las mentes alerta, quizás conseguimos desandar lo andado y dar nuevos pasos en libertad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.