[Tragos amargos] Una mala mano

La vida no es siempre una cuestión de tener buenas cartas, sino, a veces, de jugar bien una mala mano. 

-Jack London-

Tragos amargos 2016 Ilustración de Daniel Crespo

Llego trastabillado a la mesa de juego. Siempre pierdo el equilibrio cuando se acerca la hora de jugar mis últimas cartas. A contrarreloj, intento jugar bien mi última baza. Entre horarios imposibles, había perdido la noción del tiempo, ese que se escurre entre los dedos mientras pierdes los papeles. Nunca hay papel en la impresora de la vida. Siempre falta tóner. El tiempo es tinta de último cartucho, que se agota con tantas impresiones huecas. Ya lo has gastado, al igual que la última bala, aquella que disparaste al aire para no descerrajártela en la sala de impresión. Es el destino el que no quiere que abandones la partida, el que quiere que continúes jugando hasta que gastes la última ficha, la que siempre juegas.

Inmersos en la vorágine de la rutina, la rueda de horas, minutos y segundos nos aplasta contra el suelo como partículas subatómicas sometidas al acelerador de partículas. Bosones de Higgs que han renunciado a ser la partícula de Dios y se esconden detrás de su propio campo magnético, aquel que sólo atrae las desgracias. Metemos la cabeza en el tubo de rayos catódicos para no ver más allá de esta vida que encorsetamos para no reconocer que nos queda grande, que nunca dimos la talla. Somos un tubo de ensayo a punto de caer de la gradilla del laboratorio. Un experimento fallido. Nos disolvemos en el ácido de la conciencia atormentada, que traspasa los límites de la resistencia de los materiales. Somos partículas inestables en proceso de desintegración.

Corriendo de un lugar a otro, pero siempre apresados. Encerrados en una jaula de cristal y fibra óptica. Vivimos atrapado en los engranajes del día a día, que nos consume como una vela: sin prisa pero sin pausa. Pero ha llegado la hora de volver a jugar mis cartas. De que la suerte me sonría. Sin embargo (por un momento lo había olvidado), hoy es domingo. Hoy la fortuna descansa.

Comienza el juego. Una mala mano. Los domingos nunca salen buenas cartas. Mis contrincantes sonríen. Saben que tienen las de ganar. Los astros se alinean con los ganadores.  Es la partida que nunca debes jugar, la de los vencidos. La baraja está trucada. No hay ases en la manga con los que afrontar el día con esperanza. El azar es caprichoso, pero nunca quiere que ganes hoy. El domingo es el día de los perdedores.

En la mesa, mis rivales me despellejan. La tristeza, la angustia y la melancolía siempre saben jugar todas las manos. Tienen las cartas marcadas. Cada minuto que pasa, me van desplumando sin piedad. Es una masacre. Sin embargo, no saben que aún me queda una última bala. Es posible jugar bien una mala mano, si sabes que mañana se volverán a repartir las cartas. Si sabes que el juego no ha acabado. Tus rivales estarán frente a ti cada día, pero les podrás plantar cara. No elegimos la mano, pero sí cómo jugamos las cartas. Nuestras cartas. Las que escondemos bajo la manga. A cubierto de los ojos de los ganadores. Así vencemos los que no tenemos más que perder.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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