[Tragos amargos] Sin airbag

amargos

El dolor se enfría en calles de otoño. Calles que esconden tu tormenta interior. La tormenta perfecta. Los sucios adoquines urbanos resguardan tu cuerpo al calor del anonimato y la indiferencia del transeúnte. Un sucio gabán cubre tus heridas abiertas. Los torpes pasos se pierden entre multitud de recuerdos amontonados en las esquinas más olvidadas del alma. Recuerdos que caen de árboles desnudos que dejaste atrás, pero que vuelves a encontrar al final de la calle, en la confluencia entre la vida y la muerte. Las horas pasan, se marchitan y caen para perderse en la siguiente alcantarilla, en la que algún día tropezarás.

Y llega la noche. Te sumerges en su aroma etílico, que te embriaga para confundir los sentidos y liberarte de las ataduras del mañana. No tienes inspiración, pero no importa. Ya te encontrará cuando sientas el filo de la guillotina en la nuca. La oscuridad recorre tu cuaderno de campo, en el que anotas pormenorizadamente nuevos métodos de tortura. No deseas el amanecer. La noche te protege de la incertidumbre del día, en que la luz ilumina tu perfil más sombrío. En la oscuridad, camuflas tus miserias bajo el manto de estrellas fugaces. Cuando caen las luces del atardecer, por fin podemos ser el espectro que llevamos bajo la chaqueta.

Retuerces tus sentimientos para escudriñar los límites de la cordura. Fuerzas la máquina hasta que saltan los resortes. Exploras hasta dónde puede llegar quien no tiene nada que perder. Los minutos transcurren mientras la vida recupera el pulso que perdió en la UVI de la ansiedad y entonces caes en el fango de la indiferencia.

Te hundes y ves aparecer sombras que vaticinan tu final. Chapoteas en las miserias y la incertidumbre. Hundido en los placeres del aturdimiento etílico, anestesias la mente para detener el recuento de bajas. En el lodo de la vida, la única escapatoria es revolcarse en el barro, con la esperanza de no volver a abrir los ojos. Con la esperanza de no levantar la cabeza. Embadurnado, buscas la mezcla perfecta. El cóctel maestro que te permita revivir. Buscas la alquimia que destile el dolor y lo convierta en esperanza. En la combinación perfecta de voluntad y sosiego consigues dar un paso más. Un paso más a ninguna parte en tu Ruta 66.

La resaca aplastará todo atisbo de vida al amanecer. La sangre volverá a circular al ralentí, manteniendo el motor de la existencia en marcha mientras el piloto yace inconsciente a los mandos. La vida se acelera un lunes más y te precipitas al vacío de la semana que comienza. Sin airbag.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

bluebird Comunicación
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