[Tragos amargos] Ramas secas

La infancia es una promesa que nunca se mantiene.

-Ken Hill-

Tragos amargos 2016 Ilustración de Daniel Crespo

Desde la copa del árbol más grande del único parque de la gran ciudad, Fritz divisaba la urbe en toda su amplitud. Era un escenario insondable a simple vista. En su inmensidad, parecía devorar el cielo gris que hacía de telón de fondo. Insaciable en su voracidad de engullir almas, la urbe se había levantado sobre el descomunal cementerio de huesos de vidas aplastadas por la apisonadora del capital. Sus cimientos estaban manchados de sangre. Sangre de sus víctimas. Sus habitantes.

Con precisión fotográfica, Fritz radiografiaba el paisaje ante sus ojos, con la esperanza de encontrar las líneas de puntos que unieran la realidad en una única instantánea. Quería escrutarlo, para encontrar entre sus contornos difusos el mapa de coordenadas que le permitiera sobrevivir en la jungla de cristal un día más. Era difícil, pero no tenía más remedio. La única escapatoria era una huída hacia delante, más allá de los muros. En el rompecabezas urbano, faltaba algo. Como el puzzle que intentas completar deformando una de las piezas, algo no encajaba en aquel paisaje gris conglomerado. Inmerso en la densidad enfermiza de la ciudad, su mente se nublaba, contaminada por la atmósfera viciada del aire tóxico. Siempre se quedaba a medio camino de encontrar la solución al enigma de su vida en esa cárcel de asfalto incandescente. El ecosistema urbano era una tumba sin nombre en la que cabíamos todos sin excepción.

Cuanto más observaba, la fotografía de la urbe se revelaba en claroscuros difusos. Una fotografía velada del mundo sobre el que debía caminar un día más. En el fondo de su corazón, sabía que debía haber algo más allá de los rascacielos vítreos que rompían el paisaje exterior. Como una frontera metafísica más que real, siempre se había conformado con sobrevivir entre los muros de la cárcel urbanita. Se sentía seguro, pero esclavo de los engranajes que hacían funcionar el ventilador que mantenía con vida a la bestia. Nunca había ido más allá de su prisión imaginaria. Tenía que haber un horizonte de esperanza detrás del muro de adoquines huecos. No podía ser que todo se redujera a ese escenario limitado de hormigón y cristal diseñado para el rebaño. Mientras observaba el palpitar monótono de la bestia de hormigón,  podía percibir sutilmente un pequeño hilo de esperanza: un hilo que quizá le condujera a la madeja de su vida. Una luz al final del túnel empezaba a centellear en el horizonte gris de su existencia.

En cierto momento, cuando estaba a punto de completar el mapa mental de su vida en la urbe, cuando estaba a punto de encontrar la salida del laberinto, la rama que le sostenía en la copa del árbol cedió. Un crepitar seco le devolvió al mundo de los moribundos. En la caída, pudo ver cómo el hilo que debía conducirle al final del laberinto se perdía entre las ramas secas. Un segundo después, mientras su cuerpo se golpeaba de nuevo con la realidad, pudo asirse a la única rama que quedaba sana. El árbol estaba muerto. No se había percatado al ascender. Se quedó colgando de su única esperanza. La esperanza de que aún en un escenario muerto, podía encontrar algo de vida. Volvió a alzar la vista. El horizonte había cambiado. Un niño pequeño le observaba con los mismos ojos escrutadores con los que él había observado el paisaje desde las alturas. Sus miradas se cruzaron.

¿Qué quería? 

Era él. Se soltó. Cayó como hoja caduca.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.