[Tragos amargos] Noche de ánimas

amargos

La noche cae sobre la pequeña urbe carcomida por la contaminación y las caras largas de sus habitantes. Noche de ánimas que deambulan por las calles con el paso torpe de quien es zombi de su propia existencia. Algunos sonidos difusos de vehículos lejanos se distinguen en medio de la borrasca que agita los árboles y las penas. La oscuridad va comiendo terreno al sol crepuscular, que se esconde temeroso ante la tormenta que está a punto de desatarse en el interior del cementerio de botellas vacías de ilusiones.

El licor ensucia la vieja barra de madera sobre la que rebosa una procesión de cristales rotos; la barra barnizada de melancolía ofrece cobijo en medio de la sobria tempestad; a impregna del olor característico de la muerte. Antros de taburete grasiento donde aniquilar la sobriedad y recibir a la parca con la ilusión de un niño con zapatos nuevos. Antros de botellas descolocadas en repisas torcidas, en los que la luz de gas taladra la vida en su tránsito a la muerte. Muerte que se esconde detrás de la siguiente ronda servida por la Santa Compaña a escote. En un eterno retorno de lo idéntico, la vida se pierde entre cubos de hielo sepulcral que enfrían el temperamento ardiente de quien no tiene miedo a morir porque jamás ha vivido.

Arrojado sobre la barra sin paracaídas, el silencio se ve interrumpido por una tenue melodía de fondo ininteligible. Una procesión fantasmal se vislumbra tras el vaho de los cristales, acercándose a la pintura negra del interior de la necrópolis. Me acerco al cristal y observo el exterior. Fuera, los fantasmas me fulminan con su mirada, invitándome a salir para unirme a su última procesión nocturna. Fantasmas de carne y huesos adheridos a sábanas descoloridas por el rebaño. El miedo me paraliza y vuelvo corriendo a mi refugio. No quiero ser uno de ellos. No quiero llevar la misma sábana.

La camarera me sirve otro trago amargo y caigo desplomado sobre la barra. Mi cara se pega al licor y pierdo el conocimiento. La pesadilla etílica me abofetea las entrañas. No puedo responder a los golpes porque mis manos llevan tiempo atadas a los grilletes de la vida.

Al despertar, me encuentro en el exterior. Los fantasmas me han capturado. Me rindo. Me dejo llevar por la multitud espectral al camposanto de la rutina. La rutina de la semana que ya se divisa en el horizonte. El horizonte de los días y teclados grises.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

bluebird Comunicación
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