[Tragos amargos] Un monstruo viene a verme

—No tienes miedo, ¿eh?
—No —dijo Conor—. Por lo menos, no de ti.
El monstruo entrecerró los ojos.
—Ya lo tendrás —dijo—. Antes del final.

-Patrick Ness-

Tragos amargos 2016 Ilustración de Daniel Crespo

Silencio. Nieva en la carta de ajuste de la existencia. No consigues sintonizar con el presente, que se desmorona bajo tus pies. La habitación es una prisión de máxima seguridad. La paredes completan el balance de blancos. No hay contraste.  Has llegado allí tras caer en la madriguera de conejo de las causas perdidas. La caída ha sido limpia y rápida. Pudiste evitar los enganchones de las profundas raíces de la culpa, pero no los fotogramas de tu vida, que quedaron adheridos a la piel como tatuajes descoloridos del paso del tiempo.

Las luces de emergencia iluminan la estancia. Atmósfera hospitalaria. Sabes que no puedes escapar.  Nadie puede. Tú mismo has diseñado la celda. Tú mismo te lanzaste a este vacío huyendo de tus fantasmas. La llave está lejos de tu alcance. La dejaste fuera. La celda de aislamiento era la única salida posible ante los ataques del mundo exterior, que se empeña en enderezar un árbol caído. Permanezco tumbado en la cama. Inmóvil. Aturdido por la medicación. Es la única manera de manterme a flote: la calma chicha . Las constantes vitales se empeñan en sobrevivir.

En medio de la noche, una de tantas en las que intento conciliar el sueño contando las ovejas de la esperanza, me veo envuelto en la maraña de las peores pesadillas. Las luces de emergencia se apagan y se oscurece la salida. Una serie de catastróficas desdichas emergen de mi interior. Comienzo a confundir el sueño con la realidad. La delgada línea de la conciencia se difumina. Empiezan las convulsiones. Mi mente se agita como una coctelera. Las tendencias suicidas son latigazos en la espalda.

Soy consciente de que no hay escapatoria. Los sudores fríos comienzan a escurrir mi cuerpo cubierto de cicatrices. Se congela el aliento. La respiración se tambalea mientras los pensamientos se remueven como la sala de espera del psiquiátrico.  La angustia se aferra a la garganta: soy su huésped.  Como una sanguijuela, succiona los efectos de la serotonina, que te abandona en el último momento. Atrapado en la telaraña de pensamientos fúnebres, me retuerzo de dolor en la cárcel de sábanas sudorosas. Como gato panza arriba, intento defenderme de los zarpazos del pasado, que me asalta con la bayoneta calada.

Desde la esquina de la habitación, un monstruo me observa impávido. Siento sus ojos clavados en la piel, como astillas. Me observa sin mover un músculo pero con atención. Sus ojos brillan como faros en la niebla. Su pelaje mugriento contrasta con la habitación estéril.  No hace ninguna mueca o gesto, pero parece disfrutar del espectáculo de mi dolor. Su piel, cubierta de pelo enmarañado y sucio, recuerda a la de un peluche de otro tiempo. Su mirada se pierde en mis entrañas, agrietadas por la angustia. Tiene algo familiar, alguna reminiscencia extraña. Creo que le conozco de otras ocasiones en las que me he encontrado frente a frente con mis fantasmas, pero estoy demasiado convulso atrapado en mi tela de araña. Es demasiado real como para ser un sueño.

Despierto. Todo ha sido una pesadilla. Una de tantas. Me levanto un lunes más al compás de la resaca dominical, que marca el ritmo diario con precisión prusiana. Otro día gris. Comienzan los automatismos de supervivencia. He sido entrenado con disciplina marcial para el orden. Ni siquiera me miro al espejo. En el fondo no sé quién soy.

Al llegar a la oficina, enciendo el ordenador en un acto reflejo. La pantalla se ilumina y comienza la jornada. Sólo encuentro imágenes y letras naranjas. Es el color del presente y del futuro. El color del condenado. No somos más que reos. Paso las horas sumergido en el hastío de la burocracia y lo políticamente correcto, que se empeña en dibujar líneas de decencia y humanidad sobre el campo de minas que habitamos.

Llega el final del día. El mundo está un paso más cerca del abismo, pero no me importa. Estoy agotado. No puedo pensar más allá del siguiente segundo.  Apago la pantalla y, por efecto de la reflexión de la luz halógena, veo mi rostro por primera vez. Me reconozco, al final. El monstruo seguía allí. Orange is the new black.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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